El deber de la traición

 350 Von StauffenbergKIKO MÉNDEZ-MONASTERIO

De ideas conservadoras, vio con buenos ojos la subida de Hitler al poder, pero sería uno de los primeros desengañados por su política.

  • Claus Graf Schenk von Stauffenberg nació en un castillo el 15 de noviembre de 1907, en Baviera, en el seno de una familia aristocrática y católica que remontaba el origen de su esplendor hasta el siglo XIII. Militar prestigioso, condecorado con la Cruz de Hierro de Primera Clase y mutilado de guerra, no pasó a la Historia por sus hazañas de combate, ni por sus versos, sino por ser el autor del atentado que más cerca estuvo de acabar con la vida de Adolf Hitler.

Cuentan que desde joven llamaba la atención por su extremada sensibilidad y su distinguido porte, capaz de contener sin contradicciones, en un solo cuerpo, a un artista y a un guerrero. Formaba parte del exclusivo círculo de Stefan George, el poeta de la revolución conservadora. A través de él, Stauffenberg tomaría contacto con esa sensibilidad reaccionaria surgida en la Alemania de entreguerras, la que traduce a Dostoyevsky y reniega del mundo moderno impuesto tras la Revolución de 1789.

Desarrolla su brillante carrera militar en el arma de caballería, por supuesto, que así se lo exigía su abolengo, y se cuenta una significativa anécdota de su paso por la academia, en la que había un veterano al que no le gustaba ver a los aspirantes con la cruz cristiana al cuello. Muchos se la quitaban o la escondían; Stauffenberg se negó, quizá como preludio de que en determinadas cuestiones no aceptaba jerarquías ni autoridades.

También dejó huella de su estilo en el día de su boda con la baronesa Nina von Lerchenfeld, a la que acudió con el casco de combate, en vez de con las refinadas galas que se acostumbraban. Dijo que lo hacía porque “el matrimonio es un acto de servicio”.  A Constanza, la más pequeña de sus cinco hijos, no la llegaría a conocer porque fue fusilado antes de su nacimiento.

Como la mayoría de los alemanes contempló con cierta ilusión el ascenso de Hitler al poder, aunque con más escepticismo que el resto de sus compatriotas. Lo que había en el nazismo de revolución plebeya incomodaba a su credo aristocrático. Aun así, cumplió como excelente soldado cuando llegó el momento: luchó en Francia, en Rusia, y en el norte de África. Gravemente herido en combate, se dejó en la batalla un ojo, la mano derecha y tres dedos de la izquierda. Por estas mutilaciones fue trasladado al Ejército de reserva en Berlín.

Ya desde antes contactaba con los descontentos del régimen, sobre todo en el ala conservadora del Ejército. Sus planteamientos y decisiones –que habrían de conseguirle la fama y de costarle la vida– no obedecen a un oportunismo político: Stauffenberg acaba considerando el golpe de Estado como un deber patriótico que se sobrepone a todos los juramentos de lealtad y disciplina.

Por cierto que utilizaba los argumentos de Juan de Mariana para justificar moralmente el tiranicidio. No se hace ilusiones, es consciente de que será considerado un traidor, pero a sus conclusiones católicas se le une su visión fatalista, romántica, y por eso está dispuesto a inmolarse en ese audaz golpe que estuvo a punto de triunfar.

El 20 de julio de 1944 Stauffenberg coloca un maletín cargado con una bomba a los pies de Hitler, durante una reunión del Estado Mayor.

El artefacto explotó, pero un cúmulo de casualidades salvaría al Führer, lo que neutralizaba el golpe de Estado. Stauffenberg fue fusilado al día siguiente. “Larga vida para la sagrada Alemania”, gritó ante el pelotón.

 Tomado de La Gaceta.es

Los hijos del pecado

En las horas posteriores al estallido de la bomba cundió el caos. Stauffenberg voló a Berlín y animó a los demás conspiradores, todavía indecisos. El Ejército de reserva ocupó algunos ministerios y se detuvo a varios jerarcas nazis, pero cuando le tocó el turno a Goebbels, el oficial encargado le permitió hacer una llamada que resultaría decisiva para cambiar el curso de los acontecimientos. El ministro de Propaganda consiguió contactar con Hitler. El golpe había fracasado. Todos los miembros del clan Stauffenberg fueron arrestados. Su mujer –embarazada– y sus cuatro hijos serían trasladados a diferentes cárceles. En los meses finales de la guerra se dio la orden de su ejecución, pero el avance aliado les liberó a tiempo. Su hijo mayor, Berthold, llegaría a ser general en el Ejército de la RFA.

Los hijos de Goebbels no tendrían tanta suerte. A ellos nadie podría salvarlos porque fueron sus propios padres quienes se encargaron de asesinarlos. Hay diferentes versiones sobre el infanticidio, pero la más aceptada es que Magda Goebbels les dio una bebida de cacao con somníferos, y que ya dormidos un médico se encargó de envenenarlos. Sus restos fueron enterrados en el cuartel general de la KGB en Berlín, hasta que Yuri Andropov dio orden de incinerarlos..

 
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