La Venganza del Ajo

 342 ajo nacionalJuan Arias


Brasil es uno de los países que hoy más se preocupa con el físico y la salud.
 Se multiplican los gimnasios, las idas a los laboratorios para análisis clínicas, y crecen los gastos de farmacia.

Al mismo tiempo, hay como una vuelta a ciertos remedios caseros “de toda la vida”, muchos de ellos heredados de la sabiduría natural indígena y africana.

Entre esos remedios naturales, está volviendo el interés por el consumo de ajo crudo que empieza a ser recomendado hasta por los médicos.

A pocos vegetales se les atribuyen, en efecto, desde hace más de 3.000 años, tantas propiedades terapéuticas como al ajo. Y sin embargo, ha sido al mismo tiempo el hermano pobre, despojado de la dignidad de otras plantas, por el fuerte olor que desprende.

Me dicen que el ajo estaría reconquistando su dignidad en el campo de la medicina moderna, gracias a nuevos descubrimientos sobre su efectos curativos, como remedio contra la hipertensión, anticancerígeno, aliado al buen colesterol, que impide el surgimiento del diabetes y como desinfectante intestinal. Y hasta un eficaz elemento para adelgazar sin dietas.

¿Será la venganza del ajo?

Al ajo se le aleja aún hoy como a un impertinente en las cenas de las noches de amor porque se le considera un intruso aguafiestas. Y sin embargo, en la literatura antigua, se le asocia fuertemente a los efectos afrodisiacos y hasta se mezclaba al esperma. Y aparece en los libros sagrados más antiguos. En la Biblia, los israelitas liberados de la esclavitud de Egipto, guiados por Moisés a la Tierra Prometida se revelaron porque preferían los ”ajos y cebollas” que habían dejado atrás al maná llovido del cielo.

Antes de entrar en la cocina, o contemporáneamente, el ajo era uno de las medicinas más poderosas de la antigüedad. Se lo usaba para todo: para curar las heridas de los soldados en el frente; para limpiar de parásitos el intestino después de beber agua contaminada, o contra la disentería. Sin saberlo, se le usaba como hoy los antibióticos y para retardar la vejez.

Aunque los médicos suelen ser reacios al descubrimiento de las medicinas naturales usadas antes del surgimiento de la medicina moderna, me aseguran que aquí en Brasil y sobretodo en China, existe un movimiento para reivindicar a ese hermano pobre del ajo con mas de cien elementos químicos en su composición.

En el Antiguo México se curaba a los enfermos con ajos y baños de sol y en la medicina china, el ajo campeaba como un rey. Aún hoy, China es la mayor exportadora de ajos del mundo y en los poemas de Confúcio (Shi Ching, libro de las canciones) se hace mención al desarrollo de la Gran China, “gracias a las propiedades del ajo”.

Hoy, la cadena gigante china, Panda Exprés, ofrece todo un menú a base de ajos.
Fue en Ásia donde empezó a descubrirse la fuerza curativa del ajo que nace en el antiguo Turkestan (entre China y Afganistán), desde donde viaja a China, India, Norte de Europa y a las márgenes del Mediterráneo. Y de Europa saltó al Nuevo Mundo.

Todos los grandes personajes de la Antigüedad como HomeroHerodotoAristótelesAtila o Alejandro Magno cantan las virtudes terapéuticas del ajo. Según una leyenda, el ajo sería el responsable de la primera huelga de la Historia promovida por los trabajadores de la Gran Pirámide de Egipto cuando dejaron de ofrecer ajos en la dieta de los esclavos.

Y aparece en toda la literatura, desde las Mil y una Noche hasta Shakespeare, en Sueño de una noche de verano.

Los resultados de la medicina egipcia en torno del ajo, depurados de formas mágicas, fueron recogidos por los griegos. Hipócrates, el médico más famoso de la antigüedad, que basó sus teorías en el empirismo de la observación de los hechos, recomienda el uso del ajo por sus cualidades medicinales. Y Plínio el Viejo, hace dos mil años, en su Historia Naturalis, indica varios usos terapéuticos a base de ajo, para el combate de enfermedades infecciosas

Y fue Luis Pasteur en 1858 quien individuó y definió la calidad antibiótica del ajo a la que hoy la medicina añade su función anticancerígena.

Alguno de mis lectores se preguntarán por qué he querido traer la reivindicación del ajo. Lo he hecho también como homenaje a mi amigo Salvador. Vive desde hace casi 40 años en las montañas de Visconde Mauá entre Río y São Paulo como una especie de eremita laico, en una casita de madera por él construida desde que, en su juventud, de repente, decidió dejar su trabajo como funcionario de banco para refugiarse en aquellas montañas renunciando a toda la modernidad.

En su pedazo de tierra, cultiva ajos y miel. Con lo que recaudaba de su venta a amigos sacaba al año 800 reales (unos 290 euros). Con aquello vivía. Ahora, que al jubilarse recibe del Estado un salario base, dice que no sabe qué hacer con tanto dinero. Se casó tres veces, tuvo hijos y ninguna de sus mujeres resistió aquella soledad en la que vive y que deja sólo para ir a de fiesta alguna vez con los amigos de la ciudad más cercana.

Es la persona más alegre y feliz que he conocido. Con él se puede hablar de todo. Ama la vida y cuando puede y se lo ofrecen se bebe unos vasos de vino. Eso sí, tiene que ser del  bueno.

Un día, conversando con él descubrimos que nunca, absolutamente nunca, en esos 40 años de soledad, había tenido la más pequeña molestia de salud ni lo había visitado un médico. Le preguntamos si sabía el remedio. Nos dijo que sí: un diento de ajo crudo por la mañana y otro por la noche.

Eso sí, sólo se fía de los que él cultiva. A veces los mezcla con la miel purísima de sus abejas, otro producto mítico que fue descubierto en las Pirámides de Egipto, con cinco mil años, cristalizado pero aún comestible.

O sea, ajo y miel hicieron llegar a mi amigo Salvador sano y salvo hasta su jubilación. Y ahí sigue haciéndose kilómetros cada día por senderos peligrosos y bañándose a 1.700 metros en las cascadas heladas que llegan desde las Agujas Negras.

A lo mejor, amigos, el ajo dejará un día de ser el hermano pobre para conseguir un título de nobleza no sólo en la sartén o en el horno sino también en la medicina. En este mundo loco, todo es ya posible.

 
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