COMO RÍO DE AGUA VIVA

Ricardo Gil Otaiza

Ricardo Gil Otaiza

Ricardo Gil Otaiza
rigilo99@hotmail.com
@gilotaiza

 

Aunque el mundo no lo crea, en este país lo que más escasea es la esperanza.  Buena parte de los venezolanos sentimos que en nuestra vida se han instalado nubes negras y vientos tormentosos; como si las celebérrimas plagas egipcias de las que nos habla La Biblia aquí se hubiesen enseñoreado. Nadie da pie con bola, para decirlo en criollo, y lo grave es que todos pagamos las consecuencias de la mediocridad y la desidia. A donde quiera que miramos vemos caos, improvisación y abandono. Cada día se nos está convirtiendo en una dura carga, en un fuerte sufrimiento, y esta impresión (o tal vez inmensa certeza) nos abate, nos desinfla hasta conducirnos a callejones sin salida.

 

17 Banderas viajeros 

 

Llegué temprano a mi oficina en la universidad y me puse a leer unos textos a la espera de la hora de la clase, y cuando me disponía a salir para cumplir con la actividad académica, se presentaron dos jóvenes estudiantes que querían conversar conmigo. Las invité a sentarse, y mirando el reloj para que recordaran que la hora se nos venía encima, les pregunté lo que deseaban. La más dispuesta me lo dijo de frente, sin titubear, con la convicción de quien está haciendo algo que le salvará la vida: “Profesor venimos a preguntarle qué tenemos que hacer para irnos a España para terminar allá la carrera”.  Luego agregó, frente a mi cara de desconcierto y de asombro: “Ya no soportamos lo que aquí está pasando y queremos abrirnos paso en otra parte”.

 

Seré un tonto, pero debo manifestarles que sentí un nudo en la garganta, como si estuviese a punto de llorar, pero no lo hice (¡qué raya!), reuní las fuerzas suficientes para responderles con la extraña sensación de darles el consuelo que en lo más profundo de mi ser yo también necesitaba. Les hablé con el corazón en la mano, como suelo hacerlo con mis hijas (de hecho, sus edades deben ser las mismas), y en la medida que lo hacía observaba el desconsuelo y la amargura en sus ojos; como si todo esto que vivimos y sufrimos les estuviera arrebatando la esperanza y la ilusión a las que tienen derecho. Me dolía mirarlas a los ojos, sentía una profunda vergüenza por lo que estaban pasando (y con ellas, cientos de miles de jóvenes a lo largo y ancho de este país), como si me sintiera copartícipe de esta entropía que se ha adueñado de todo y que les roba a las nuevas generaciones sus anhelos y sus sueños. Les hablaba y me veía como el joven que también fui, pleno a sus edades de entusiasmo, dispuesto a comerme el mundo y a conquistar las cimas de mis atávicas metas que se remontaban casi a la niñez.

 

339 Estudiantes tristesLas palabras me brotaban como río de agua viva; bullían como un manantial de cauce profundo, que buscaba con desesperación cerrar de sus jóvenes corazones tanto desconsuelo y dolor, y así avivar lentamente esa llama a punto de extinguirse. Ellas me miraban como quien tiene frente a sí una tabla de salvación, como si vieran en mí un vaso comunicante con ese otro mundo del día a día, de la pérfida cotidianidad, que tan pronto las había decepcionado; como si no pudiesen creer que en el fondo de toda esta tozca realidad que nos sacude con fuerza y nos impele al asco y al desconcierto, hubiese algo alentador, bueno, digno de ser buscado y hallado. En la medida que hablaba mi propia motivación iba resurgiendo desde el foso en que se hallaba, y la fuerza de las argumentaciones reparaba dentro de mí tantas heridas, tantos hiatos, tantas laceraciones que fueron horadando el espíritu hasta convertirlo en una pesada carga.

 

Las alumnas salieron de mi oficina con otra cara y les dije que nos veíamos en un par de minutos en el salón. Al llegar, me encontré con casi medio centenar de jóvenes apagados, de miradas sin brillo, tirados sobre sus asientos a la espera de una clase más. Vuelta a la desazón, a la angustia existencial, al nudo en la garganta frente a una realidad que superaba con creces mis propias fuerzas. Las palabras emergieron otra vez con una contundencia inaudita, casi febril, y vi con alegría cómo el milagro se producía paso a paso ante mis ojos; cómo esa nube oscura que amenazaba con tormenta y que estaba instalada sobre estos jóvenes (el futuro de mi país), de pronto se disipaba hasta convertirse de nuevo en esperanza.

 

 

 

 

 

 
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