El sepulcro de la discordia

David Alandete

David Alandete

Un creciente número de protestantes sitúa en la Tumba del Huerto el último descanso de Cristo. El lugar está a 600 metros del fijado por la tradición católica

David Alandete / Jerusalén

 

El angosto acceso a la Tumba del Huerto, con una inscripción en la que se lee: “Él no está aquí pues resucitó”.

 

Según dice la Biblia, “en el lugar donde fue crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual todavía no habían sepultado a nadie”. Hay de hecho en Jerusalén un huerto con una tumba, y dentro de ella dos cámaras. El umbral es tan pequeño que el visitante debe encorvarse para pasar a su interior. En la habitación más profunda yacen tres nichos. Sobre el del centro hay una cruz bizantina pintada en carmesí en la pared, con unas iniciales que rezan “Jesús Cristo, Alfa y Omega”. Cerca del sepulcro se encuentra un promontorio en cuya ladera se pueden adivinar los ojos y la boca de lo que se asemeja a una calavera. Son estos indicios suficientes para que una cantidad creciente de peregrinos protestantes consideren que este huerto es el lugar al que aquella cita del evangelio de Juan se refería, calvario y sepultura de aquel a quien en el cambio de era se conoció como Jesús de Nazaret.

 

332 muerte cristo

La Tumba del Huerto se halla 600 metros al norte de la iglesia del Santo Sepulcro, que la tradición católica y ortodoxa defienden como calvario real. La nueva sepultura la encontró en 1867 un campesino que descubrió en su interior tierra y restos humanos. Por aquel entonces el imperio otomano había abierto Palestina a peregrinos extranjeros. Muchos protestantes habían llegado a Jerusalén para encontrarse con un Santo Sepulcro caótico, sucio y ruidoso, en permanente disputa y constante algarabía. No podía haber lugar más lejano a la sobriedad que buscaba su fe reformista. Fue proverbial para ellos el descubrimiento de aquella tumba fuera de los muros de la ciudad vieja. Los evangelios mencionan como lugar de la crucifixión el Gólgota, o “lugar de la calavera”. Según la tradición judía y romana, una crucifixión no pudo producirse intramuros, y, al fin y al cabo, el Santo Sepulcro se halla dentro de los muros de la ciudad.

 

El contraste entre el Santo Sepulcro y la recoleta Tumba del Huerto no puede ser mayor. “Solo reconocemos esta sepultura, la otra no la visitaremos”, decía recientemente en el recinto descubierto en el siglo XIX uno de los miembros de un grupo evangélico brasileño, con una actitud entre iluminada y desafiante. En 2012 visitaron este lugar 260.000 personas. Son en su mayoría protestantes que huyen del viejo sepulcro y el trasiego de turistas y monjes en constante procesión. Consagrada por la emperatriz Helena en el siglo IV, es una iglesia en permanente tensión, su control se lo dividen entre seis comuniones, la católica y varias ortodoxas, que chocan con frecuencia y no se han puesto de acuerdo ni sobre dónde mover una escalera que desde el siglo XIX reposa en la fachada sobre un portón.

 

“Nosotros no decimos que esta o aquella tumba sea la correcta, no proclamamos que este sea el único lugar verdadero donde murió y resucitó Jesús”, explica Stephen Bridge, subdirector de la Tumba del Huerto, que una asociación británica compró en 1894 por 2.000 libras de la época. “Sin embargo, este recinto cumple con varios requisitos históricos, sobre todo el de que el lugar de la crucifixión se hallara fuera de las murallas. La Biblia dice además que la tumba de José de Arimatea no estaba lejos de ese punto”.

 

A la Tumba del Huerto se la conoce también como Calvario de Gordon, en honor al general británico Charles Gordon, quien en peregrinaje a Tierra Santa a finales del XIX investigó sobre el Gólgota y la verdadera tumba de Jesús. Muchos otros peregrinos británicos ya habían tratado de buscar un sepulcro alternativo, pero fue el carismático Gordon, héroe de grandes gestas bélicas en China, quien le dio a este huerto un marchamo de legitimidad al proclamar que junto al nuevo Gólgota había una tumba que bien podría ser la de José de Arimatea. No era una afirmación cualquiera. José, de quien San Mateo dice que era “un hombre rico convertido discípulo de Jesús”, fue, según la tradición medieval, quien llevó el cristianismo a tierras británicas, primer custodio del Santo Grial.

 

El angosto acceso a la Tumba del Huerto, con una inscripción en la que se lee: “Él no está aquí pues resucitó”.

El angosto acceso a la Tumba del Huerto, con una inscripción en la que se lee: “Él no está aquí pues resucitó”.

“Gordon y otros peregrinos protestantes de la época vinieron a Jerusalén con ideas modernas, dispuestos a desafiar los dogmas y las ideas preestablecidas de la tradición cristiana católica y ortodoxa. Y con esa independencia decidieron que, según sus criterios históricos y parámetros científicos, habían encontrado un mejor candidato a Santo Sepulcro que el que se venía venerando desde hacía siglos”, explica Seth Frantzman, profesor en la universidad de Al Quds y autor de un estudio sobre el general Gordon.

 

Pero ¿acaso son estos muros eternos? Según una investigación del padre franciscano Virgilio Corbo, arqueólogo del Santo Sepulcro, la muralla que rodea esta parte de la ciudad fue construida por Herodes Agripas entre los años 41 y 44. Cuando Jesús fue enterrado cerca del año 30, este área estaba fuera de la ciudad, en un jardín, según Corbo. Además, cuando Helena encontró el lugar del Sepulcro, en el año 326, había habido una sucesión ininterrumpida de obispos que guardaron la tradición de que aquel era el punto de la muerte de su mesías, a pesar de la construcción en el lugar de un templo a Venus, cuando el emperador Adriano rehizo Jerusalén a semejanza de una ciudad romana tras la destrucción de Tito y Vespasiano.

 

La idoneidad de la Tumba del Huerto ha sido puesta en duda por varios estudiosos. El arqueólogo Gabriel Barkay investigó el lugar del nuevo sepulcro en 1974 y llegó a la conclusión de que, por su trazado y situación, la tumba corresponde en realidad a la Edad de Hierro, entre los siglos ocho y siete antes de Cristo.

 

Hoy, la placidez del huerto sigue atrayendo a muchos peregrinos, sobre todo evangélicos y mormones. A quienes gestionan ese templo ni siquiera parece importarles la veracidad física de un lugar que apela a las creencias, más que al historicismo. “Nuestra fe no depende de la exactitud de un lugar”, asegura el padre franciscano Fergus Clarke, custodio en el monasterio del Santo Sepulcro. “Para quien no tiene fe, una tumba vacía en Jerusalén no significa nada”.

 

 

 

 

 
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