“La calle es necesaria”

Ricardo Gil Otaiza
rigilo99@hotmail.com
@gilotaiza

 

Los políticos tienen el deber de escuchar. No pueden encerrarse en una campana de cristal que les impida escuchar ecos que podrían traerles ideas o directrices útiles para la lucha. El llamado a la calle formulado para este sábado 3 de agosto no surtió el efecto deseado entre opositores que no se sintieron impelidos a salir y protestar, y no porque carezcamos de razones para hacerlo (que sobran en todos los órdenes del acontecer nacional), sino porque ese capital político conquistado el 14A fue dejado a la deriva, descuidado, en aras de otras estrategias, que si bien traerán posiblemente a mediano o largo plazos buenos dividendos (toquemos madera), en el ahora resultan contraproducentes y erróneas.

 

La calle se dejó enfriar y en su lugar se optó por la lucha virtual a través de las redes sociales y por visitas a Parlamentos y gobiernos de diversos países, con el agravante de la pérdida paulatina de la gran ventana que era Globovisión, y su claro viraje hacia la autocensura, con la excusa de un “equilibrio” inaudito en medio de un clima político y social que exige a gritos la toma de posición sin cortapisas por parte de los medios independientes.

 

La calle (siempre la calle) se perdió y ahora será cuesta arriba recuperarla, sobre todo cuando el gobierno de Maduro ha logrado lentamente ir posicionándose en aras de una ansiada legitimidad, que sólo será posible completar si logra asirse de la mayoría de las alcaldías en los comicios del 8-D como es su deseo (y para eso trabaja con toda su maquinaria de corrupción y de chantaje).

 

Mientras tanto, en la gente opositora se palpa desaliento. Pareciera como si nos hubiesen cortado las alas luego de haber volado tan alto y conseguir un caudal histórico de votos, que poco a poco se nos escapó de entre las manos. La dirigencia opositora (que no Capriles solamente, como algunos le increpan sin razón) se inmutó frente al inmenso reto que el destino le ponía por delante, de cobrar, sin violencia pero con gallardía, la apoteósica victoria del 14A, que hoy muy pocos (incluso entre los gobierneros y los enchufados de siempre) se atreverían a poner en duda. ¡Cuánto recordamos en estos momentos a líderes y estadistas como Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba, Rafael Caldera y Carlos Andrés Pérez, entre otros, a quienes no se les enfriaba el guarapo en medio de las peores dificultades!

 

Nadie está hablando aquí de convocar a escenarios de violencia o de poner al pueblo como carne de cañón frente a las balas asesinas. Nadie está hablando aquí de reeditar viejas y manidas historias de golpes de Estado. Nadie está hablando de emular los dantescos escenarios de la muerte que observamos con dolor en países como Siria. Nada de eso. Se habla, eso sí, de líderes opositores coherentes y en sintonía con las circunstancias históricas que vivimos. Líderes que por su inteligencia y sagacidad puedan interpretar con acierto los signos de los tiempos. Líderes que depongan sus lógicos y humanos intereses personales en aras de los intereses del país. Líderes que piensen, hablen y actúen con honestidad y blandiendo la transparencia como bandera de sus convicciones y anhelos. Líderes sin cartas debajo de la manga, que no puedan ser presas de trampas y de triquiñuelas oficialistas y que luego queden al descubierto vociferando en la oscuridad chismes y runrunes de sus propios colegas y compañeros de filas.

 

Líderes que no vendan sus convicciones, que no negocien sus ideales y sus posiciones, que no salten las talanqueras y que, en fin, que escuchen, y nos demuestren con hechos verificables que sí es posible confiar en ellos.

 

 

 

Versión editada

 

 

 

 
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