Sobre la guerra económica

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Ángel Alayón

 

I

 

Ya se sabe que las palabras tienen poder. Que las imágenes y metáforas que usamos para describir la realidad terminan definiéndola. Que vivimos a través de las alegorías, como diría Lakoff, y que también podemos morir por ellas. Por eso es preocupante que la situación económica en Venezuela sea descrita por el alto gobierno como la consecuencia de una guerra económica.

 

II

 

Un anciano se acerca al mostrador de la farmacia y no encuentra la medicina que necesita para que su corazón siga funcionando. Hay políticas públicas concretas que explican por qué sus medicinas no están allí y por qué su vida corre peligro ahora que no consigue eso que está escrito en el récipe y que tiene años comprando.  La lógica de la guerra implica que debe haber un enemigo que está logrando su objetivo: desaparecer las medicinas para que le tiemble el corazón. No se trata de un daño colateral. Se trata más bien de la meta cumplida del perverso estratega que está detrás de la guerra. Es la virtud comunicacional de definir la situación económica como la consecuencia de una guerra: hay un enemigo a quien culpar, alguien que exculpa al responsable. Los hacedores de políticas, los que están en el gobierno, solamente nos defienden de los malos. Son los muchachos de la película.

 

III

 

Hitler quiso derrotar al Reino Unido por todos los medios posibles. Uno de sus planes más audaces fue la impresión de libras esterlinas para inyectarlas en la economía británica, crear inflación y así desestabilizarla. La llamada Operación Bernhard comprendía originalmente el lanzamiento del dinero falsificado desde aviones de la Luftwaffe, la Fuerza Aérea Alemana, sobre el suelo británico con el fin de que la gente lo recogiera y lo usara para comprar bienes y servicios. Era un verdadero ataque monetarista desde los cielos. La Luftwaffe se retiró del plan argumentando que no disponía de suficientes aviones para la operación. El dinero falso se imprimió durante toda la guerra y fue utilizado para pagar importaciones, pero nunca pudo ser infiltrado hasta los bolsillos de los ciudadanos británicos en cantidades suficientes. Hitler siempre se quejó de que su plan no pudo llevarse a cabo. Siendo alemán, Hitler sabía el daño que la inflación puede ocasionarle a un país y trató de inflingirlo a toda costa. Hitler también fue un hijo de la hiperinflación.

 

IV

 

Un Banco Central que imprime dinero inorgánico produce consecuencias equivalentes a un avión que arroja dinero falso sobre un país. Paradójicamente, cada vez que Londres iba a ser bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial, las sirenas sonaban para que la gente se refugiara de las bombas. Pero contra la inflación no hay refugio posible.

 

V

 

No hay nada bueno alrededor de la guerra. Es imposible. Piense en las palabras que se asocian con ella: muerte, desolación, sangre. La guerra es la ausencia de futuro y sin futuro no hay —no puede haber— inversiones. No puede haber progreso. Hablar de la guerra económica sólo puede servir para evadir responsabilidades, pero no servirá para enderezar la realidad. Todo lo contrario: hablar de guerra económica no hace sino profundizar las consecuencias de un modelo colapsado, cuando lo que urge son hacedores de políticas que asuman su responsabilidad. Venezuela no está en guerra, pero ya las sirenas están sonando.

 

Tomado de PRODAVINCI

 

 
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