El ABC de Monseñor Pietro Parolin – Secretario de Estado de El Vaticano

Mons. Pietro Parolin: “Así como nunca pensé ingresar al servicio de la Santa Sede, tampoco pensé jamás en ser Secretario de Estado”.

Mons. Pietro Parolin: “Así como nunca pensé ingresar al servicio de la Santa Sede, tampoco pensé jamás en ser Secretario de Estado”.

Durante cuatro años evité lo más posible declarar y agradezco la comprensión de los medios. Algunos dicen que soy demasiado diplomático. Repito como el Papa Francisco: diálogo, diálogo y más diálogo, señala el hasta hace poco, Nuncio Apostólico de Venezuela.

 

Macky Arenas

 

Son sus últimos días como Nuncio Apostólico. Quisimos una entrevista al final con Monseñor Pietro Parolin para que otros interrogaran al embajador y nosotros poder escudriñar más bien en el Pastor. Lo hicieron obispo para asignarle la misión de representante del Papa; la Providencia quiso que fuese en Caracas. Llegó con temor y se va con guayabo en el alma. La “Tierra de Gracia” se le metió en el corazón y a nosotros en la cabeza que el Papa Francisco lo querría cerca. Dotado de una inusual capacidad para escuchar en un país en donde el que escucha es un “ave rara”, ha podido descifrar este galimatías que tiene loco a medio mundo: Venezuela.

 

—  ¿Somos persistentes con usted, no?

— En verdad, me propuse no dar entrevistas, solamente publicar el texto que todos conocen, escrito después del nombramiento. Pensé que eso bastaba. Pero, ¿cómo puede uno cerrarse completamente a los medios? Uno se siente dividido: mucha exposición es negativa; por otro lado, no se puede tampoco decir que no. En este caso, situado en la puerta, ¡ya no la puedo cerrar!

 

—  Desde que la abrió, usted ha sido para nosotros, una sorpresa grata. ¿Se ha sentido cómodo con los medios venezolanos?

—  Diré que mi estilo me ha inclinado hasta ahora a trabajar con una presencia muy discreta. Durante estos cuatro años evité lo más posible declarar y debo  decir que agradezco la comprensión de los medios. Nunca me acosaron. Quiero expresar a través de usted que hubo mucho respeto, he sido aceptado y mi postura de mantenerme prudente ante una situación tan difícil como la que vive Venezuela fue entendida por los periodistas en todo momento.

 

—  Usted sostenía que un Nuncio no debía…

—  Hay que dar preeminencia al papel de Nuncio. En mi caso particular siempre intenté ejercer una mediación o, al menos, no cerrar puertas detrás de mí. Los medios comprendieron y cuando me entrevistaban, sobre todo en visitas en el interior, nunca se molestaron porque yo advertía que había asuntos que no podía tratar. Repito que estoy muy agradecido en este sentido.

 

—  Ya que se refiere a sus recorridos por el país, ¿siente que a través de ellos ha logrado una mejor comprensión del pueblo venezolano?

—  Ciertamente, aún cuando muchas de estas visitas eran protocolares. Ya sabe, cuando llega el Nuncio hay todo un marco de formalidad. Sin embargo, creo que he podido acercarme a la gente -que era lo que yo buscaba- y hacerlo con naturalidad. He podido escuchar y compartir con ellos fuera de las rigideces. Diría que esto me ha ayudado mucho a entender mejor este país.

 

—  Ya van 4 años en Venezuela, ¿es ese el tiempo que debe permanecer un Nuncio?

—  La idea que me había hecho era quedarme aquí unos 5 ó 6 años. Soy de la opinión de que si uno quiere desarrollar un trabajo debe tener cierto tiempo por delante. Todo esto, por supuesto, sin saber los planes que tenía Roma. Era sólo un deseo.

 

—  Me gustaría facilitar que se conociera un poco más sobre usted. Sabemos que nació en Italia y que ejerce como diplomático, pero el sacerdote… ¿cuándo supo que quería serlo?

—  Es difícil contestar a esa pregunta. No recuerdo haber querido ser nunca otra cosa. Desde niño lo quise. Nací en una familia muy católica. Mi papá era un varón cristiano ejemplar en todos los sentidos. Mi vida empezó en la parroquia de mi pueblo. Tuve siempre una idea fija: “Quiero ser como mi párroco”. Allí comenzó mi vocación. Por supuesto, cuando uno crece las motivaciones cambian. Me encantaba ver a mi párroco con la sotana ¡y ahora casi no la llevo! Me imponía aquél sacerdote con su vestimenta.

 

El Secretario de Estado de El Vaticano considera que hay mucha gente buena en el mundo, aunque parezca que la maldad gana terreno.

El Secretario de Estado de El Vaticano considera que hay mucha gente buena en el mundo, aunque parezca que la maldad gana terreno.

 

 

Una sorpresa tras otra

 

—  De párroco a Nuncio hay un trecho. ¿La carrera diplomática fue una escogencia temprana?

—  Nunca la pensé. Mi entrada al servicio diplomático de la Santa Sede fue del todo casual. Estudié en el seminario de mi diócesis, institución de gran tradición. Me ordené sacerdote en 1980. Trabajé dos años como vicario parroquial. Luego el obispo me dijo que los superiores del seminario habían pensado enviarme a estudiar a Roma Derecho Canónico. Fui a la Gregoriana y viví como huésped en el Pontificio Instituto Teutónico de Santa Maria dell’Anima como cualquier estudiante. Eso pensaba yo que era mi camino, terminar con la licenciatura y regresar a mi parroquia para trabajar en pastoral familiar y ayudando en el tribunal eclesiástico; ni siquiera sabía si me dejarían para hacer el doctorado.

 

—  ¿Cómo llegó a la Secretaría de Estado?

— Todavía no sé quién propuso mi nombre para ir allá. Estaba aprendiendo idiomas fuera de Italia cuando me llamó el obispo: “El Secretario de Estado te pide para la Academia Eclesiástica”. De verdad, fue una gran sorpresa.

 

— Últimamente está teniendo muchas…

—  En estos días he hablado de este nombramiento como una gran sorpresa. Probablemente alguno habrá pensado: “Parolin aparenta”, pero no es así. El signo de mi vida ha sido una sorpresa tras otra. Así como nunca pensé ingresar al servicio de la Santa Sede, tampoco pensé jamás en ser Secretario de Estado. 

 

—  ¿Cómo es vivir con la maleta hecha?

—  Cuesta, cuesta. Se trata de cerrar y abrir páginas constantemente. A  nivel de relaciones humanas, obviamente es la parte más difícil. Uno llega a los lugares, trata con la gente, se encariña, empieza a quererla y acostumbrarse y luego viene un corte. He logrado conservar algunas relaciones, pero sin duda los contactos se limitan cuando uno se separa. 

 

—  Usted se ha vuelto tecnológico, se mantiene pendiente de sus correos electrónicos.

—  Ayudan, sobre todo porque, en verdad, siempre cuesta recomenzar en otro país, con otras gentes, construir una red de relaciones.

 

—  Hay que aprender el desapego.

—  Se corre el riesgo de volverse un poco frío. Es un desapego afectivo. Uno se pregunta si merece la pena involucrarse cuando se sabe que habrá que partir pronto.

 

—  En Venezuela todo el que viene hace “inversión” afectiva.

—  No se imagina cuánto he apreciado la manera de ser del venezolano, esta calidez en la relación humana que tanto me ha gustado. Uno se siente acogido, arropado. Espero que siempre conserven y aprovechen esta cualidad.

 

—  Usted ha logrado dejar una impronta: el Nuncio debe ser diplomático, pero también Pastor.

—  Algunos dicen que soy demasiado diplomático. Es toda una formación, pero ya la gente sabe que de los diplomáticos no se pueden esperar posiciones muy tajantes. Y es que la realidad no es blanca o negra. Uno de los problemas de Venezuela es precisamente eso, el maniqueísmo. No es nuevo, pero sí recurrente. Se piensa que todo el bien está de un lado y todo el mal del otro. Y la realidad está llena de grises. El bien y el mal están mezclados en nosotros mismos. Ser diplomático, en este sentido, es hacer justicia a la realidad. Saber que el mundo es multicolor, que hay de todo. A veces esto puede, también, complicar el juicio o la evaluación y llevar a no decidir nada. Es un riesgo, pero es mejor una aproximación a la realidad que no sea demasiado simplista.

 

— ¿Ha tenido la oportunidad de aconsejar a quienes toman decisiones a fin de orientar, desde una postura más ecuánime, hacia la superación del terrible desencuentro entre los venezolanos?

—  Si, si. Cuando reviso lo que he dicho en estos días y pongo juntas mis intervenciones, el denominador común es la insistencia en el diálogo. A veces pienso que se cansarán de esta cantaleta, pero me remito a San Juan. El predicó algo fundamental: “Quiéranse, ámense”, en todos los lenguajes en que se le quiera escuchar. El Papa Francisco lo dijo ante los responsables de las instituciones en Río de Janeiro: “Diálogo, diálogo y más diálogo”. Hay que repetir que este es el camino. No hay varitas mágicas.

 

— No es fácil el diálogo…

—  Necesita mucha fortaleza, mucha entereza, mucha sinceridad, mucha magnanimidad. El diálogo es el método de las personas fuertes, no de las débiles, aún cuando parezca que sentarse a dialogar es una muestra de debilidad. Otro concepto que quisiera destacar es que la fortaleza es la capacidad de una persona para ponerse en relación constructiva con otra, a partir de su identidad, buscando caminos de colaboración y solidaridad para superar el enfrentamiento.

 

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“En Venezuela existe una gran religiosidad natural”

 

—  Siendo el objetivo de la diplomacia vaticana el buscar la paz, es mucho el camino que ahora usted tendrá que andar, junto al Papa Francisco, por un mundo tan enredado como el que tenemos…

—  Ciertamente, pero no hay otro método que el encuentro, el diálogo. Y mire: cuando dos personas se acercan a nivel de su humanidad, más allá de todas las formalidades, siempre algo milagroso pasa. Aún cuando se puedan tener posiciones enfrentadas, si el encuentro es auténtico, sincero, algo bueno ocurre. Un diálogo verdadero no pasa sin resultados.

—  ¿Cómo evalúa su gestión en Venezuela? ¿Algo bueno que mencionar?

—  Mire, Macky, es difícil esta pregunta. Más que de resultados hablaría del esfuerzo que he hecho. Diría que puse mi empeño en tres cosas: asegurar la cercanía del Papa a todos, lo cual me propuse desde un principio; ayudar a mantener viva la esperanza en situaciones difíciles, como condición fundamental para construir; y propiciar el encuentro, promover el diálogo, el entendimiento, el acercamiento, el reconocimiento de unos por  otros.

 

—  Si fue difícil aquí, lo será más como Secretario de Estado. El Papa pareciera haberse propuesto la más compleja de las tareas, ser un agente pacificador en un mundo empecinado en destruirse…

—  Mi propósito inmediato es ponerme al servicio del Papa, tanto en contenidos como en metodología. El me dirá lo que hay que hacer. Pero ciertamente, lo que necesita Venezuela le hace falta también al mundo, la cercanía de la Iglesia y es lo que el Papa está facilitando.

 

—  Un Secretario de Estado que conoce a Venezuela y a nuestro continente, en colaboración con un Papa latinoamericano, resulta un equipo muy esperanzador para nosotros. Muchos piensan que el Papa Francisco podría ser a América Latina lo que fue Juan Pablo II para Polonia. ¿Usted lo ha pensado?

—  No sabemos los designios de la Providencia para el Papa. Lo cierto es que conoce muy bien esta realidad y, aún cuando tiene muchas prioridades como África, Asia, China, seguramente concederá atención especial a este continente. 

 

—  A pesar de que la religión católica está en lo profundo de nuestra identidad, hoy existe una especie de drenaje hacia cultos diferentes, ritos extraños y hasta peligrosos, como es el caso de las sectas. ¿Qué debía hacer la Iglesia para enfrentar esta realidad?

—  Preocupante, es un gran reto no sólo para Venezuela sino también pata toda América Latina. La Iglesia está consciente de eso. Aparecida, con la gran misión continental, quiso responder a este desafío, ir al encuentro de los católicos que han abandonado a la Iglesia –por diferentes razones-,  ir al encuentro de la gente más influenciada por la secularización, perdiendo el sentido de Dios. 

 

—  No puedo dejar por fuera un tema que nos motiva a los venezolanos por igual: José Gregorio Hernández, un asunto sobre el que no hay discusión en este pueblo…

—  Quisiera decir que me impresiona profundamente la devoción que los venezolanos tienen por José Gregorio Hernández. Es algo impresionante.  El Señor ha dado a los venezolanos un modelo en el cual inspirarse para solucionar sus problemas, aparte de la esperanza que cada uno tenga sobre lo que él pueda hacer por su salud. Hace poco estuve en Isnotú para rezar por su beatificación y porque los venezolanos sigan su ejemplo.

 

—   Y Dios ha escogido a Venezuela  para concretarle su vocación y misión, a pesar de los pesares…

—   Así es. Pensar que llegué con mucho temor a este país, pero ahora agradezco al Señor la experiencia, no porque me vaya de aquí como Secretario de Estado, sino porque veo que, más allá de lo que nosotros pensamos y planeamos, Él conduce nuestras vidas.

— Si se lleva a la Virgen de Coromoto, se lleva un pedacito de Venezuela con usted…

—  Me la llevo y quiero finalizar diciendo que mi amistad con los venezolanos está comprometida para siempre. Venezuela estará eternamente en mi corazón.

 

 

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Un Comentario;

  1. aidee marquez said:

    ….Madona mía !……………….o por el contrario puedo expresarme tambien como en mi pequeñisimo y …grande pueblo de Maracaibo ………..”eso se parece mucho a fileo !…esta no es una respuesta indecorosa pero si es sincera ,corta pq no soy escritora de alta lectura y letras bien formada!…solo soy una simple opinadora del comun y corriente …….. gracias y perdone lo malo

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