Y SE ROMPIÓ EL RELATO

Soledad Morillo Belloso

Soledad Morillo Belloso

Soledad Morillo Belloso
soledadmorillobelloso@gmail.com
@solmorillob

 

Andan muy preocupados por Miraflores. No es poca cosa lo que le ocurrió a su Majestad la Reina Cristina de Argentina. Le pasó lo que estaba escrito en su destino que le pasaría. Y aquí tiemblan. Saben que les va a suceder lo mismo.

 

Es como cuando los niñitos se enteran de la verdad. Una verdad hosca que destruye sus ilusiones. Que los regalos no los trae el Niño Jesús, o San Nicolás, o los Reyes Magos. Que son papá y mamá quienes ponen esos paquetes al pie del arbolito. Que el diente caído bajo la almohada no se lo lleva el ratón Pérez ni es él quien a cambio deja una monedita.  El día en que los niños se enteran de esas verdades, el relato en el que habían creído como dogma de fe se les rompe en mil pedazos. Y es irrecuperable. Nada en sus vidas vuelve a ser igual. Es ese el momento en que dejan atrás la infancia. Y se recuperan del trancazo emocional. Y se empinan sobre él. Y siguen adelante. Pero nunca más será igual.

 

Cristina daba por sentado que su magia duraría por siempre y aguantaría cualquier embate. Que ella podía hacer lo que le viniera en gana porque el relato sería como la tela de araña en la cual se balancearían sin riesgos uno, dos, tres, cuatro, miles de elefantes. Que ella la única propietaria de una chistera de la cual sacar conejos. Que su voz era la única capaz de seducir. Ah, los políticos terminan siendo víctimas de su propias pedanterías. Un domingo “todo se derrumbó”. El relato, la magia, el guion, el embeleso y las fantasías se volvieron añicos. Y Cristina comienza a convertirse en un espejismo. Los electores hablaron, en voz baja, pero tan claro que no hay cómo ignorarlos. Se rebelaron. Con votos. Y por mucho que haya discursos grandilocuentes que pretendan tapizar la verdad, ella, la realidad, se impone, con todo su peso. Otros tendrán que intentar rearmar el rompecabezas de piezas rotas que Cristina deja. Con otro relato. Ella será una página más en la historia de un país que lleva años coqueteando con la tragedia y que ha desperdiciado una y otra vez las mejores oportunidades. Pero allá abundan, como me decía un muy querido amigo porteño de pura cepa, los “sobrevivientes”. Y son esos los que construyen porvenir, no los que se rinden.

 

¿Similitudes con Venezuela? Muchas. A nuestro estilo. Tropical. Acalorado y sudoroso. Pero tan parecido todo… Con los mismos ayayayes y uyuyuyes. Allá se les murió Néstor y la heredera no supo heredar. Aquí también hay un finado. Y un heredero. Y un desastre. Y una corrupción asquerosa y nauseabunda. Y una persecución a quienes piensen distinto.  Y una infiltración del narcotráfico. Y una manía medieval de imponer criterios. Y una sistemática destrucción  de la economía y del aparato productivo. Y un despilfarro de los dineros públicos. Y una inflación que se traga todo esfuerzo de hacer rendir el dinero. Y una sarta de mentiras. Y una desilusión generalizada. Y una rabia creciente. Y unos jóvenes que sienten que en su país se oscureció el horizonte. Aquel domingo en Argentina el relato se hizo pedazos. Se fue por el barranco. La gente tarda, pero se despierta. Y muchos enchufados sienten que se quedaron como pajarito en grama.

 

Aquí el relato se está despellejando. Como una piel expuesta al sol durante horas sin el necesario protector. Y en Miraflores creen aún que con lecos heridos, y amenazas, y vituperios, e insolencias y un despliegue de campaña hecha a los realazos van a evitar el barranco.

 

En Argentina hubo elecciones de medio término. El pueblo habló con votos y fue elocuente. Y pintó un nuevo futuro. A saber si los políticos de allá sabrán leer el nuevo dibujo.

 

¿Será que el pueblo venezolano pintará un nuevo destino el 8 de diciembre o seguirá tragándose las mentiras del relato? Veremos y contaremos.

 

 

 

 
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