Valle bipolar

Maruja Tarre

Maruja Tarre

Maruja Tarre
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Se cierran las últimas ventanitas de libertad de expresión

 

Llevo dos semanas en Venezuela y las impresiones en este regreso son tan contradictorias, que encuentran su perfecta definición en un poema de Leonardo Padrón que recién escuché: “Caracas, Valle Bipolar”.

 

Recién llegada oigo con estupor y vergüenza el “debate” en la Asamblea Nacional en donde se insulta en forma, yo diría, patológica a los líderes de la oposición. En efecto, solo mentes muy enfermas pueden llegar a un grado tal de calumnias, bajezas y cinismo. Voy al mercado y no me encuentro con tanta escasez como esperaba, pero los precios imposibilitan una vida decente con el nivel de sueldo que tenemos los profesores. Se incendian las refinerías, rayos y truenos causan estragos. Me cuentan experiencias sobre inseguridad y represión policial que aterrorizan. Luego vienen los golpes: la eliminación del programa de Chúo Torrealba e inmediatamente después la renuncia de Leopoldo Castillo. Muere el símbolo de toda una época. Se cierran las últimas ventanitas de libertad de expresión. El gueto es cada vez más asfixiante.

 

Pero el Ávila sigue igual, tranquila, enorme, transparente, azul, morada. El clima es único: una brisa que huele a mangos y jazmines (también a gasolina). Sobreviven las mágicas guacamayas y también las garzas, los azulejos y cristofués, a pesar del cemento y de los carros. Las caras conocidas, la familia, los amigos. La sensación de pertenencia a pesar de los cambios y las tropelías. Admiración e identificación con el talento tan absolutamente nuestro de Malena Roncayolo con sus “Navíos, ron y chocolate”, que nos trae los recuerdos de la abuela más querida. Padrón, Aquiles Báez y Mariaca Semprún con música y poemas en “Desconcierto” nos hacen reír y llorar como los habitantes que somos de este “Valle Bipolar, paraíso infernal, imposible de no amar”.

 

 

 

 

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