TESTIGOS DE OJOS PEQUEÑOS

350 niña llorandoEdgar López
elopez@el-nacional.com

 

Los casos de niños, niñas o adolescentes que presencian la muerte de sus padres quedan invisibilizados en los subregistros de la violencia y la impunidad que estremecen al país. El interés superior del niño resulta una falacia jurídica y el miedo obstaculiza la solidaridad. En el proceso, las familias se destrozan y los sobrevivientes afrontan el duelo con sus propios recursos, porque, en general, no reciben apoyo de las instituciones del Estado. Tres historias sobre hechos ocurridos en 2013 revelan la indefensión de los ciudadanos que se convirtieron en testigos y no aparecen en las estadísticas

“Voy a sacar 20 en todos los exámenes para irnos del país y que no nos maten”

A las 8:00 pm del 11 de noviembre del año pasado la familia tenía dos nuevos motivos para estar feliz: se mudarían de Nuevo Prado, en El Cementerio, a un apartamento más acogedor y seguro en Baruta, y el segundo hijo ­que había nacido 19 días atrás­ se reía en los brazos de la madre que lo protegía en los asientos traseros del vehículo. La niña de 7 años de edad jugaba con el teléfono celular de su papá. Todos iban juntos en la camioneta familiar. 

En un segundo les cambió la vida. Un grupo de motorizados vestidos de azul y negro los obligó a detenerse y, sin más, uno de ellos usó una escopeta para dispararle a la cara del hombre de 28 años de edad. Él trató de cubrirse con la mano, pero el impacto de la bala le llegó al rostro. Sus dedos volaron y cayeron encima de la niña que iba de copiloto.

“Mi sobrina abre la puerta y se lanza hacia una pendiente llena de monte. Trata de proteger al niño que sufre fractura de fémur con desplazamiento. El bebecito grita y grita desesperadamente.

La niña empieza a llamarnos por teléfono. Solo escuchamos los gritos de su mamá y el llanto de su hermanito”, cuenta la familiar que pidió no revelar su nombre y que admite que sus conocimientos como psicóloga no le alcanzan para afrontar la tragedia.

“¡Mataron a mi papá, mataron a mi papá! Y mi mamá y mi hermanito se van a morir. Ayúdennos. Estamos por el parquecito de Cumbres de Curumo”, pedía auxilio la muchachita.

Con la ayuda de desconocidos, la mujer de 26 años de edad y sus dos hijos llegaron a una clínica. Allí declaró que se había caído con el bebé, porque desde el primer momento estuvo convencida de que los agresores eran policías. El bebé ha sido intervenido quirúrgicamente dos veces y hasta la semana pasada estuvo enyesado desde el torso hasta los tobillos, con dermatitis y complicaciones digestivas. Los médicos que lo atienden presumen que la rigidez en la parte superior de su cuerpo se debe a una convulsión por el intenso dolor físico que sufrió y que le puede haber causado daños neurológicos irreversibles.

“Toda la familia se desmembró. El cadáver del esposo de mi sobrina lo encontraron en una escalinata del barrio Los Totumos, en El Cementerio. Su madre se encargó de enterrarlo y después necesitó una cura de sueño. Ni mi sobrina ni su hija pudieron despedirse de él y viven aterradas, porque aseguran que sus agresores fueron policías. Mi hermana, la madre de mi sobrina, quiso suicidarse porque ese día dijo que no podía quedarse con el bebé recién nacido y la culpa no la deja vivir. Todos estamos aterrados y no nos atrevemos a denunciar, ni siquiera a hablar con nadie del asunto”, indica la psicóloga.

La madre se mudó a casa de otra tía y trata de mantenerse firme para curar al niño que apenas tiene dos meses y medio de edad. Se cortó y tiño el pelo, también se lo cortó a la niña. Teme que los asesinos sepan quiénes son, dónde están y traten de hacerles más daño.

La niña, que quedó a cargo de la única miembro de la familia que considera que contar la historia puede contribuir a sensibilizar al país sobre la violencia extrema que nos afecta a todos, está en un nuevo colegio, hace tareas dirigidas y recibe atención psicológica.

“Pero ha sido muy difícil sanarla. Pasó una semana desconectada de la realidad. Lo primero que hace al levantarse es llamar por teléfono a su mamá para pedirle que no salga de la casa.

No soporta abordar un vehículo sin que la acompañe alguien de su confianza. No quiere jugar con muñecas. Dice que no va a casarse ni a tener hijos, porque no quiere que le pase lo que le pasó a su mamá. Todos los días llora y lo último que me dijo me destrozó el corazón: `Voy a sacar 20 en todos los exámenes, quiero pasar a segundo grado para irnos del país y que no nos maten”.

 

 

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