Contar pollitos sin nacer

Carlos Lozano

Carlos Lozano

Caminando con Carlos
Carlos Lozano
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Llevamos catorce años contando pollitos antes de nacer.  Los opositores al chavismo son los que más han caído en esa trampa, que habitualmente es autoimpuesta, aunque los chavistas -dirigentes y militantes-, también han caído, es cosa de disciplina y de fe.

La clase media venezolana creyó entre el 11 y el 12 de abril de 2002 que en horas Hugo Chávez pasaría a ser sólo parte del pasado. Confundieron sus propios deseos… y masas muy grandes marchando por las calles, con un sentimiento nacional. Tres días después Chávez seguía en el poder y el chavismo estaba más fuertes que nunca.

No mucho después, analistas, hombres y mujeres de las clases medias y altas… y algunos políticos también, penaron que el paro petrolero desplomaría al Gobierno. Pero Chávez resultó osado y respondón, y prefirió descabezar al sector petrolero para conservar el poder.

Unos cuantos militares -incluso generales de quienes cabría esperar mucho más- contaron luego pollos incubados en una encerrona fiestera, pero muy poco eficiente, en la Plaza Altamira en Caracas, evento que agonizó en medio de la deliberada no respuesta del Gobierno y luego de varias muertes innecesarias entre aquellos contagiados por un entusiasmo que no tenía justificación.

Dirigentes sociales y políticos inventaron después que si los opositores no acudían a votar para elegir diputados a la Asamblea Nacional, esa abstención se transformaría milagrosamente en una letal ilegitimidad que acabaría con el régimen. Ese pollito tampoco nació y, antes, por el contrario, condujo a un poder legislativo que le dio al Gobierno de Chávez ese control real de todos los poderes públicos, que hoy, años después, aún mantiene.

Hoy siguen apareciendo voces que no sólo desprecian sino que desconocen por completo el valor del trabajo diario de los partidos políticos. No entienden que Primero Justicia no es sólo Julio Borges ni el Psuv es únicamente Diosdado Cabello y Francisco Ameliach. Un partido es mucho más que sólo sus dirigentes principales, es el resultado del trabajo diario de dirigentes en barrios, manzanas, caseríos, urbanizaciones, sindicatos. Si ese esfuerzo es deficiente y la dirigencia desde la cúpula hasta el barrio pierde el contacto realista con los ciudadanos, el partido se derrumba, como les sucedió a Acción Democrática y a Copei en los años 90.

 

El cambio de mentalidad de los partidos que conforman la Unidad opositora se ha demostrado en los millones de votos que lograron para Capriles en octubre de 2012 frente a un Hugo Chávez con muchas ventajas… y en abril de 2013, frente a un Nicolás Maduro a quien humillaron vaciándole un millón de votos. Las circunstancias que padeció el chavismo influyeron, obviamente. Pero el hecho práctico es que gracias al empeño en consolidar la Unidad, la oposición liderada por un grupo de partidos se convirtió en una opción clara de poder. Una comprobación clarísima de esa fuerza la demuestra la ferocidad de los ataques del chavismo.

No es hora de volver a soñar mientras se incuban los huevos. El triunfo de la oposición y su consolidación como mayoría nacional, y a la vez, el mayor peligro en la historia del chavismo, están en la Mesa de la Unidad Democrática, y giran en torno al liderazgo de Henrique Capriles. Los que imaginan criar pollitos en gallineros personales, afectan la Unidad, cultivan sueños sin sustancia y jamás triunfarán.

 

 

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