METIDO EN UN TREMEDAL

GERARDO SEMPRÚN – 

La muy discutida y criticada gestión del presidente Maduro ha comenzado a moverse en el plano de la ambigüedad, al punto de que para entenderlo parece preferible guiarse por las declaraciones de los integrantes de su entorno.

 

El inefable Diosdado Cabello, especialista en amenazar a quienes disienten, en prometer castigos masivos y represiones sin causa, da una declaración más que extraña, preocupante.

 

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“La oposición no ha dejado gobernar al presidente Maduro”, dice.

 

Algo semejante no se hubieran atrevido él ni ninguno de sus compañeros a expresarlo del presidente Chávez, en los momentos más desacertados de su gobierno, que no fueron pocos.

 

Lo llamativo de esa declaración es que a juicio de su autor la disidencia es más fuerte que el gobierno puesto que puede paralizarlo, o es Maduro el incompetente, ya que no sabe defenderse de ella. Sea uno o lo otro, las equívocas palabras de Diosdado van directo contra Maduro. Por señales como esa es que la opinión pública los ha considerado rivales en la sucesión.

 

También entra en el reino de la ambigüedad la cadena de desaciertos retóricos del presidente Maduro, desde el misterio del ave parlante hasta la evanescente imagen del caudillo  apareciendo y desapareciendo en el fondo de una caverna, y ahora la lucha a muerte contra las redes sociales. Tal parece que el país no fuera una lava hirviente para tormento de todos los estamentos. Por lo demás, esa nueva campaña traduce la cruel contradicción que ha marcado el socialismo del siglo XXI prácticamente desde la semilla. Una democracia participativa en plan de aniquilar la forma más masiva y libre de participación democrática emanada de la prodigiosa revolución informática-comunicacional  

 

¿Pero qué es lo que hierve en el fondo de este caldero? Hay, se puede tocar, una espesa atmósfera de miedo. Miedo corrosivo, en expansión, sin destinatario claro. Por miedo, el presidente Maduro no se permite dialogar pese a que no habría camino mejor para afrontar varias de las cuestiones más apremiantes. Por miedo, sospecha de su propio partido, lo que lo induce a relegar a quienes suponga que no le son fieles. Por miedo, militariza el gobierno más que lo hacía Chávez, lo que ya es bastante decir. Por miedo se entrega a fantasmas danzantes del sincretismo religioso de los que espera auxilios milagrosos.

 

El miedo, en fin, no le permite encontrar salidas a una crisis que se agudiza o salir del tremedal para enfrentar, cuchillo en boca, tanto al radicalismo chavista como al fundamentalismo minoritario que comienza a despuntar en su otra acera.

 

* Como en ocasiones anteriores, esta semana cedemos nuestro espacio editorial a una columna de especial interés 

 
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