FIDEL Y ALLENDE

Américo Martín

Américo Martín

 

Desde La Cima del Ávila
Américo Martín 

amermart@yahoo.com
@AmericoMartin 

 I

La Primera Declaración de La Habana fue aprobada en la Plaza de la Revolución el 2 de septiembre de 1960. Concurrieron cientos de miles de cubanos y extranjeros. El caudillo lee su documento y lo somete a votación a brazo alzado. Fidel quiere crear una nueva Meca revolucionaria de ámbito latinoamericano o mejor, tercermundista. La sede será Cuba y el líder, él mismo. El objetivo, como era de esperarse, muere en lo declarativo porque abarca demasiado sin tomar en cuenta el fuerte enfrentamiento de las tendencias ideológicas mundiales. En esa primera declaración, se observa un fuerte énfasis antiimperialista y un aplicado repaso de las intervenciones gringas en América Latina, pero su objetivo central es de vocación más específicamente cubana que internacional.

 

Para defender a Cuba de un choque con los gringos, la Declaración trata de arrastrar a la URSS a un eventual conflicto -¡incluso nuclear!- si la isla fuera atacada por los marines. El enfoque de Fidel está impregnado de astucia criolla y de hechos cumplidos. Para allanarle el camino a su poderoso nuevo amigo sugiere que una respuesta nuclear soviética sería una respetable acción defensiva.

 

Hablando por los soviéticos, dice textualmente:

 

–       En caso de que nuestro país fuera atacado por fuerzas militares imperialistas “la justa” respuesta de Moscú “no podría juzgarse como un acto de intromisión soviético”.

 

 Lo hablado tal vez en la informalidad del secreto entre Fidel y el Politburó del PCUS el caudillo lo tiraba a la calle como un fait accompli. Se proponía meter el disuasivo nuclear soviético en su pugna con EEUU. La URSS tenía fuertes canales con Washington como para quitarle sentido a tan terrible designio, sin dejar mal parado al líder cubano, pero el desenfado fidelista le resultaría desagradable.

 

II

 

336 allende_FidelEl 4 de Febrero de 1962, el mismo escenario, otra vez con masiva concurrencia, Fidel somete a la multitud el proyecto de Segunda Declaración de La Habana. También antiimperialista, este flamante documento tiene un estilo menos romántico, menos caribeño, más dentro de los criterios de la ortodoxia comunista y sin embargo por su contenido es una poderosa exaltación del voluntarismo antimarxista. También es más directa  la implicación del caudillo en las políticas de  Latinoamérica y el Tercer Mundo.

 

Postula agresivamente la lucha armada, rechaza –en coincidencia con Mariátegui y los posteriores autores de la Teoría de la Dependencia- cualquier posible participación de las burguesías nacionales en la revolución socialista y de manera muy categórica postula la teoría de que esa revolución debe iniciarse por la vía armada, a partir de un pequeño foco de sacrificados luchadores.

 

Es una novedad, sin duda. Las guerras suponen la existencia de ejércitos enfrentados. No lo niega Fidel, pero antes de llegar a ese nivel hay que construir pequeños focos bien organizados, entrenados y con buena capacidad de desplazamiento. El foco calentará el cuarto.

 

¿Y las elecciones? De eso, nada. El método pacífico electoral es iluso, vano y acomodaticio. En adelante, esa tonta idea desaparecerá No existe ni existirá, semejante camino, asienta expresamente la Declaración leída con voz alta y altiva por Fidel.

 

¿“No existe ni existirá”?

 

Bueno, siete años después Allende toma electoralmente la primera magistratura con el ruidoso respaldo de Fidel y el entusiasmo de todos los revolucionarios armados o inclinados a las armas de Latinoamérica. Allende siempre respaldó a Fidel pero en todo momento defendió la vía pacífica para Chile y demostró dos cosas: que tenía razón contra Fidel y que admirarlo no significaba someterse a su liderazgo.

 

El problema vino después. En la Unidad Popular los sectores más radicales impusieron gradualmente la tónica. Allende venció a Alessandri con una minúscula ventaja de 1.03%. Por eso debió su nombramiento a la democracia cristiana (28%). Sin Frei y Tomic jamás lo hubiesen investido. Siendo minoría en el país y el Congreso, se esperaba una gestión de izquierda moderada en el marco institucional.  

 

III

 

En principio intentó hacerlo pero la feroz presión de su radicalizado partido y del resto de la izquierda revolucionaria lo lanzó por el despeñadero. Procedió a aplicar medidas que en todas partes han fracasado: las expropiaciones “ideológicas”, la autogestión y cogestión, el extremismo retórico y amenazante. Para colmar este curioso viraje, el gobierno invitó a Fidel por un largo mes. El caudillo la aprovechó para desplegar una intensa actividad  que suscitó fuertes reacciones en militares y conservadores. Sobrevino lo de siempre: retroceso económico, inflación, desabastecimiento, crecientes protestas populares. Se inquietaron los militares. Para asociarlos a su gobierno y contener los reclamos sociales, Allende facilitó la militarización del orden público, medida a la postre funesta. Los uniformados, con el feroz Pinochet al frente, derrocaron a Allende, quien merecía mejor suerte. La CIA, Nixon y Kissinger alentaron la conspiración porque se sentían mucho más fuertes que ahora, pero la furia fundamentalista sirvió la mesa para el desastre

 

El presidente Maduro tiene una visión risueña del suceso chileno. No ve el peligro social que lo amenaza. Para defenderse de una sacudida interna, inventa conspiraciones, magnicidios y sabotajes. Sin embargo no puede eludir el problema real. Llama acertadamente a los empresarios privados a “remar” con su gobierno, pero desde sus propias filas –seguramente para molestarlo- los acusan de urdir conspiraciones.

¡Qué tragedia en ciernes! ¿Dónde encontrar una mano amiga, rodeado como está de lealtades insidiosas?  Piensa, Maduro. ¿A quién le conviene perpetuar este drama? ¿A quién favorecería otro Pinochet? Para impedir el desastre, la salida, la única, es reunificar al país más allá de pasiones sectarias.  Estás en un hueco, amigo. Por favor, no sigas cavando.

 

 

 

 

   

 

 

 

Artículos relacionados

Top