LA MUERTE DE UNA REVOLUCION

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GERARDO SEMPRÚN – 

 

“Así es cómo termina el mundo, no con un estruendo, sino con un gemido“. T.S. Elliot

¿Hay un culpable de la desquiciante inflación que nos abruma? Sí, lo hay: el gobierno del errático presidente Maduro. Con pocos meses en ejercicio del poder ha agravado el fenómeno en medida inimaginable. Tanto amigos como adversarios han sido sorprendidos por la magnitud de este mal convertido en flagelo por obra y gracia de una disparatada revolución.

Al cerrar 2013 la tasa inflacionaria maligna habrá trepado por sobre un 50%, colocándose en la más alta cumbre del universo, y, por cuarto año consecutivo, en el pico del continente. Es una epidemia crónica y efervescente. En este hemisferio solo otro país tendrá una inflación de dos dígitos: la Argentina kirchnerista, lo que ha enloquecido a los bravos sureños y ha condenado a la defunción política a Cristina, la fiel aliada bolivariana. Aun así, el incremento de precios argentino, de aproximadamente 27%, es apenas la mitad de la hazaña lograda por Maduro. Si aquella inflación ha desestabilizado a Argentina ¿qué podemos esperar que ocurra en estos pagos?

–   Sí, está bien dicen los escépticos, pero mientras haya petróleo tendremos Patria

Para empezar, la industria petrolera está de infarto y la paradoja quiere que la revolución socialista haya caído en manos del imperio, el cual avanza hacia su pleno abastecimiento energético mientras reduce a Venezuela a la condición de vasallo comercial. Si como le hacen creer a los angustiados militantes el imperio proyectara salir de Maduro no tendría que arriesgar un solo marine o un solo dólar, le bastaría minimizar su comercio exterior con Venezuela. La estridente revolución ha convertido en paisaje lunar la capacidad productiva agrícola e industrial de modo que el 90% de las divisas indispensables para pagar deuda y comprar incluso los alimentos que desertaron de aquí, proviene de exportaciones petroleras. ¡De la indulgencia de Barack dependes, muchacho!

Si algo le saldrá costoso a Maduro es su ignorancia de estos hechos. Quisiera sacar al país del hoyo donde lo ha sepultado prodigándose en desgarrados gritos, estólidas acusaciones, alardes inconstitucionales, arremetiendo contra los fantasmas que le impiden dormir, inventando metáforas tontas como “la trilogía del mal” y zarandajas parecidas. 

Tal vez su desconcierto lo haya inducido a arremeter a sable empuñado contra los precios. Una maliciosa exhibición militarista al son de ruidosas motos llamando al pueblo a la calle. ¿Y para qué hacerlo, señor? ¿Para saquearlo mejor?

Por temor a que lo dejen de lado, el presidente embiste contra los anaqueles, sin la grandeza del ingenioso hidalgo y los molinos que confundía con gigantes, o los rebaños, con ejércitos.

¡Suerte la del caudillo que ya no está! Al cabo de tanta saliva derramada no vivió para presenciar el capítulo final del irrisorio socialismo del siglo XXI.

Cuando ocurra, y mucho no faltará, dirán, parafraseando al gran poeta inglés, que terminó, no con un estruendo… sino con un gemido.

 

* Como en ocasiones anteriores, esta semana cedemos nuestro espacio editorial a una columna de especial interés 

 

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