El padre ausente

Juan Guerrero

 

“Esta generación no necesita un padre”. Bertrand Russell

 

Uno de los traumas de la sociedad venezolana ha sido la marcada tendencia a vivir bajo la marca de un padre salvador. Desde aquella incipiente sociedad colonial que floreció al amparo de un rey que, como descendiente directo de dios, impuso a sangre y fuego la obediencia a los principios de un Estado despótico, autoritario y fanático. Trescientos años modelaron una práctica social que se transmitió de padre a hijos, teniendo siempre como paradigma la figura del monarca ausente, pero a la vez presente en todos los actos de la vida.

Romper con esa tradición fue la principal hazaña de los pensadores venezolanos del siglo XIX. El más osado fue, sin duda alguna, Juan Germán Roscio, quien, con su obra Triunfo de la libertad sobre el despotismo, publicado por vez primera en Filadelfia, en 1817, ofrece luces sobre una nueva manera de ordenamiento social donde la razón de Estado permita a los ciudadanos formarse en una sociedad libre y democrática.

Sin embargo, no fue suficiente el proceso emancipatorio para sustituir la imagen arquetípica del soberano como padre protector. Esto porque no hubo un proceso educativo que introdujera en la mentalidad del ciudadano, la idea de ser libre a partir de la sustitución del dios-rey por un Estado laico regido por hombres y mujeres que tuvieran en la Razón, el principio de la libertad que lleva a vivir en democracia.

De ese tiempo al presente hemos pasado por padres protectores, bien benefactores unos, bien autocráticos otros. Simón Bolívar, José Antonio Páez, Antonio Guzmán Blanco, Juan Vicente Gómez, Pérez Jiménez, han sido los presidentes más emblemáticos que han fungido como salvadores-protectores de la patria.

Creo que uno de los aportes del proceso de democratización del Estado venezolano fue la universalización de la educación laica y el voto a la mujer. Sin embargo, la imagen de ese padre salvador-protector nunca fue erradicado de la memoria colectiva. Logró mutar hacia un líder populista y demagogo que ofrecía bienestar y seguridad al venezolano que se iniciaba en la vida democrática en la era moderna de la Venezuela petrolera. Ese líder democrático escondía y continúa escondiendo, los rasgos básicos del salvador-protector que se cree eterno y que actúa por obra y gracia de un dios-rey devenido Pueblo (“vox populi vox dei”). Así hemos asistido a la experiencia de unos líderes, quienes impulsaron la Democracia representativa, iniciada con el llamado “Padre” de la democracia Rómulo Betancourt. De ese tiempo al actual hemos recorrido escasos 55 años en la memoria de una sociedad que tiene, históricamente, poco más de 500 años transitando un espacio de aldeas, caseríos y ciudades donde el ser venezolano ha ido reforzando la imagen de ese padre omnipresente.

Los tiempos actuales y por venir nos están orientando a una drástica ruptura, definitiva, con esa imagen y esa actitud. Los nuevos tiempos ya no pueden ser de líderes salvadores ni protectores, mucho menos demagogos. Es, por el contrario, la presencia de las comunidades, organizaciones, equipos de mujeres y hombres que, como un solo bloque, se expresan en partidos políticos, ONG’S, gremios, sindicatos, asociaciones, y acentúan lo colectivo como rasgo distintivo en el progreso social, y donde el líder es representante, voz común que proviene del grupo y a él se debe.

Ese dios, ese rey, ese salvador, ese protector y en definitiva, ese demagogo ya no nos sirven para transitar los nuevos caminos. Es impostergable una nueva actitud en la construcción de una ciudadanía donde lo colectivo esté presente como rasgo distintivo que, de manera organizada, delimite y controle la megalomanía de esos energúmenos fósiles llamados líderes y padres salvadores de la patria.

 

 

 

 
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