MITO Y CONSPIRACIÓN

Lluís Bassets

Lluís Bassets

Lluís Bassets
lbassets@elpais.es
@lbassets 

 

Por falsas y delirantes que sean las teorías de conspiración, en todas late una verdad ingenua: no expresan la disconformidad con la versión que conocemos de los hechos, sino con los hechos mismos. Esto es lo que les sucede al 61% de los estadounidenses que todavía se niegan a creer que Lee H. Oswald fuera el asesino único y solitario que terminó con la vida de John F. Kennedy hace 50 años. Su desconfianza revela una incapacidad para aceptar que una mera trágica circunstancia accidental pudiera cambiar el curso de una presidencia percibida como un momento culminante del sueño americano. Para esta forma de razonar, hay que buscar una mano mucho más poderosa, una confabulación mafiosa, Fidel Castro y la Unión Soviética, la propia CIA, el vicepresidente Johnson, o incluso el complot de varios conspiradores para explicar la capacidad de torcer la historia de forma tan injusta.

 

Ha sucedido con casi todos los atentados, a los que solemos observar con ojos retroactivos, aplicando criterios e ideas del presente a la sociedad y a la atmósfera de la época. Para el ciudadano de hoy es directamente inexplicable la falta de protección y de seguridad de Kennedy en Dallas en su última jornada. También lo es la destrucción de pruebas y la impericia de la comisión de investigación. Aquellos acontecimientos trágicos quebraron el rumbo inercial de la historia hasta el punto de proyectar automáticamente la hipótesis de una historia distinta, contrafactual. ¿Cómo hubiera sido Estados Unidos y el mundo si Kennedy hubiera sobrevivido al atentado? La leña que echaremos a ese fuego alimentará todavía más la llama de la conspiración. Lyndon B. Johnson jamás hubiera sido presidente. La guerra de Vietnam habría terminado antes. También la guerra fría hubiera tomado otro curso. Todo contribuye desde la perspectiva posterior al asesinato a cargar aquellos hechos incomprensibles de sentido retrospectivo. 

 

Así es cómo la teoría de la conspiración enlaza incluso con su clasificación en el ranking presidencial, ejercicio compulsivo en el país de la competencia individual. El limitado balance que ofrecen los escasos mil días de Kennedy no es obstáculo para que el balance contrafactual sitúe al presidente asesinado en la cima, pero no exactamente de la historia sino en su frontera con la mitología.

 

Aunque los historiadores se ocupen de descrestar el mito, lo que pesa al final son las expectativas y los sueños incumplidos sin que hubiera tiempo para el desengaño, al contrario de lo que le ha sucedido a Obama. Cuanto más tiempo pase más sabremos todavía sobre los acontecimientos de aquel 22 de noviembre de 1963 sobre los que tanto sabemos ya, pero es difícil que un joven héroe, caído absurdamente antes de la decepción, pierda pie en el Olimpo donde se le venera como uno de los grandes mitos del siglo XX.

 

 

 

 
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