¿Por quién doblan las campanas en Siria?

José Torreblanca

José Torreblanca

José Ignacio Torreblanca
@jitorreblanca

 

En mi entrada anterior en este blog (“Las lógicas de la intervención en Siria”) planteaba la existencia de dos lógicas posibles bajo las cuales entender una eventual intervención militar en Siria.

 

La primera nos hablaba de la disuasión, del poder y de la fuerza: resumiendo mucho, si un país (en este caso, EEUU) no cumple sus amenazas y se echa atrás cuando es desafiado, su poder se debilitará y su influencia disminuirá. Obama advirtió muy claramente a Asad de que las armas químicas eran una línea roja y que si usaba armas químicas, “la ecuación cambiaría”.

 

campanasPero esa lógica no agota todas las posibilidades de pensar en una intervención.  Las armas químicas y las líneas rojas son un ángulo posible, pero no el único. Con más de 100.000 muertos y más de 2 millones de refugiados, sobre un total de 23 millones de personas, el conflicto sirio es, por el momento, la mayor catástrofe humanitaria de nuestro siglo. Esos muertos y esos desplazados no son producto de un desastre natural, sino el producto de un régimen criminal dirigido por Asad.

 

Si a alguien le quedaba alguna duda sobre el carácter genocida y criminal de ese régimen, el uso de armas químicas contra su propia población debería ser suficiente. Nuestra inacción en Siria, sigue el argumento, es una vergüenza moral comparable a Rwanda, Darfur o Srbenica. Toda la gente muerta en esos conflictos habla de lo patético de nuestro pacifismo, incapaces de tomar partido en situaciones donde con tanta evidencia solo hay víctimas y victimarios.

 

El derecho internacional no puede amparar que bajo el concepto de soberanía se cometan crímenes: el sujeto último y razón de todo derecho es la persona. Los Estados no pueden estar más protegidos que las personas, máxime cuando usan esa protección para asesinar a sus propios ciudadanos. El llamado “intervencionismo liberal” sostiene que está justificado intervenir en estos casos y que tenemos una “responsabilidad de proteger” a aquellos que carecen de protección. Por tanto, aunque no tengamos un interés estratégico directo en Siria y la intervención sea arriesgada, podemos aproximarnos al conflicto sirio con el mismo enfoque que Hemingway tomó prestado de John Donne para contar al mundo la guerra civil española en “¿Por quién doblan las campanas”?. Los derechos humanos son universales y no pueden ser abolidos ni suspendidos por un dictador.

 

Lamentablemente, nuestro mundo está organizado de tal manera que estados que nunca han respetado los derechos de sus ciudadanos (China o Rusia) pueden prevenir que los derechos de otros sean respetados y pueden convertirse en cómplices de su violación, Una intervención en Siria no sería legal sin el apoyo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Pero sin duda que sería más que legítima y desde luego moralmente aceptable.

 

Otra cosa, bien distinta, es que la intervención sea desaconsejable por una tercera razón, la razón política. Aún siendo ilegal, he sostenido, podría ser legítimo intervenir, pero para que esa intervención se justificara tendría que tener posibilidades de éxito y no producir males mayores que los que pretender evitar. Desgraciadamente, la razón política de la intervención está mucho menos clara que la razón humanitaria, lo que trataré en una entrada posterior.

 

 

 

 
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