CHILE: LA MAYORÍA POR LA MAYORÍA

Fernando Mires

Fernando Mires

Fernando Mires 
fernando.mires@uni-oldenburg.de 

 

 La política es siempre representación y la representación es -lo dice la palabra- una presentación sobrepuesta. Ningún político va a decir jamás, yo quiero ser elegido porque quisiera aumentar mis ingresos, o porque deseo el poder, o porque padezco de un serio complejo de inferioridad que necesito compensar con el aplauso público.

 

346 ChileEl problema entonces no es la desfiguración simbólica de la política, inherente a su representación, sino el grado de desfiguración que la política  puede soportar. Sin embargo,  un exceso de simbolización en la política puede ser tan nocivo como una ausencia simbolizante. En el caso argentino, por ejemplo, el ideal peronista comporta un altísimo grado de transfiguración simbólica. Única posibilidad para interpretar a tendencias tan diferentes e incluso contrapuestas cuya única propiedad común es el nombre: peronismo.

 

El caso opuesto al argentino es el chileno. En Chile, en las elecciones presidenciales del 17 de Noviembre los partidos políticos, por lo menos los de la Nueva Mayoría, se presentan unidos con un solo objetivo, y así lo dicen: alcanzar el poder para gobernar. Pocas veces la política ha mostrado de modo tan nítido una ausencia simbológica tan grande.

 

El mismo nombre Nueva Mayoría es delator. ¿Nueva Mayoría, para qué? En cualquier otro país, al título Nueva Mayoría sería agregado un término adicional. Por ejemplo, Nueva Mayoría para el Socialismo, o para la Revolución, o para la Libertad, o para el Progreso. Pero no, en Chile solo se llama Nueva Mayoría y nada más. Y efectivamente es así: ha sido formada una coalición de partidos de centro (DC) centro izquierda (PPD, PS) e izquierda (PC, IC, MAS) cuyo único objetivo es construir una mayoría política aplastante. Ahí no hay nada que simbolizar, representar, significar, transfigurar, ni sublimar. Se trata simplemente de formar una mayoría de gobierno y punto. 

 

El rostro de la Nueva Mayoría no puede ser más auténtico. Ese es en cierto modo el problema. La centro-izquierda chilena carece de capacidad de simbolización lo que en la política latinoamericana, no así en la europea, es casi un hecho inédito. ¿Estará convirtiéndose Chile en un país europeo?

 

Lo mismo ocurre con la candidata triunfal. Michelle Bachelet es sin duda una mujer auténtica. No disimula su extensión, no pavimenta su rostro, y todo lo que dice lo piensa. Jamás va a caer en un lenguaje insultante. Nunca pronunciará un discurso apoteósico ni se deslizará en aberraciones ideológicas, étnicas y religiosas, como hacen sus colegas del ALBA. Dice lo justo, y a veces ni siquiera eso. Bachelet domina, además, de modo casi perfecto la retórica del silencio. Durante muchos días no habla una sola palabra pública, hecho que desespera a sus adversarios y a veces hasta a sus propios simpatizantes. 

 

Bachelet es todo lo contrario a un caudillo populista. Algo no poco importante. Porque sin caudillo populista no hay populismo. Es solo una líder, vale decir, una dirigente. Nunca será una caudilla. Y sin embargo, sin Bachelet no habría Nueva Mayoría. Un verdadero fenómeno.

 

Bachelet representa antes que nada el consenso. Ella fue elegida para intermediar entre fracciones políticas las que sin su presencia se arrojarían hasta los platos por la cabeza. Su papel es conservar la paz en la mayoría para que siga siendo mayoría. En una agrupación política que no tiene símbolos, ella es el único símbolo. Desaparece Bachelet, desaparece la mayoría. Por lo mismo, quiera o no, ella está obligada a producir un efecto despolitizador. No extraña  por lo tanto que su campaña política haya sido realizada sin entusiasmo, sin alegría, sin pasión. Bachelet es el opio que adormece a su propio pueblo.

 

Lo dicho no quiere decir que el gobierno de Bachelet no tiene tareas por delante. Una de esas tareas es marcar un corte radical con ese pasado definido como “la transición”. En el hecho esa transición había terminado hace tiempo. Pero los chilenos se negaban a  dar  vuelta a la página. Ahora no habrá excusas. Los traumas deben ser definitivamente superados, entre otras razones porque hay una nueva generación política que no arrastra consigo los fardos de sus padres y abuelos. Reformas profundas en el sistema universitario, en el educacional y en el previsional serán insoslayables. La estructura de representación unicameral que ponga a tono el sistema político chileno con el que impera en casi todas las democracias del mundo, deberá ser llevada a cabo. La reforma constitucional a la que muchos llamarán Nueva Constitución, será un cambio simbólico importante. Y las reformas sociales serán ampliadas e institucionalizadas sin necesidad de cambiar lo que en Chile llaman “el modelo”, el cual ya no es el neo-liberal sino el de una economía social de mercado.

 

No obstante, subiste un problema. ¿Cómo dar un sentido a la política, uno que no sea el ideológico del pasado pero tampoco ese sentido puramente administrativo que parece ser la tónica de la combinación bacheletista? ¿Uno que vaya más allá de formar una mayoría para gobernar, una simple mayoría por la mayoría?

 

Hay quienes opinan que la política en Chile se ha vuelto una actividad terriblemente aburrida. Opinión que puede ser verificada por una encuesta dirigida por la socióloga chilena Marta Lagos. Según esa encuesta Chile es el país cuyos ciudadanos manifiestan menos interés por la política en toda América Latina. Un 17% sobre la base de una media de 28%. (El Mostrador.02.11.2013). Lo que no dice la encuesta es qué es lo que más interesa a los chilenos. No quiero ni pensarlo.

 

El aburrimiento en política podría ser visto como algo positivo si los chilenos tuvieran un gran interés por las artes, la religión, la literatura o la filosofía. Pero si el desinterés por la cosa pública se manifiesta solo en la reclusión en la vida privada, estaríamos hablando de una situación política potencialmente peligrosa. Fue Max Weber quien en su clásico “Política como Profesión” alertaba en los años veinte del pasado siglo sobre los efectos negativos del aburrimiento político. Para el gran sociólogo la política vive del espectáculo y no del letargo. Si la política pierde su capacidad de entusiasmar -agregaba Weber- todos los caminos se abrirán para que aparezca ese enemigo mortal de la política que es el demagogo. Y demagogos no faltan en Chile. Dos o tres de los nueve candidatos presidenciales merecen ese título. 

 

Cabe agregar que Weber escribió sus palabras sobre el aburrimiento en política antes de que Hitler hiciera su aparición en la escena de modo que sin saberlo formuló una profecía. Nadie dice que en Chile va a suceder algo parecido, pero no sería mala idea tomar en serio las palabras de Max Weber. Basta dar una mirada a aquellas naciones en donde la política no fue tomada en serio por sus propios políticos. Sudamérica está asolada por populismos altamente demagógicos que se dicen de “izquierda”, algunos, como en Venezuela, autocráticos y militaristas. En Europa el radicalismo de ultraderecha, o populismo derechista, aumenta y aumenta y ya comienzan a golpear las puertas de los gobiernos.

 

¿Despertará Chile de su letargo político? ¿Se movilizarán los estudiantes en contra de Bachelet como lo hicieron en contra de Piñera? ¿O se reunificará la derecha con la intención de arrebatar a Bachelet el centro político, el mismo que una vez perdiera la legendaria Unidad Popular? Nadie puede contestar todavía esas preguntas. Lo único cierto es que -para citar las palabras de un ducho político en la formidable serie televisiva danesa “Borgen”-: “Las últimas elecciones todavía no han tenido lugar”.

 

 

 
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