PUEBLO DE HAMPONES

Rubén de Mayo

Rubén de Mayo

Rubén De Mayo
@rubdariote
rub_dario2002@yahoo.es

 

Dramática es la situación que vive nuestro país producto del hampa. Es una verdadera guerra civil que lleva a la tumba fría a más de 20.000 venezolanos al año. Y ninguna política o plan para combatir la delincuencia ha logrado, al menos, reducir la tasa de homicidios. Que atraquen, que roben, dice el venezolano de a pie, ¡pero que no nos maten! 

El Gobierno (o el Estado, para la elite chavista es lo mismo) reclama que no se politice el problema, pero la verdad es que desde la alta política oficialista se auspicia y fomenta el delito desde varios frentes. El primero de ellos es el sistema judicial, que responde a los dictámenes y presiones del Ejecutivo, no siendo un poder independiente y autónomo, dejándose sobornar y comprar para satisfacer a la clase política gobernante. El Gobierno, entonces, con sus enormes recursos es el principal corruptor del Poder Judicial venezolano, cuya principal característica, en consecuencia, es que es venal, comprable. Y ya corrompido este poder desde arriba, desde el propio Gobierno, lo más lógico y natural es que también acepte dinero de mafias y delincuentes para favorecerlos, con todo el trágico problema de nuestras cárceles y la figura omnipotente y odiosa del cacique o “pran” de la prisión. Ese es el modus vivendi de nuestro sistema judicial, que se mantiene de la compra de sentencias y veredictos.

06 Delincuentes HamponesEl otro gran frente que tiene el Gobierno es el de los “colectivos” (Chávez los llegó a llamar: “el brazo armado de la revolución”), que se desenvuelven en muchos escenarios sociales y sirven para muchas cosas, también para delinquir. En muchos barrios populares son los “colectivos”, que se autofinancian con el delito, quienes suplantan a la policía y fuerzas de seguridad, recibiendo dadivosamente por parte del Estado, para defender la revolución del imperialismo y de los opositores apátridas, armas y material de guerra, que los coloca en una situación de superioridad armamentística frente a la policía. A esto debemos agregar la presencia de las milicias, armadas por la revolución, fuentes de suministro armamentístico de algunas bandas de criminales, muchas de ellas surgidas de los propios “colectivos”, que actúan como verdaderos grupos paramilitares. 

En Venezuela la principal raíz de la delincuencia es el Estado, que no puede controlar al “monstruo” que él mismo ha creado, con un Poder Judicial corrompido por el propio Gobierno, incapaz de impartir justicia sino al que más influencia política o dinero tenga.

Sumémosle a esto la persistencia de la pobreza estructural; porque el Gobierno se llena la boca diciendo que se ha invertido una gran cantidad de dinero en programas sociales, y es verdad, pero esos programas (las “misiones”) no han resuelto el problema de fondo de la pobreza, no han minado sus raíces, que siguen intactas; basta que usted dirija la mirada a barrios caraqueños como Petare, Antímano o las barriadas de San Martín para observar cómo la pobreza y las viviendas miserables han proliferado. Las misiones han sido más efectivas como maquinaria electoral que conquista adhesiones y votos de las clases populares, que como planes efectivos para que los sectores más vulnerables salgan de cuajo de la pobreza. Es ahí, en esa pobreza estructural, que se comienza a fraguar el delincuente; de ahí es que salen las huestes que conformarán las filas de los “colectivos” criminales y las bandas armadas, que se nutren, a su vez, de las milicias, defensoras de la revolución.

La guinda de todo este pastel, la tenemos en una dulzona e idílica concepción del deber ser de las fuerzas represivas y policiales (más propia de Suiza y los países nórdicos). Ellas pretenden ser, según el romántico discurso de Soraya El Achkar, rectora de la Universidad de la Seguridad (UNES), lo único probo y honesto que hay en todo este sistema corrupto y pútrido, para tratar entre algodones, deferencias y amabilidades al hamponato y al malandraje revolucionario. 

Esta es la dramática situación que vivimos los venezolanos. Por eso desde el Gobierno, hipercríticos y sensibles que son, se acusa a la televisión y a los medios de la violencia y la delincuencia (no interesa hablar de toda esta situación antes descrita, hay que ocultarla manipulando), soslayando que en Holanda, Bélgica, Dinamarca (países bajos), Austria y Suiza no llegan, todos juntos, a 100 muertos por año producto de la delincuencia, y ven la misma televisión violenta que acá, aman a cultores del cine sangriento como Tarantino y Kitano, y consumen abundante alcohol y otros estimulantes en noches rumbosas y de juerga.

El pueblo de hampones está imponiendo su agenda; están armados hasta los dientes, los apoya el Estado y nosotros, lo que resta de país, desamparados e indefensos, temerosos de la calle, de la muerte que nos puede asaltar en cualquier esquina.

 

 

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