La dignidad y la trinchera

 

MIGUEL E. WEIL DI.

MIGUEL E. WEIL DI.

Miguel E. Weil Di Miele 
@weilmiguel

 

“En las trincheras mueren los arquetipos de todo lo bueno que es, o que podría ser, nuestra sociedad”

 

La ola de artículos, comentarios, tuits y demás manifestaciones de todo tipo contra la inseguridad y la violencia que azotan al país, eran de esperarse luego del trágico crimen que acabó con la vida de esas dos personas que como dijo Boris Muñoz, “tenían un rango excepcional de personajes casi arquetípicos como formas del ‘sueño’ venezolano”.

Las reacciones han sido diversas: ira, tristeza, resignación, frustración, conciliación por el bien de todos, nostalgia, rechazo, miedo que lleva a la conclusión del escape como última alternativa, traducidas muchas de ellas en una noción de desarraigo y falta de pertenencia. Todas naturales conclusiones emotivas de un hecho que catapultó a esa violencia cotidiana y agobiante a la discusión pública, y lo hizo con sonoridad; un problema cuyo silencio se ha pretendido desde el poder, en la estupidez de tapar orejas, bocas y oídos, como si aquello nos protegiera de las balas.

Sin embargo, la emotividad no es el porqué de ese sentimiento de desarraigo y de falta de pertenencia. No se trata una casualidad temporal. Tampoco es la violencia su única causa. Desde el Gobierno se ha pretendido generar esa idea de ruptura y división, que paulatinamente ha conseguido alterar y desmembrar lo que fue -o debió ser- el gran logro de nuestra historia contemporánea: la convivencia democrática. La idea subyacente, esa contra la que el régimen ha desatado demonios que creíamos sepultados con el derrocamiento de Pérez Jiménez, es la de “dignidad”.

La dignidad entendida como nuestra posición en la sociedad, como el fundamento de esa reputación que nos confiere el título a ser tratados como iguales en las operaciones más ordinarias de la sociedad. Nuestra dignidad es el soporte, en lo que nos apoyamos, para vivir nuestras vidas, llevar nuestros negocios y criar a nuestras familias. Ser parte de algo que nos permite vivir en paz y que se destruye cuando desde la influencia del poder apoyado por la mitad más uno, se execra al disidente, calificado arbitrariamente como burgués, escuálido o apátrida, que no es pueblo, porque el pueblo no somos todos, sino solo aquellos que decidieron pertenecer a un proceso político que nos niega, como decidió negar, por ejemplo, la historia colonial y posterior a la independencia.

En esa maquinación, la autoridad elige lo que es venezolano y lo que no, y la historia salta del descubrimiento de América a la independencia, y de la independencia al 4F, porque el resto no configura lo que somos, todos, un pueblo único, venezolano, y no dos pedazos que se refieren al otro como “esa gente”. Y en la división caemos todos, los nosotros y los ellos, porque somos unos y otros, y en esa noción de lucha constante no hay debate político posible. La lucha es la premisa, y la lucha es violencia, que arrastra consigo lo más sensible de la vida, expulsando a todas las víctimas, sin que quede muy claro nunca, el victimario, en una sociedad que se niega a sí misma cuando niega la dignidad de una parte usando la distinción de ser o no bolivariano. Y si la autoridad puede decidir si unos valen y otros no, por qué no íbamos a poder decidirlo todos los demás. Y si es indigno, su vida no tiene valor, y meta usted plomo parejo, porque vale más el BlackBerry o el carro o lo que sea, desatándose esta tolvanera que arrasa con nuestra propia existencia en el beneficio único de aquellos que gozan detrás de las trincheras, en las que muchos decidimos – y cada vez más – no estar.

Porque es imposible criar allí a una familia y vivir la vida. Porque entre trincheras no se puede hablar. Porque en las trincheras mueren los arquetipos de todo lo bueno que es, o que podría ser, nuestra sociedad.

 

 

 

 

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