El ABC de Lulú Giménez Saldivia – Socióloga y especialista en Etnohistoria

La socióloga considera que “pobreza siempre ha habido y la democracia generó pobres también”.

La socióloga considera que “pobreza siempre ha habido y la democracia generó pobres también”.

La democracia, gracias al petróleo y a la sustitución de importaciones, fue una política económica relativamente buena. El discurso antidemocrático no ha sido comprado por el pueblo. Los análisis, tanto del gobierno como de la oposición, se quedan en la superficie, señala la investigadora social.

 

Macky Arenas

 

Quien la ve, ni se imagina todo lo que le pasa por la cabeza. Como buena sociólogo, el hecho social no ocurre sin que ella pase por él. Se graduó en la UCAB e hizo maestría en Historia de América con especialidad en Etnohistoria. Ha ejercido la docencia en la Escuela de Comunicación Social de la UCAB a nivel de pregrado, así como  pregrado y post grado en la UCV. Tiene dos libros publicados, además de numerosos artículos en revistas especializadas, sobre el Caribe y América Latina, además de haber trabajado temas de antropología y estructura económica de los medios de comunicación en Venezuela. Se ha desempeñado como investigadora y asesora-consultora en proyectos conducidos por diversas ONG. Estas son sus reflexiones para los lectores de ABC de la Semana.

 

—  Si la violencia social es, de alguna manera, una derivación de la violencia política, en Venezuela estamos graves…

 

—  Me llama mucho la atención, según reciente entrega del Observatorio que lleva estos índices, la caída de la solidaridad entre los venezolanos. Es un tema difícil de manejar pues presenta varias aristas. Tiene una interpretación sociológica, otra sicológica y otras que tienen que ver con lo que podríamos llamar  la personalidad moral del venezolano.

 

—  Si la vamos a sacar por lo sucedido en Los Ruices, mejor nos tapamos la cara de vergüenza…

 

—  ¡Terrible! El chofer del camión accidentado muere mientras están saqueando la cava. Y no sólo eso, sino que probablemente pudo haber sido salvado, pero quienes ejecutaban el acto vandálico rodearon el vehículo para que nadie pudiera impedir lo que hacían, en consecuencia, tampoco auxiliar a la persona moribunda. La policía no se ocupó de salvar la vida del señor, sino de “coordinar” el saqueo para que no se desbordaran las pasiones. Un ser humano muere mientras todo esto ocurría, sin que a nadie le importara salvar su vida.

 

—  Sin duda, esto pasará a los anales de la historia patria como la mayor expresión de insolidaridad que concebirse pueda…

 

—  Y como elemento ilustrativo de cómo anda la personalidad moral del venezolano en estos momentos. Niveles de insensibilidad que rayan en lo impensable. El tema de la gente era llevarse su pedazo de carne y no la vida de un ser humano que se extinguía dentro de ese camión.

 

Violencia o lucha de clases

 

—  ¿Un país como Venezuela, que se ha caracterizado por saber ser solidario, compasivo, cómo hemos llegado a este punto?

 

—  A mi manera de ver eso es bastante cuestionable. Lo definiría como un “mito arquetipal”, es decir, que no es tan real eso de que el venezolano es tan solidario. Más bien somos exagerados, hiperbólicos. Hay una catástrofe en Japón y todo el país llora, nos volcamos a enviar apoyo, todo el mundo se involucra. Pero es muy fácil ser solidario con la humanidad abstracta. Somos emocionales hacia lo que amamos, esa gente que no vemos: los niños de África, los damnificados de Malasia. Todo ello nos afecta y nos mueve sicológicamente ¿pero nos mueve igual la situación de penuria o estrechez que está pasando el vecino de al lado? No lo creo. El que vive al lado de mi casa, que se arregle como pueda.

 

—  ¿Cómo mediríamos la solidaridad?

 

—  Está la del grupo, la etnocéntrica, que es muy práctica. Me importe el bienestar de mi entorno, de mi comunidad. Otra es la exocéntrica, la que nosotros mostramos, somos capaces de grandes gestos de solidaridad con gente extraña, de lejos, gente insignificante para nuestro día a día. Pero con lo cercano y tangible no actuamos igual, más bien somos displicentes y hasta insensibles. Y no creo que esto sea nuevo, aunque obviamente esa falta de solidaridad se ha profundizado estos últimos anoos.

 

—  ¿Qué factores han jugado?

—  Todo está enmarcado dentro de la conformación histórica de Venezuela. En el siglo XIX hay dos ejemplos: la campaña de Boves fue terrible en términos de salvajismo, los saqueos, el pillaje, constituían los botines de guerra. Cuando Boves muere, jamás se supo con precisión quién lo mató, pues en Urica los españoles estaban ganando y el ejército patriota se encontraba en retirada. La lanza que terminó con la vida del caudillo nunca reveló su origen y muchos han manejado la hipótesis de que pudo haber sido arrojada por algún realista, quienes tampoco soportaban una violencia tan cruel y devastadora como la que desencadenó Boves. Fue hasta tal punto bestial que sobrepasó la solidaridad de facción, las diferencias ideológicas y de objetivos. Me pregunto ¿a qué grupo humano pertenecía el camionero que murió en Los Ruices durante el saqueo? Seguramente al mismo de aquellos que lo dejaron morir. No se sabía si era oficialista o de la oposición, no tenía identidad política. La violencia que saquea no distingue. ¿Cuáles son las principales víctimas? ¡Del mismo entorno social que los victimarios! Nada que ver con lucha de clases o por el poder.

 

—  ¿Qué incita esto?

 

— En el lenguaje oficial comienza así, hostil, como lucha de clases, el discurso promueve eso; pero termina en otra cosa. Cuando se desencadena la violencia social, eso que los sociólogos llamamos condiciones de anomia –completa pérdida de parámetros de convivencia- arrasa con las facciones, por lo que cualquiera puede resultar víctima: lo que se encuentra más a mano es lo que pertenece  al propio entorno del que desata la violencia, gente pobre, trabajadora, que vive en zonas populares.

 

—  Parece mucho más peligroso y complejo que la propia violencia delincuencial…

 

—  ¡Claro! La anomia implica que la violencia no tiene un rostro definido, te puede saltar en cualquier momento y bajo cualquier circunstancia. Pongamos atención a lo que está ocurriendo en los mercados cuando llega un producto escaso. Sin embargo, ello aún no es una situación anómica. Pero las situaciones de carencia están ocasionando conductas que sí presentan motivos de alarma, amenazas entre unos y otros al extremo de que la autoridad interviene para poner orden sin perturbar en la comisión del delito, tal y como ocurrió en el caso del camión de carne. Deben limitarse a impedir que la cosa se convierta en un todos contra todos.

 

“La violencia no hace diferencias entre condiciones sociales”.

“La violencia no hace diferencias entre condiciones sociales”.

El caso de Boves

 

—  Cuando la autoridad se encuentra sobrepasada, ¿qué tipo de “autóritas” es capaz de poner cauce a la ira?

 

—  Históricamente, retomando el caso de Boves, aquellas tropas que saqueaban a su antojo encontraron un líder civilizador en José Antonio Páez, quien viene con un  ejército estructurado y articula aquellas fuerzas dedicadas al salvajismo. Es un líder que sustituye a otro e imprime orden y coherencia a esas fuerzas desatadas.

 

— No es la primera vez que una revolución devore a quienes la promovieron y genere, a su vez, liderazgos regeneradores…

 

—  Lo mismo ocurría entre las filas patriotas: en el Campo de Carabobo los soldados robaban a los compañeros caídos y los jefes se vieron en problemas para contener aquello. Durante todo el siglo XIX, Venezuela fue escenario de mucho saqueo, a lo largo de la Guerra Federal, la Revolución Restauradora; también en el XX, luego del derrocamiento de las dictaduras, eran vandalizadas las viviendas de los defenestrados.

 

—  ¿Es venganza política o una forma de violencia que toma la justicia por sus manos y/o reivindica demandas no satisfechas?

 

—  Es un poco la personalidad colectiva del venezolano. Recuerdo algo que dijo Yolanda Salas, “Venezuela es un amplio espacio de ilegalidad”, que en los últimos años se ha expandido y profundizado. La motivación política no es sino una cobertura, el “pastillaje” que pretende dar cierta forma a lo que no la tiene. Las estructuras sociales van por un lado y la gente nada por debajo. Desde la modernidad hasta la era democrática, el venezolano se dio cuenta de que vivir bien era más fácil, que había que limitarse a no meterse en líos, mantener su trabajo, criar y dar estudios a sus hijos. La movilidad social de la modernidad  liberal (dos o tres últimas décadas del siglo XIX hasta la última década del siglo XX con la democracia) fue considerable, aún con sus intervalos dictatoriales, también civilizadores, pues representaron importantes avances en infraestructura, organizaron, dejaron obras…

 

—  ¿Será que ahora la violencia responde a que el quiebre del sistema de partidos, el agotamiento del modelo democrático tal y como estaba concebido hasta el año 2000, no ha logrado ser sustituido, a pesar del cambio de elenco?

 

—  No se ha logrado. El discurso antidemocrático no ha sido comprado por el pueblo, ni se ha podido generar uno convincente. Las diversas fuerzas sociales no confluyen en torno a esta propuesta revolucionaria. El líder, por sí solo, no puede hacerlo. La estructura social tiene que abrirse, de verdad, a esa posibilidad. Esto que hay no gusta, después de tanto tiempo no termina de encajar, por lo que no es viable.

 

—  ¿Será porque no existe un sentimiento antidemocrático?

 

—  No puedes construir un consenso contra la democracia porque la gente es pro democracia. Puede haber reaccionado contra los partidos, su desgaste, su falta de respuestas, pero el venezolano es demócrata, quiere vivir en democracia y con libertad. El fracaso de toda esta propuesta se debe a que sólo ha conseguido expandir el espacio de ilegalidad de que hablamos, en el cual el ciudadano no solo no se siente cómodo, sino que sabe su vida y su bienestar bajo amenaza constante. El único fruto visible de esta experiencia ha sido el aumento de la violencia, una violencia que siempre ha existido, pero que en lugar de hacer esfuerzos desde el poder para comprimirla, se ha contribuido a expandirla. ¿Cómo la comprimes? Con mensajes claros acompañados de un modelaje social. Se ha hecho lo contrario y los resultados no son buenos.

 

—  ¿Semejante política es buen negocio?

 

— Para nada. Devorará también a quienes la promuevan. La situación que hoy vivimos y que refleja Briceño León en sus estadísticas victimiza, tanto a aquellos que han venido alentando la violencia desde el discurso y la permisividad, hasta a quienes se proponían victimizar, léase, los opositores al gobierno. Claro que hay otras vías para convertir al adversario en víctima como negarle la justicia, la libertad de expresión, convertirlos en presos políticos, cerrar medios. Pero en términos de ejercicio de la violencia física, ya ellos son tan víctimas aunque no se hayan percatado.  Aquí sí es verdad que todos somos iguales. Hay “democracia plena” a la hora de las consecuencias. La violencia no hace diferencias entre condiciones sociales. Ante su fuerza destructora está al descampado tanto el rico como el obrero de la construcción.

 

—  ¿Ves esto irreversible?

 

—  Así lo veo, esto va a hacer crisis. No puedo predecir qué tipo de desenlace tendrá, pero estoy segura de que reventará por algún lado. No se sabe por dónde, pero la liebre brincará. Será estallido, un todos contra todos, no se…pero será. Eso se huele, se palpa en el ambiente. Para un sociólogo no pasa desapercibido.

 

—  Es que aquí se han llevado al límite muchas situaciones, como si la cuerda fuera eternamente resistente…

 

—  Exacto. Todo acto humano tiene límites. Toda persona tiene un límite y no podemos predecir las dimensiones de lo que ocurre cuando ese límite se rebasa. Todos estamos ya al límite. Esa liebre va a brincar. Es irreversible en ese sentido. Después, veremos.

 

—  ¿Ves liderazgo capaz de hacer frente a eso?

 

—  Los análisis, tanto del gobierno como de la oposición, se quedan en la superficie, en eso que llamamos “la estructura”, que si el alto costo de la vida, que si la carencia de alimentos básicos, que si la gente sale a robar como estrategia de supervivencia…todo eso está muy bien, pero solo sobrevuela el problema. Son análisis estructurales y ya no responden a una realidad mucho más lacerante, que es lo que algún autor llamó “el hombre como lobo del hombre”. Es decir, la vocería política no parece percatarse de ello y ese “lobo” va nadando por debajo de todos esos muy concienzudos pero ya banales análisis. Hasta que no se reconozca que el drama venezolano debe ser visto desde otra perspectiva, todas esas elucubraciones se mantendrán en la superficie de los problemas. ¿Cómo va a calar un discurso que proclame: “En mi gobierno no faltarán los alimentos básicos”, o “Yo si voy a promover la producción”… ¿pero es que eso es realmente el problema? ¿Lo cree la gente? Suena demagógico y ya sonaba desgastado en los 80 y 90.

 

—  Y eso que en aquella época la movilidad social amortiguaba las crisis y corría las arrugas…

 

—  La democracia, gracias al petróleo y a la política de sustitución de importaciones –que muchos cuestionan pero que fue una política económica relativamente buena-  la cual promovió la industrialización del país pues en lugar de importar los productos terminados, se importaba solo partes y se terminaban aquí, fue capaz de dar empleo a mucha gente. Eran paliativos, pero funcionaban como mecanismo de movilidad social, la gente supo que podía pasarla bien disfrutando de cierto bienestar. Pobreza siempre ha habido y la democracia generó pobres también, pero con otro sentido de país: ese pobre tenía opciones, podía emplearse, “matar tigres”, de algún modo todo le rendía. Ahora depende de que salte la liebre. Eso es lo preocupante.

 

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