“PERDÓN POR ESTA GUERRA”

David Alandete

David Alandete

David Alandete
@alandete 

 

El camino a Damasco tiene hoy nueve puestos de control militar. La forma segura, la única de llegar a la asediada capital siria, es desde Beirut, una carretera de 110 kilómetros que, tras el fértil valle de la Bekaa, se adentra en una guerra con los secarrales del desierto de decorado. El coche avanza cuatro kilómetros en tierra de nadie, tras la frontera libanesa y antes de llegar oficialmente a suelo sirio. Finalmente, un desangelado edificio oficial recibe al visitante, con grandes retratos del presidente Bachar el Asad y su padre. La mitad de las ventanillas de inmigración están cerrada. Sobre una de las que funcionan, se lee “Turistas”, sin ironía. Pocas colas hay que hacer. Muchos sirios han huido a Líbano por la guerra. Casi ninguno quiere volver.

 

Luego, las tiendas fronterizas, libres de impuestos en las laderas, cerradas. Algunos restaurantes, cerrados. Comercios de electrodomésticos y muebles, antes abiertos a los viajeros que venían de Beirut, cerrados. Consecuencias de la guerra.

 

340 Siria GuerraLos puestos de control con barricadas son variados. En algunos los soldados inspeccionan minuciosamente los pasaportes. En otros, saludan sin mirar. En un pequeño promontorio, se divisa una cúpula, el palacio de los monarcas de Catar, construido para la jequesa Mozah. Dicen los sirios que, después de que comenzara la guerra, el jeque retirado Hamad hizo construir un muro de protección alrededor de la vivienda, para protegerla de los ataques. Más le vale, después de todo el armamento que le ha ofrecido a los opositores que luchan por acabar con el gobierno de la familia El Asad.

 

Antes de llegar a la ciudad, que se adivina solemene al fondo, a la derecha se deja Daria, donde muchos cristianos creen que Pablo de Tarso se convirtió al Cristianismo para renacer como el apóstol de los gentiles, un pilar fundamental de la iglesia. Cristo, quiere el Testamento, se apareció en este mismo camino, que hoy parece tristemente dejado de la mano de dios, cercado por una guerra.

 

Damasco, al fin, mantiene empedernida las costumbres de la ciudad que era. La guerra no ha vaciado las calles y al visitante le recibe un atasco, como en cualquier gran urbe. En esta, sin embargo, son peores, por los controles militares. En plena avenida Shukri al Culatli, un soldado blande un artilugio con una antena que gira sola, buscando explosivos. Los atávicos taxis amarillos esperan pacientes. Los minibuses blancos también, aunque muchos de estos, medio de transporte preferido a la clase trabajadora damascense, han dejado de operar por lo cara que está la gasolina y lo poco que avanzan en la hora punta constante de cada día laboral.

 

Una vez en el centro, poco recuerda que Damasco está en guerra, más allá de unas frecuentes explosiones al sur del monte Casium, que uno adivina que son artillería. De noche las precede en el horizonte un fogonazo luminoso. En las calles, militares y civiles guardan todo tipo de edificios, públicos y privados, con armas. Después de unas horas, uno se vuelve inmune a estas cosas, y ve en Damasco la vida de cualquier otra ciudad.

 

3D-Syria-Flag-Map-2Los zocos bullen de gente. Hay cafeterías día y noche llenas. Decenas de personas se sientan en los deslumbrantes suelos de mármol del patio de la mezquita de los Omeyas. En el clásico bar Al Kamal los ancianos juegan al ajedrez mientras fuman hasta altas horas. Una discoteca junto al hotel Cham abre hasta ya entrada la madrugada. Muchas tiendas han echado el cierre, pero en otras se venden marcas caras como Armani. En un edificio que hasta hace poco pertenecía a la cadena española Zara se mantiene su rótulo, pero en su interior se vende ropa de Ice Cube, una marca en cuyas prensas se lee made in SAR, Syrian Arab Republic.

 

Es curioso que, con la comprensible animosidad que existe hacia Estados Unidos después de las amenazas de ataques con misiles, lo que mande en las calles sea el dólar. Todo se mide en dólares: lo que ha aumentado la inflación, lo que se han depreciado los sueldos, lo que vale el pan, lo que cuesta el tabaco. El dólar manda, en un país con el que Estados Unidos ni siquiera tiene relaciones económicas o diplomáticas.

 

A los sirios, un pueblo muy educado y culto, les gusta hablarle a los extranjeros en inglés. Muchos expresan su anhelo por la paz, sus ganas de que la insidiosa guerra acabe ya. Por debajo de las gestiones diplomáticas, las tácticas bélicas y las conferencias mundiales, millones de sirios están, simplemente, hartos, y reclaman su derecho a volver a tener una vida digna. Pero en ellos no hay rabia, sino cierta resignación, que expresan muchos en un inglés algo roto, pero muy esclarecedor: “I am sorry for this war”, “perdón por esta guerra”.

 

Tomado de @ELPAÍS

 
David AlandeteDavid Alandete

Artículos relacionados

Top