El ABC de Adonis Dáger – Dirigente Nacional de Copei

Tras cada fracaso había que volver, no existía otra opción”.

Tras cada fracaso había que volver, no existía otra opción”.

Me río cuando escucho “qué vamos a hacer sin radio, sin televisión, sin internet”. Comencé a los 14 años haciendo de correo clandestino. Sólo pensábamos en un país en libertad, cuenta la luchadora antiperezjimenista.

Macky Arenas

Pertenece a una estirpe forjada en la genética libanesa, de valientes luchadores y mujeres recias. Nació en la culta y llanerísima Zaraza. A  los 14 años de edad era correo clandestina entre los jefes de la resistencia contra Marcos Pérez Jiménez. Contribuyó a formar el FDP, partido fundado por su hermano Jorge. Lo siguió cuando luchaban por el triunfo de Rómulo Betancourt en los albores de la democracia y también cuando él decidió apoyar a Lorenzo Fernández en las elecciones de 1973. Milita en Copei desde entonces y dice que se muere copeyana. En el seno del socialcristianismo llegó a ser electa Secretaria Femenina Nacional, cargo que ejerció por varios años. Fue la primera Prefecta de municipio Chacao. Esto fue lo que nos dijo para los lectores de ABC de la Semana.

—  La gente habla de resistencia como si fuera algo cotidiano, sencillo de emprender… ¿cómo fue esa etapa?

—  Para hacer la resistencia a un sistema dictatorial, que censura, que obliga a callar y esconderse, que usa el terror de Estado bajo todas las formas posibles, se necesita tener un gran amor por la libertad, por la tierra, por nuestras familias y nuestros valores nacionales. A nosotros nos sostenía y nos impulsaba la convicción –que aprendí muy joven en medio de aquél horror- de que había que hacer lo que fuera necesario por lograr la libertad de mi país, sin importar el sacrificio que eso implicara.

—  ¿Cuál era tu tarea?

—  Comencé a los 14 años haciendo de correo clandestino entre el jefe de la resistencia, mi querido y admirado Leonardo Ruiz Pineda y los demás envueltos en aquella lucha. Ruiz Pineda era un hombre extremadamente valiente. Era un poeta que sentía un desmedido amor por Venezuela. Bajo su instrucción comencé a hacer cosas pequeñitas, como llevar mensajes de un lado a otro. Y es que así se construye una maquinaria para la resistencia, que cada uno haga tareas que parecen poco, pero si se hacen con valor y responsabilidad forman un engranaje para lograr grandes cosas.

—  ¿No era eso peligroso para mujeres tan jóvenes?

— No había más remedio. En aquella época no disponíamos de otras maneras para comunicar a gente que estaba escondida. Ni pensar en usar teléfonos, así que mi función era de mensajera. Casi unas niñas, éramos ideales para esa encomienda, delicada y riesgosa, claro, pero la ventaja era que la Seguridad Nacional no nos conocía y les resultaba imposible identificarnos. Andábamos libremente por toda Caracas, con cautela, pero no teníamos miedo. Hacíamos todo lo que nos mandaban.

—  ¿Y cómo se movían en ese territorio minado de esbirros a la caza de clandestinos?

—  Nosotros teníamos que ir de concha en concha –“concha” era el lugar que servía de escondite- comunicando a unos con otros. Si Ruíz Pineda, que estaba en La Florida quería, por ejemplo, enviarle una carta a mi hermano Jorge –para entonces Secretario Nacional de Propaganda de la Resistencia- quien se encontraba en El Cementerio, yo iba. Me decían: “Coge al menos 10 autobuses, recorres todo lo que puedas, hasta que finalmente llegues a tu objetivo”. Todo era para despistar. No podía permitir que sospecharan de mí y me siguieran. Yo hacía largos periplos, me iba de Catia hasta Petare, volvía, daba vueltas, me bajaba, caminaba por la calles y volvía a tomar buses hasta que llegaba donde Jorge con la carta. Recuerda que a todos los Dáger nos seguían, nos revisaban la casa. El régimen sabía en qué andaba mi hermano.

Época de limitaciones

—  Pero te casaste joven…

— Si, fue cuando Pérez Jiménez cerró la UCV. Me casé y me fui al exterior, pero me regresé y seguí en el trabajo por la Resistencia hasta el final. Ya no estaba Ruiz Pineda, lo había asesinado el 21 de Octubre de 1952 en una calle de San Agustín. Conseguí que mi familia, como tantas otras comprometidas con la lucha clandestina, habían tenido que llegar al extremo de cambiar el nombre a sus hijos y hacer que, por muy pequeños que fueran, internalizaran que no se llamaban como se llamaban hasta lograr que respondieran a otros nombres. Igual que los adultos, que todos tenían nombres diferentes a los verdaderos.

—  Habría muchas limitaciones para la vida diaria…

— Si usabas el teléfono había que tener claves. Decías que ibas a buscar el mercado y era que recibirías una instrucción. Mi hermano tenía un único instrumento para comunicarse, una máquina de escribir Olivetti. Por eso me río cuando escucho la queja de ahora: “¡Qué vamos a hacer sin televisión, sin radio, sin internet…!” No digo que no sean necesarios, pero nosotros pasamos la clandestinidad sin ellos y dimos al traste con el régimen resolviendo en medio de aquella precariedad. Nosotros nos comunicamos todo el tiempo, a pesar de las carencias y los riesgos. Tal vez sea eso lo que da la fuerza y agudiza la creatividad. Sólo teníamos máquinas Olivetti, sin mecanógrafos, porque ¡aquellos hombres escribían con dos dedos!

—  Y así hicieron el periódico “Resistencia”…

—  Así mismo fue. Y ese periódico llegaba al mismísimo escritorio de Pérez Jiménez. El dictador jamás pudo saber quién se lo ponía allí. ¡Y el que lo hacía era Miguel Moreno, su propio secretario! Nunca lo sospechó Pérez Jiménez. El periódico era de Acción Democrática y lo hacía Jorge Dáger, como responsable de Propaganda del CEN de AD en la clandestinidad.

—  ¿Cómo era la dinámica dentro los medios convencionales que funcionaban durante la dictadura?

—  La censura estaba dentro del periódico. No es que llamaban a dar instrucciones, ni se aparecían de vez en cuando, no: el censor vivía metido allí, no salía del diario chequeando qué se escribía, en que términos, qué títulos se colocaban. Esa situación de censura y desinformación hacía necesaria una publicación desde la clandestinidad. Por ello el periódico Resistencia. Y andaba por toda Venezuela, era un tiraje grande.

—  ¿Cómo hacían para conseguir los recursos?

—  Todo el mundo ayudaba. Me consta. Eso lo vi. La gente ayudaba con mucho dinero para hacer la resistencia. Miguel Moreno, como te digo, secretario de Pérez Jiménez, escondió adecos en su casa. Esa resistencia se hizo con corazón y, para no pronunciar la palabra, ¡con riñones!. Actualmente noto que la gente tiene miedo de todo, hasta de que la pongan presa. Comprendo que no es grato caer preso en un régimen con la Justicia secuestrada, sin tribunales que le den la razón a nadie sino al régimen. Pero los líderes hoy te dicen que no hagas esto o aquello porque te puede traer consecuencias. En la Resistencia había, naturalmente, la recomendación de las precauciones, pero ningún jefe jamás dijo eso. Nosotros, claro, sabíamos perfectamente que quien cayera en manos de la SN no la pasaría nada bien, pero eso no nos amilanaba, ni nos ponía a dudar acerca de hacer lo que teníamos que hacer. Para resistir de verdad, hacen falta más riñones y menos miedo.

—  ¿Qué pasaba cuando sobrevenía un revés, cómo enfrentaban el asesinato de los líderes?

—  Conservo escritos de mi hermano Jorge Dáger, cuando instruía sobre la reacción que debíamos tener ante esas circunstancias. Sufrió como todos pero nunca se deprimió. Si pasaba algo que afectara la moral del grupo, de inmediato se ponía a escribir a los compañeros para levantarles el ánimo. Hablo siempre de mi hermano pues fue con quien más contacto tuve y de quien oía muchas cosas. No sólo la desaparición de un líder afectaba, sino también las delaciones y los golpes como el fracaso de operaciones importantes para la causa y que costaba mucho trabajo montar. Sin duda hubo grandes frustraciones, planes que se descubrían y desvanecían sin lograr el objetivo. Ante una de esas circunstancias fallidas, Jorge pasó tres días encaramado en un árbol, allí en la Plaza Colón, con una emisora de radio clandestina de esas portátiles, cavilando sin saber qué hacer. Fueron tres días sin poder bajar de aquél  árbol, expuesto a que lo descubrieran. A Dios gracias, esos árboles eran muy frondosos y estuvo protegido.

—  Qué cantidad de sacrificios personales…

—  Allí no importaba comer, ni dormir. Lo más duro era pasar sin la familia, no había Navidades, ni cumpleaños, ni nada. Sólo se pensaba en un país en libertad, en un mundo abierto a la tranquilidad y a la felicidad. Ese era el motor que nos impulsaba. Jorge siempre repetía: “La victoria es la última, mientras tanto hay que soportar los fracasos hasta conseguirla”. Tras cada fracaso había que volver, no existía otra opción. Logramos convencer al pueblo venezolano de que no podíamos seguir en dictadura y tras mucho esfuerzo sostenido, conseguimos dar al traste con el régimen.

“Logramos convencer al pueblo venezolano de que no podíamos seguir en dictadura”

“Logramos convencer al pueblo venezolano de que no podíamos seguir en dictadura”

El papel de cada quien

—  El asesinato de Ruiz Pineda debió haber sido uno de esos momentos devastadores…

—  La desmoralización fue total. Completa. Fue un dolor inimaginable. Era nuestro gran jefe. Y esa coyuntura fue aprovechada por el régimen para hacer propaganda, mediática como diríamos ahora, asegurando que con ello se había destruido a la resistencia, que ya no existíamos, que no había relevo para el líder y que estábamos acabados.  Al contrario, la gente volvió con más fuerza. La indignación insufló el valor que hacía falta para continuar. Y sí hubo relevo, hubo gente que dio un paso al frente y ocupó su puesto porque él mismo había enseñado a otros a hacer la resistencia, a cómo seguir cuando él ya no estuviera. Allí surgió Eligio Anzola, siguió Jorge Dáger y los demás dirigentes, dieron un paso al frente los jóvenes como Américo Martín y Moisés Moleiro, que lo dieron todo por la libertad, aunque luego se fueron con el MIR.

—  ¿Hubo gente que dejó la lucha y marchó al exterior?

—  Alguna gente tuvo que salir del país pues en ciertas etapas la persecución fue terrorífica. Era guerra a muerte, extrema crueldad y ensañamiento.  Durante los años 52 y 53 muchos de quienes habían entrado clandestinamente al país tuvieron que salir, darse una pausa para distraer el régimen y que aflojara un poco. Pero regresaban, siempre regresaban. Entraban escondidos, por los caminos verdes y se reincorporaban al combate con más fuerza y más adeptos. Y es que mientras tanto, la dictadura perseguía más gente y todos ellos se volvían enemigos del gobierno. Eso iba alimentando los contingentes que se unían a la resistencia.

—  Gente muy diferente en pensamiento y filiación política estaba unida…

—  Porque hubo corazón, valor, riesgo compartido, fuerza moral y el anhelo de un país feliz. En esos momentos no se piensa en lo que separa sino en lo que une.

—  ¿El papel de las mujeres?

—  Extremadamente valientes. Demasiado, diría yo. Mujeres como Regina Gómez Peñalver, Isabel Carmona, Lucila Palacios, René Hartmann y montones desconocidas que dieron todo. Muchas de ellas sufrieron cárcel, torturas y toda clase de humillaciones por respaldar aquella lucha. Yo, que no era una ficha importante, sólo una muchacha joven que hacía un trabajo sencillo, sabía que era igualmente importante para el conjunto de la Resistencia. Entre quienes me acompañaban estaba, por ejemplo, Aura Ron, hermana de Maritza Ron, vilmente asesinada en la Plaza Altamira el año 2006, concuñadas de aquél poeta hermoso y valiente que fue Antonio Pinto Salinas, también asesinado por los esbirros de Pérez Jiménez. Una familia que siempre ha luchado por la libertad en Venezuela.

—  ¿Cómo fueron los tramos finales?

—  Había tenido lugar la famosa huelga estudiantil del 21 de noviembre. Eran días de mucha agitación. Fue todo el país que se alborotó, no solo quienes hacíamos resistencia, sino toda Venezuela. El régimen enloqueció y arremetió como para mostrar todo su poder represivo. Salían con autobuses por todo el país metiendo preso a quien consiguieran. Hasta a Rafael Caldera lo hicieron preso, al Dr. Oropeza, a todo el mundo. Pedro Estrada se había ido al exterior después, pero Pérez Jiménez aún estaba en el poder.

—  ¿Cómo viviste esos días?

—  Manifestando, alebrestando al pueblo, como todos los estudiantes. Frente a la SN –entonces ubicada en el actual hotel antes Hilton ahora Alba- llegué yo para unirme a otros jóvenes que venían a manifestar. Fueron llegando graneaditos, disimulando, hasta que fuimos un gran grupo. Atravesé mi camioneta en la calle y comencé a gritar contra el gobierno. Salieron los esbirros y me dieron tantos planazos que sufrí un aborto. No sabía que estaba embarazada. Me dejaron tan adolorida que no podía ni moverme. Me llevaron dentro de la SN. Nunca olvidaré aquellas escaleras internas, todas llenas de sangre, señal de que mucha gente herida había pasado por allí. No sabía qué harían conmigo, hasta que llegó un familiar y me rescató. Apenas pocos días después vimos volar “La Vaca Sagrada”, el avión que se llevaba a Pérez Jiménez fuera de Venezuela y de nuestras vidas. Todo valió la pena.

 

Artículos relacionados

Un Comentario;

  1. olga fernandez machin said:

    yo conozco a esta mujer, tengo el orgullo de que haya sido mi testigo de bodas, ella y su marido roberto, de quien fui secretaria, son personas trabajadoras, honestas y dignas del mayor respeto y consideración. juntos han formado una gran familia. mi más afectuoso y respetuoso saludo para esta mujer venezolana donde las haya, luchadora por venezuela y no una politiquera como hay muchas, esta es una verdadera luchadora. un gran saludo desde españa mi querida adonis.

Los Comentarios han sido cerrados.

Top