¿Precios Justos? ¡Mí!

Deyalitza Aray

Deyalitza Aray

Desde Puerto Cabello
Deyalitza Aray
@dearay66 

La semana pasada me tocó como a las miles de amas de casa hacer el mercado del mes. Esta vez decidí hacerlo en un conocido Supermercado local en las inmediaciones de La Belisa. Había pasado por allí cerca de las 6 de la mañana mientras me disponía llevar a Valencia a mi hijo a la universidad, y observé que en plena calle, en las afueras del establecimiento, se había formado una cola de no menos de 150 personas. Lógicamente me pregunte: ¿qué estarán vendiendo hoy? A mi regreso dos horas después, la cola ya acumulaba por lo menos 500 personas. Además, observé la llegada de un importante contingente militar por lo que decidí esperar para comprar con un poco de tranquilidad.

23 colas01Esa escena la vemos repetirse todos los días. La fila de durmientes callejeros comienza cada vez más temprano al correrse la voz de que se venderá leche, harina pan, papel tualé o cualquier otro producto, de tantos que han desaparecido de nuestros anaqueles, mientras llegan los guardias nacionales o policías que, en definitiva, repartirán los números y venderán la mercancía, sin saberse cuántos serán los beneficiarios de esa lotería indigna en que se ha convertido la adquisición de alimentos en mi Venezuela.

Así me ocurrió, siete horas después, cuando quise realizar el mercado y comprobé que la cola se había originado por la noticia de la llegada de Harina Pan, racionada  en razón de 6 kilos o paquetes por persona. Además, para mi desconsuelo, lejos de disminuir, la cola se había hecho mucho más densa.

Debo confesarles que mi frustración, convertida en indignación, fue entonces mucho mayor, no solo por el terrible espectáculo de ver a nuestra gente sometida a semejante operativo, sino también por observar que algunas personas hacen cola para luego revender el producto y poder subsistir. ¿Cuánto tiempo más soportaremos esta humillación?

Con honestidad no creo ni que la gente haga esas colas por pasividad, como no quisiera pensar que se trata de un maquiavélico plan diseñado para someternos como en Cuba, a costa de pasar hambre. Mucho menos pienso que se trata de guerra económica desatada por factores que buscan un alzamiento popular, o que la población se ha vuelto acaparadora en reacción a los miedos.

En ese contexto, se sanciona por decreto una ley de PRECIOS JUSTOS. ¿Cómo podemos hablar de precio justo cuando, para adquirir un bien de primera necesidad, la gente se ve obligada a dormir en la intemperie, calarse hasta doce horas de cola y, lo peor, a sabiendas de que cuando al fin llega a la punta bien te pueden decir “se acabó, ven mañana más temprano”? Eso precisamente le ocurrió el sábado pasado a una joven vecina del Barrio 23 de Enero, de nombre Isabel, que, luego de pararse a las 4 am e irse caminando hasta el supermercado, al final no alcanzó a comprar la leche para sus hijos.

Todo lo que relato no es más que el resultado de un modelo económico que evidentemente fracasó y, ya agotado, juega políticamente con el hambre, mientras factores de la nueva burguesía, en connivencia con algunas autoridades, hacen un negocio redondo importando alimentos, muchos de los cuales en los patios de los puertos se dejan podrir.

¿Precios justos? ¡Mí!

 
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