Esas odiosas comparaciones…

Peter Albers

Peter Albers

Peter Albers
peterkalbers@yahoo.com
@peterkalbers

 

Santiago de Chile, 1 de enero de 2014, 2:00 a. m. Regresamos al hotel luego de la cena para recibir el año nuevo. Las calles están solitarias, solamente el auto que conduce nuestro yerno chileno circula por la avenida, aproximándose a una esquina donde el semáforo cambia a color amarillo. Desde la mitad de la cuadra distinguimos a un hombre que, en aquella soledad, espera pacientemente su turno para atravesar la avenida. Llegados al cruce, ya la luz está en rojo para nosotros, y el hombre ya tiene luz verde para cruzar la calle. Mientras lo hace, detallamos sus facciones y vestidura: cabello entrecano, aproximadamente 50 años, traje oscuro, corbata. Ya llegando a la acera opuesta, una moto aparece, avanzando en la misma dirección del transeúnte y se le aproxima desde atrás. Acostumbrado a nuestro medio, me invade cierta inquietud, pensando en lo que puede ocurrirle al peatón, posible víctima del motorizado, quien lo alcanza y reduce la velocidad de su motocicleta para hacerle un gesto de saludo. El peatón le responde con el mismo gesto y creo adivinar que le dice algo. Tal vez “Feliz Año”. Ambos continúan su camino.

delincuencia-“En Venezuela -le comento a mi hija- ese hombre no hubiera pasado de ahí. Ya estuviera tendido en el suelo, golpeado o baleado, sin su reloj, su celular ni su billetera. Y posiblemente nosotros tampoco estuviéramos vivos, por haber sido testigos de lo que pasó”.

-“No, papá – me corrigió mi hija – en Venezuela, ese hombre no hubiera llegado a esta esquina. Estaría más atrás, tendido en el suelo, golpeado o baleado, sin su reloj, su celular ni su billetera, y nosotros ni nos hubiéramos enterado”.

Tenía razón. Ni nos hubiéramos enterado del atraco y asesinato. Es que el hombre no era, probablemente, un personaje célebre, familiar de algún alto funcionario de Gobierno, o artista de la televisión. Hubiera quedado en el anonimato, uno más en la estadística de muertos durante los días festivos publicada por la prensa en su sección de “Sucesos”; solamente llorado por sus familiares y amigos, indigno de que la policía investigue el crimen o se moleste siquiera en buscar a los criminales. Una víctima del montón, como muchos en Venezuela.

Los venezolanos ya estamos viviendo por pedacitos, nuestras esperanzas de vida en una cuerda floja a punto de reventarse. Los atracadores abundan, y actúan con absoluto descaro, en plena luz del día, y a la vista de numerosos testigos que solamente pueden seguir su vida preguntándose cuándo les tocará a ellos. Los secuestradores exigen rescates que los familiares no pueden pagar, obligándose a solicitar ayuda de familiares y vecinos, para dejar el dinero en un sitio apartado, donde lo aguarda, en un auto seguramente robado, un hombre que ni siquiera hace esfuerzos por ocultar su rostro, seguro de que la atemorizada familia nunca denunciará el delito. Vivimos en un país donde se roba y asesina impunemente a diario, más que nada porque no hay quien lo impida. Todo lo contrario.

Olvidaba decir que, por si al motorizado se le ocurría atracar al peatón, pudimos observar en nuestro transitar por las calles de Santiago el 1 de enero a las 2 de la madrugada, a estratégicamente ubicadas patrullas de Carabineros. No estaban allí en prevención de atracos (¿para qué?) sino para detener a conductores sospechosos de ebriedad.

Pero por si acaso…

 

 

 

Artículos relacionados

Top