VIDA Y MUERTE

Américo Martín

Américo Martín

DESDE LA CIMA DEL ÁVILA  
Américo Martín
amermart@yahoo.com
@AmericoMartin 

 

Ha dicho Nicolás Maduro que sus medidas van más allá de lo electoral y en eso tiene mucha razón, siempre que aceptemos que también tienen un origen de esa índole. Traducen, pues, un anhelo electoral y cambian sustancialmente el panorama de la economía y de la política. Por desgracia, para mal.

 

No se trata de improvisaciones. A la luz de las operaciones desplegadas desde la atalaya presidencial, se iluminan varias otras decisiones que parecen engarzar en lo que llamaré la nueva estrategia. Revolucionaria, dirá la cúpula gubernamental; suicida, dirán las miles de víctimas que –estén o no conscientes de ello- quedarán en el terreno, como después de un desastre bélico o de una tormenta iluminada de huracanes. Es en conjunto una política destinada a prorrogar la vida del desalmado proceso que padece el país pero al mismo tiempo es un decreto de muerte. Vida o Muerte. Vida y Muerte. That´s the question.

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Las primeras señales comenzaron con la salida de Merentes. Una tímida racionalidad le había aconsejado insinuar flexibilidades y aperturas. Miraba con horror el deslizamiento hacia el barranco de la hiperinflación pero quiso combatirla favoreciendo la entrada de inversiones y por lo tanto acreciendo la producción, que en última instancia es la fórmula, la única inventada por el hombre para contener y revertir el fenómeno. Pero no es un camino fácil ni rápido. El gobierno se había hundido en su visión anacrónica. Cambiar eso por la vía insinuada por Merentes o convocar al diálogo nacional no caben en las cabezas bloqueadas del poder.

 

La otra señal fue el virtual duunvirato que ha nacido con la puesta de Rafael Ramírez en la más alta cumbre, al lado del mismo Maduro y con tanto o más poder real que él. Sus primeras declaraciones fueron de tono amenazante –estilo chavomadurista- y de contenido tajante. ”Decapitará” la inflación y profundizará el largamente fracasado y corrupto control de cambio. Y lo haría sin concesiones. Quería decir y lo dijo: más centralización, más burocracia y más discrecionalidad en la distribución de las divisas para importar y atender el servicio de la deuda. “Sobrarán los dólares”, mintió ufano. Eso es curar la anemia con sangrías.

 

Diosdado, pobre, perdió terreno. La insistencia del Ejecutivo en la Ley Habilitante lo demuestra. ¿Para qué ese instrumento si Cabello garantiza una mayoría dócil dispuesta a votar lo que se le ordene? He ahí la pregunta, Diosdado, ¿para qué?. Yo que tú me cuidaría.

 

Este viraje, si podemos llamarlo así, es mortal. La economía se encontraba ya en estado terminal. Los pronósticos de macrodevaluación, el sombrío peligro de un desabastecimiento crónico; insuperable –puntualicemos- por el camino de las importaciones, dado el agotamiento de las reservas líquidas del BCV y de los otros dos Fondos manejados a voluntad por el presidente. El riesgo-país es de los más altos del mundo y por lo tanto la posibilidad de endeudarse ad infinitum ha languidecido. Podemos ahora pensar en el peligro de hambrunas o algo parecido aunque suene exagerado.

 

maq-votacionLo que definitivamente no lo es, es la repetición de uno o más caracazos. Varios días de saqueos y la final intervención militar, todo con saldo de muertes, división y destrucción.

 

Hay dos crueles diferencias entre los saqueos que comenzamos a ver en estos días y el del 4 de febrero de 1989.

 

La primera es que aquella fue una explosión espontánea, mientras que éstos son actos planificados y estimulados abiertamente por el gobierno. Por supuesto, no son artificiales porque el pueblo está al borde de los estallidos, pero no tenían que haber reventado necesariamente antes del 8D. El malestar carbura a la vista de todos y la responsabilidad del régimen estaba en todas las bocas. Pero el detonante lo está disparando el gobierno, espantado como se encuentra por la posibilidad de una catastrófica derrota electoral, en fecha tan temprana como dentro de un mes.

 

La segunda es que el gobierno, Maduro, Ramírez, -¡qué se yo!- tienen, hasta ahora, el control. Los saqueos se combinan con cierre de comercios,  cárcel para pequeños empresarios, vigilancia militar de todos los precios (en una plétora infecta e imparable de cobro de porcentajes de tolerancia) y la ley que fijará un límite legal de las ganancias. Ese instrumento se dictará al amparo de una habilitante basada en la compra de un par de diputados inmorales en contraste con la orgullosa rebeldía de todos los demás.  Venezuela podría quedar reducida a la condición de erial improductivo, algo parecido a un campo de concentración.

 

¿Cómo es que Maduro y sus seguidores puedan desestimar el peligro de muerte que sus medidas acarrean como sombra siniestra contra nuestro desvalido país?

 

¿La ignoran o se trata de un riesgo calculado? Ganarán votos, probablemente, pero hundirán el barco. Riesgo mortal, es verdad, no obstante se colocaron en una negra disyuntiva: ruina y muerte o  pérdida de las elecciones que para los ahítos burócratas es peor que la muerte.

 

La muerte no siempre es inapelable. Está a la mano el instrumental totalitario. ¿Será posible encubrir la represión con el argumento de las conspiraciones, magnicidios e invasiones? ¿Se podrá silenciar más los medios, acallar a los formadores de opinión en calabozos y encubrirlo todo con el pobre alegato de la guerra económica?

 

Si es eso lo que han pensado habrá que admitir que el miedo suele armarse de coherencia retórica. Pero faltaría saber si las instituciones están dispuestas a aplastar a más de medio país solo para acompañar a una trepidante legión de incompetentes, sin pizca de humanidad.

 

 
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