Besaré mi tierra venezolana

Yon Goicoechea

Yon Goicoechea

Yon Goicoechea
@yongoicoechea

 

Hay una relación entre mi carne y mi tierra, que permanecerá conmigo hasta el último aliento. Amo mi país como se ama a la familia, sin condiciones. Ese sentimiento ha crecido en el tiempo que llevo estudiando fuera. Desde lejos, Venezuela no me rodea sino que la llevo en mí. Camino con mis piernas de vasco desembarcado en La Guaira, veo con mis ojos negros de Guaiquerí y siento como aprendí en la Escuela Comunitaria, en San Antonio de los Altos. No sé y no quiero vivir de otra manera. Por eso me duele leer desgracias como la de Spear y su esposo, que me hacen sentir que la Venezuela que hay en los ojos de mi madre y de mi hijo, la de mi infancia, está desapareciendo.

Pese a que estoy convencido de que voy a volver, la semana pasada lo dudé. Mónica Spear nació un mes antes que yo y su niña (Dios la acompañe siempre) tiene la misma edad que mi hijo Joaquín. Su muerte me hizo sentir que no soy capaz de garantizar que a mis bebés no les pase lo que a Maya. Por eso, aunque volveré a pisar y a besar el suelo venezolano, lo haré con temor.

Y lo que más molesta es saber que, mientras el chavismo gobierne el país, nada cambiará. A la revolución le es más costoso combatir el crimen que evadirlo. Lo primero, implicaría profesionalizar la Fiscalía y el Poder Judicial, a expensas de la impunidad total de la que hoy goza el Ejecutivo. Obligaría a triplicar el presupuesto en seguridad, cuando ese gasto no genera votos inmediatos y fortalece a los gobernantes de oposición. Forzaría a acabar con el negocio que mantiene entretenida y contenta a la Fuerza Armada: el narcotráfico. Conllevaría desmantelar a los grupos de ultraizquierda, armados por Chávez para que fuesen su brazo paramilitar. En fin, para acabar con la violencia sería indispensable renunciar al discurso de resentimiento social que ha hecho rico a tanto político “comunista”. Ese mismo resentimiento social que sintió el hombre que mató a Spear y a Berry, ya no por dinero sino por venganza. Por odio.

Molesta, también, que buena parte de la oposición se preste al juego de un gobierno como ese. “Politics makes strange bedfellows” (la política produce extraños compañeros de cama). Ofende que tantos dirigentes, en lugar de acompañar la protesta convocada, hayan ido a sentársele en las piernas a Maduro ¿Acaso Capriles piensa que el chavismo tiene la menor intención de acabar con el hampa? ¿Qué hacía sentado en tercera fila, quien hace menos de un año nos dijo que era el presidente electo de Venezuela? ¿Se le olvidó que fueron los hombres de Maduro quienes mataron a más de 10 venezolanos que, a diferencia del candidato, salieron a la calle a defender su voto? Capriles sabe de sobra que su presencia en Miraflores no ayudará en nada a que haya seguridad en el país, fue simplemente porque tuvo miedo de quedar mal ante la opinión pública. Nuevamente, el marketing por delante de la política.

Pero aun de los cementerios nacen las flores. Las muertes de Spear y su esposo no fueron en vano. Al fin, la sociedad venezolana se conmocionó ante la violencia que nos depreda. Al fin lloramos al enterrar nuestros muertos, como gente con sangre en las venas. Al fin mostramos compasión (vivir la pasión con el otro). Por eso sé que mi Venezuela amada sigue allí, en el fondo de nuestra tragedia. Juro que voy a pisar su suelo, el único que tengo.

Pido por la felicidad de Maya y la de sus hijos. Ojalá su madre haya vuelto a la espuma de nuestro mar.

 

 

 

 

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