MADUROS PARA EL CAMBIO

Américo Martín

Américo Martín

Desde la cima del Ávila
Américo Martín
amermart@yahoo.com
@AmericoMartin 

 

Más allá de ideologías administrar un país no es tarea fácil,  gobernarlo, menos. En el ejercicio del gobierno no solo se requiere la habilidad para administrar y cuando menos mediana formación política; se pide además que no pesen los apriorismos dogmáticos que encallejonan en calles ciegas a los gestores sin libertad de escogencia. Si esta última condición falta, el gobernante estará condenado al fracaso, ahora o más adelante, por muy bien que se desenvuelva en la cuerda del equilibrista.

 

19 Maduro Barco de PapelEn el caso venezolano de hoy y del presidente Maduro en especial, ciertos mandatos ideológicos determinan el naufragio de la sedicente revolución bolivariana y socialista siglo XXI. Paso revista a los más evidentes: 1) este presidente, al igual que el anterior, parte del polvoriento principio de la lucha de clases en su original versión de los siglos XIX y mediados del XX. Es decir, la que confiere carácter excluyente: tú o yo, burguesía o proletariado, guerra de estamentos y nunca acuerdo, diálogo o concertación, conflicto y no consenso 2) este gobierno no entiende las sutilezas del mercado bajo las versátiles maneras como terminaron aceptándolo incluso países formalmente comunistas como China y tentativamente Cuba, a raíz de los lineamientos económicos que hizo aprobar Raúl Castro en el VI Congreso del Partido Comunista (PCC). Por no saber navegar sobre sus olas a Maduro el mercado lo está pulverizando. No entiende la relación de semejante error con la ruina productiva en que se está hundiendo Venezuela 3) los primeros socialistas utópicos del siglo XIX y desde mucho antes concebían su modelo en términos de armonía, de paz, de acuerdo. El socialismo para ellos era la suprema expresión de la paz y del reencuentro entre humanos hasta ese momento enfrentados. La libertad no podía ser impuesta ni diseñarse como despojo de unos para asegurarla en los otros.

 

La libertad era indivisible. Para todos o para ninguno. Me adelanto a reconocer que esa idea del socialismo estaba rellena de ensoñación, de ilusión, de candidez y fue tal vez por eso que, con la emergencia de las corrientes anarquista de Bakunin y científica de Marx, se reintrodujera el contrabando de la libertad impuesta a la fuerza, el socialismo emanado de la guerra y la sangre y dirigido con mano de acero por un puñado de bárbaros endiosados. Esta perversión terminó a la larga convertida en otra utopía, sólo que más dolorosa para la Humanidad.

 

Esos dogmas resultaron un peso muerto para los cultores del socialismo revolucionario. No muchos y sin embargo no pocos de sus dirigentes fueron cultos y brillantes, aparte de adornarse con virtudes como la disposición al estudio, la capacidad de persuasión y el arte de la oratoria. El brillo de un Trotsky, un Lenin, un Bujarin, un Gramsci, un Tito, sin olvidar a Mao Zedong y Liu shao chi, o de escritores como Lefevbre, Garaudy, Mariátegui, Makarenko; nada de eso pudo evitar ni mejorar el destino de la causa comunista que estremeció el siglo XX. Al final se derrumbó el Muro y todas las versiones del socialismo revolucionario se hundieron irremediablemente o se transformaron –como China- en aquello que a sangre y fuego alguna vez combatieron.

 

Cuando Chávez y su entorno trataron de rearmar aquel muñeco deshecho no quisieron ni siquiera ver frontalmente lo que estaba por ocurrir en el trágico modelo cubano. Para calmar angustias decidieron olvidar la impresionante declaración pública de Fidel: “el modelo de Cuba no le sirve ni a los cubanos”.

 

De alguna manera, aunque con desconcertantes saltos acrobáticos, el caudillo fenecido se las ingenió para inventar contenidos de relleno de su promesa socialista. Pero la decadencia había comenzado bajo su ya largo predominio. A su muerte, Maduro no ha podido mantener la fe en la causa ni la esperanza de hacer de Venezuela la “potencia prometida”.

 

Al contrario, nuestro país yace en el fondo de un pantano con todas sus variables en estado crítico. Pero son demasiados los intereses que defender. Muchos los enriquecidos, los acostumbrados a groseros y grotescos privilegios, los que ya nunca más estarían dispuestos a volver al humilde pasado. Y sobre todo, confundidos por su propia retórica, se sienten amenazados. No imaginan lo que podría venir si la maltratada oposición asumiera el poder. Temen que la base chavo-madurista descubriera que en estado de libertad y pluralismo a todos les iría mejor, incluso a ellos.

 

Por eso inventaron la “guerra económica” que estarían librando el imperio y la derecha para conjurar la promesa revolucionaria. El ruido obsesivo de sus sistemáticas prédicas cumple el mismo papel que el orden cerrado en los ejércitos prusianos: el choque de tacones, la posición firme, las marchas con paso de ganso, el ¡firmes! ¡a discreción! ¡descansen! que son tan útiles para disciplinar las fuerzas armadas y elevar su necesaria eficacia combativa, constituyen el cemento de la humillación política cuando se aplican en el ámbito civil.

 

Maduro, con el agua al cuello, cantó lo que llama la “ofensiva económica”. Para mejorar sus puntos se ha puesto a decapitar precios, cerrar comercios, ahuyentar la inversión. Los barcos mercantes estacionados en nuestros puertos reviran hacia otros lugares.

 

Veo a un amigo recogido sobre sí mismo. Las manos crispadas le cubren la cara. Está sentado, diríase acurrucado. Su cuerpo tenso parece convulsionar. Hipos trémulos. Meacerco intrigado. ¿Llora? ¡No por Dios! Ríe y parece que del presidente.

 

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