Todos somos igualmente dignos

Antonio Perez Esclarín

Antonio Perez Esclarín

Antonio Pérez Esclarín
pesclarin@gmail.com
@pesclarin

 

 

No tiene más dignidad que los demás un Alcalde, ni un Ministro, ni un Presidente, ni siquiera el Papa…

 

Como seres humanos, todos somos dignos y merecemos respeto y reconocimiento sin importar la raza, la religión, la condición social o sexual, la nacionalidad o el pensamiento político. La dignidad humana es la conciencia del valor no negociable de cada persona. A esta realidad radical se refirió Jacques Maritain, en la reunión convocada por Naciones Unidas (1948) para hacer un código ético para todos los pueblos de la tierra después de la II Guerra Mundial. Cuando no era posible ponerse de acuerdo sobre un principio que los convocara a todos con sus religiones y filosofías políticas distintas, Maritain puso sobre la mesa una frase en la que todos estuvieron de acuerdo: “todos los seres humanos tienen igual dignidad”. Sobre esta frase se construyeron los pactos internacionales de derechos humanos.

 

A esta dignidad se refería Kant, el más influyente filósofo de la modernidad, cuando estableció el principio de que “ninguna persona puede ser utilizada por otra porque cada persona es un fin en sí misma”, y retomó la regla de oro de la ética universal: “no hagas a los demás, lo que no quieres que te hagan a ti” o, en su versión positiva, “trata a cada uno de los demás como quieres que cada uno de los otros te trate a ti”.

 

dignidadLa dignidad humana

 

Si bien la posmodernidad relativiza hoy todos los valores y niega todos los principios y absolutos, debemos afirmar con fuerza que sí hay un absoluto que todos compartimos: la dignidad humana. Dignidad humana que nada tiene que ver con la estupidez del egoísmo y la soberbia, ni tampoco con los honores y las condecoraciones. Esta dignidad es absoluta en cada persona porque la tenemos todos por el simple hecho de ser humanos. En ella no dependemos de nada ni de nadie. Esta dignidad es igual para todas y todos siempre. No tiene más dignidad un doctor que un analfabeta, un empresario que sus obreros; no se acrecienta ni con el dinero, los títulos o los cargos. No tiene más dignidad que los demás un Alcalde, ni un Ministro, ni un Presidente, ni el Papa, a quien le recuerdan al ponerle la tiara que es “siervo de los siervos de Dios”.

 

De ahí la urgencia de trabajar por una cultura y una forma de asumir la política que respete la dignidad absoluta de cada persona. El que con su autoritarismo y abusos de poder, pretende excluir, mancillar y ofender a las personas por sus diferencias políticas, sociales, raciales, económicas, culturales o religiosas, está actuando de un modo inhumano y violando su propia dignidad y la dignidad de los demás.

 

 

 
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