El escándalo sexual que cambió la política británica

caso-profumoJ.M. BALLESTER ESQUIVIAS

 

Harold Macmillan, desgastado por los imprudentes amoríos protagonizados por su ministro de la Guerra, que en tiempos victorianos no hubiera dimitido por una mentira.

 

A las 11 de la mañana del 18 de octubre de 1963, hecho inusual, la Reina Isabel, acompañada de su secretario privado, sir Michael Adeane, llegaba al hospital londinense King Edward VII, en el que su primer ministro desde 1957, Harold Macmillan, se recuperaba de una operación de próstata. Menos de dos horas antes, este le había ofrecido su dimisión irrevocable. El achaque de salud era solo un pretexto: lo que de verdad había pasado factura a Macmillan era el caso Profumo, del nombre de su ministro de la Guerra hasta principios de junio.

 

John Profumo dimitió tras saberse que no dijo la verdad a la Cámara de los Comunes cuando negó haber mantenido relaciones con la scort girl Christine Keeler, que a su vez fue amante del capitán Yevgueni Ivanov, a la sazón agregado naval soviético en Londres. En plena Guerra Fría, siendo además Gran Bretaña uno de los baluartes del mundo libre –aunque ya no era potencia mundial–, el desenlace solo podía ser, en términos políticos, trágico. Y lo fue.

 

Daba igual que la investigación oficial, llevada a cabo por el prestigioso magistrado Lord Denning, concluyera que el ministro no puso en riesgo la seguridad del país por sus amoríos con la Keeler; entre otras cosas por que los encuentros sexuales entre ambos solo se celebraron en unas semanas en 1961, en un momento, además, en que Keeler había interrumpido su romance con el marino soviético. Más significativas aún fueron las circunstancias y el lugar en que se conocieron Profumo y Keeler.

 

Para pasar el fin de semana del 8 y 9 de julio de 1961 en su imponente palacio de Cliveden, situado a un centenar de kilómetros al norte de Londres, los vizcondes Astor invitaron al entonces presidente de Pakistán, el mariscal Ayub Khan, al almirante Mountbatten –que culminaba su carrera militar desempeñando el cargo de jefe del Estado Mayor de la Defensa–, a otras dos parejas de aristócratas, a unos empresarios, a unos decoradores de interior y, por supuesto, Profumo, una de las estrellas ascendentes del Partido Conservador. En suma: un cuadro bastante fidedigno de lo que era la élite política y social de la Gran Bretaña de la posguerra.

 

En esas mismas fechas, una de las casas pequeñas ubicadas dentro de la finca de Cliveden, fue alquilada –con derecho a usar la piscina principal, pegada al palacio– por Stephen Ward, un turbio osteópata bien relacionado con gente de lo más variopinto: con políticos, con los servicios secretos, con jóvenes bellezas y con figuras de los bajos fondos. Ese fin de semana invitó a Keeler.

 

No estaba previsto que ambos grupos –el de los Astor y el de Ward– coincidieran. Sin embargo, al terminar una de las cenas, Profumo y otro invitado abrieron la puerta que daba a la piscina y observaron a Keeler, desnuda, nadando unos largos.

 

La (mala) suerte estaba echada: el caso Profumo, mucho más allá del peligroso idilio, sirvió para arrojar luz –y lo hizo con creces– sobre lo que ocurría en las altas esferas de un país que vivía un momento político y económico dulce; pero que también estaba experimentando una profunda mutación política y sociológica.

 

Para entenderlo hay que remontarse a mediados de la década anterior. A 1955 para ser más precisos. En abril de ese año, Winston Churchill, octogenario, decide ceder el testigo a su eterno heredero, el ministro de Asuntos Exteriores Anthony Eden, un brillante diputado y diplomático pero carente del temperamento para ser primer ministro. 

 

Para acreditar su legitimidad, Eden convocó unas elecciones generales que ganó con holgura.
No obstante, al año siguiente, en el otoño de 1956, cometió el error más desafortunado de su dilatada trayectoria.

 

Empeñado en derrocar al dictador egipcio Gamal Abdel Nasser, que había nacionalizado el estratégico Canal de Suez –del que Gran Bretaña era la principal accionista–, se embarcó con Francia –que quería castigar al principal valedor de los independentistas argelinos– en una operación militar perfectamente planificada y ejecutada.

 

Pero ni un país ni el otro supieron calibrar la firme oposición de Estados Unidos y la Unión Soviética a la aventura. Desautorizados, Gran Bretaña y Francia, dieron marcha atrás. Eden acabó protagonizando, a principios de 1957, una de las más humillantes dimisiones de primeros ministros británicos que se recuerden. 

 

Pero quien padeció el trauma fue el país: Gran Bretaña realizó, de forma amarga, que su grandeza política ya era cosa del pasado. Por eso, cuando Macmillan le sucedió, pensó que la mejor forma de superar el trance, consistía en comprometer a Gran Bretaña por el camino de la modernidad. 

 

En concreto significó revolucionar la estrategia de defensa dotándose del arma atómica, acelerar la descolonización –“Los vientos de cambio que soplan por África”, palabras de Macmillan–, iniciar las negociaciones de adhesión a la Comunidad Europea y varios cambios económicos.

 

Pero la empresa tuvo corolarios inevitables que se volvieron contra Macmillan: la aparición del paro, la masificación del sistema educativo y, sobre todo, una opinión pública cada vez más exigente con sus políticos y una prensa cada vez más impertinente.

 

El caso Profumo conjugó todos estos factores: en tiempos victorianos, jamás un primer ministro hubiera dimitido por una mentira.  

 

Tomado de La Gaceta

 

 
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