El fútbol según Roger Federer

342 Roger FedererWALDEMAR IGLESIAS

 

Es fanático del Basel y va a la cancha cada vez que puede. Antes de volcarse al tenis, llegó a jugar en el clásico rival de la ciudad. Dos de sus ídolos futbolísticos son argentinos. Y sueña con conocer pronto a Messi.

 

El estadio de St. Jakob, en Basilea, es una belleza por donde se lo mire. Se trata de un combo perfecto: prolijidad suiza, tradición y modernidad. Fue sede en la Copa del Mundo de 1954 y, tras su reconstrucción en 2001, la UEFA lo ubica en la Categoría 4, la superior, la misma que Wembley y el Camp Nou. Es un escenario de elite, con capacidad para 42.500 espectadores, al que todos llaman con un nombre que -en español- parece propio de una mascota: Joggeli. Allí, el FC Basel construyó las mejores campañas de cualquier equipo suizo en competiciones europeas en tiempos recientes. Sirve un dato muy cercano: en la última edición de la Europa League, el equipo azulgrana accedió hasta las semifinales, donde fue eliminado por el finalmente campeón, Chelsea. También, claro, es el gran dominador de la Super Liga helvética: resultó campeón en las últimas cuatro temporadas. El estadio y el club, sin embargo, cuentan con otra carta de presentación ante el mundo: el Basel es el club de Roger Federer.

 

Parece mentira. Roger grita como si le ganara a Nadal la final de Roland Garros, pero no tiene raqueta. Mira atento una jugada como si un drive de Djokovic lo obligara a la mejor de sus maniobras de crack del tenis de todos los tiempos. No perdió un punto clave contra Murray, pero se agarra la cabeza y vuelve a gritar, enojado. Todo sucede en un asiento de una platea de St. Jakob. En el campo de juego, el Basel disputa uno de los partidos más importantes de su vida de éxitos repetidos, ante Chelsea. Y Federer, con su bufanda, con su entusiasmo, mira, aplaude, se queja, celebra, se pone nervioso. Sí, el gran Roger -dueño de tantos momentos inmensos del deporte universal- es tan hincha como cada uno de los que lo rodean. A su alrededor, brotan asombros. El hombre que siempre escucha aplausos ahora busca motivos para aplaudir. La escena no es un azar: cada vez que el calendario se lo permite, el hombre que fue el número uno del tenis durante 302 semanas está allí vestido con los colores del equipo de su ciudad.

 

No se trata de una casualidad: Federer, paradigma del tenis, tiene un corazón que también late de fútbol. Lo cuenta en esta redacción el periodista Marcelo Maller: la anécdota sucedió en ocasión del torneo de Wimbledon de 2010. En simultáneo se disputaba el Mundial de Sudáfrica y Suiza, en Bloemfontein, debía derrotar a Honduras para pasar a los octavos de final. Ya había sorprendido a España en el debut y ya había caído ante el Chile de Marcelo Bielsa. El partido resultó una sucesión de ansiedades que Roger vivió a los gritos en un cuarto especialmente destinado para la ocasión. Fue un reparto de ceros el desenlace. La cara del tenista era el retrato de una derrota, de una eliminación y de un hincha de fútbol. Quienes conocen el circuito -como cuenta el periodista Alvaro Rama en Punto de Break– sostienen que Federer suele preguntar resultados de fútbol o los suele cotejar en sitios on line en casi cada torneo en el que se presenta. Como cualquier hincha de Boca, de River, de Huracán o de Atlanta. O del Basel, por supuesto.

 

En 2008, justo antes de la Eurocopa que ese año organizaron en conjunto Austria y Suiza, Roger concedió una entrevista a la revista FoutFourTwo y habló de su vínculo con el fútbol. Y hasta relató en detalle su peor día como hincha: “El momento más feo para mí fue la pasada temporada -la 06/07- cuando perdimos la Liga ante nuestro principal rival, el Zurich. Fue en el último día de la temporada y no ganamos el título por un punto. En aquel momento estaba en el Masters 1000 de Roma y recuerdo que fue un día muy decepcionante”. Y hasta pareció afectarlo aquel golpe: Federer quedó eliminado del torneo en la tercera ronda por el italiano Filippo Volandri, quien había llegado al torneo gracias a una invitación. De todos modos, el Basel parece ir a la par del enorme Roger. Al menos en el ámbito local: estuvo en el podio en las últimas 12 temporadas; fue campeón en ocho ocasiones, en tres veces finalizó segundo y una vez, tercero. De algún modo, otro relojito de la misma ciudad.

 

Su cercanía con el más popular de los deportes estuvo marcada por una Copa del Mundo, la que se jugó cerca de su vecindario, en Italia, en 1990. Federer todavía no había cumplido nueve años. Estaba de vacaciones y vio a su alrededor llorar a muchos italianos tras la eliminación por penales frente a la Argentina, en las semifinales. Lo impactó aquello. Comprobó ante sus ojos lo que el fútbol podía generar. De chico, de todos modos, ya solía jugar a la pelota. Una curiosidad de esos días de infancia: arrancó en el Concordia de Basilea, entonces habitual rival del Basel. Roger era delantero, aunque también lo ubicaban como mediocampista ofensivo. Entre los rivales se destacaba un tal Marco Chiudinelli, ahora también tenista e íntimo amigo de Roger. Juntos representaron a Suiza en la Copa Davis. Recién cuando se dedicó con constancia al tenis, Federer dejó el Concordia y se hizo definitivamente hincha del FC Basel.

 

Su relación con el fútbol la cuentan mil detalles. Fue admirador de Paolo Maldini, de Roberto Baggio, gritó goles de Totó Schilacci -máximo anotador del Mundial de Italia-; elogió en público a Zidane y a Figo; se manifestó seguidor del brasileño Ronaldo. Posó a gusto vestido de Neymar y de Fabio Cannavaro. En el Mundial 2010, se quejó por la falta de tecnología aplicada a los arbitrajes. Dijo que soñó jugar en el Basel y sacarlo campeón de la Champions League. Jugó al fútbol-tenis en la Bombonera, con Juan Martín Del Potro y con Gabriel Batistuta. Conocer la cancha de Boca y comer un asado fueron las únicas dos condiciones que pidió para su última visita a Buenos Aires. Se abrazó con Diego Maradona, en el Abierto de Dubai de este año. Se hicieron bromas, se rieron, se expresaron elogios mutuos. Roger no le contó que en la final de 1990 había hinchado por Alemania. Y en plena fiebre por Messi, durante este 2013, expresó que alguna vez se sintió como el crack rosarino, capaz de que todo le saliera bien. Y comentó que entre sus anhelos de corto plazo está conocerlo personalmente al rosarino. En definitiva, sería el encuentro entre el Messi del tenis y el Federer del fútbol. O algo así.

 

Federer tuvo otros ídolos menos conocidos: los delanteros argentinos Julio Rossi y Christian Giménez, parte fundamental en el crecimiento del Basel en los primeros años de la década pasada. Roger gritaba sus goles. Llegó a participar en un par de prácticas: lo ponían de delantero, hizo un gol. En el verano de 2006, entrevistado por el diario Olé, Rossi contó una anécdota que retrataba al crack suizo y su corazón de fútbol: “Yo iba manejando y veo a un tipo con muletas, en la vereda, que me hace señas. ¡Era Roger! No lo había visto. Me gritó: ‘Julio, ¿cómo andás? Vamos con todo el próximo partido. Voy a ir a verlos. Ahora estoy lesionado, en Basilea, y tengo tiempo para ir’. Se había armado una enorme cola de al menos 15 autos atrás mío…” Federer era el único ajeno al plantel que tenía acceso al vestuario. “Pase Maestro”, le decían…

 

 

Clarín.com

En Twitter: @PlanetaRedondoW  

 

 
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