VENEZUELA HUÉRFANA

Antonio López Ortega

Antonio López Ortega

Antonio López Ortega
@ALopez_Ortega

 

Frente a la angustia de los jóvenes, los herederos de Chávez solo saben reprimir

 

En la década de los años sesenta, Venezuela creó dos hitos culturales: la casa editorial Monte Ávila y el Premio de Novela Rómulo Gallegos. El primero acogió a la diáspora intelectual que huía del franquismo y de los regímenes tiránicos del continente americano; el segundo marcaba un espacio para reconocer el valor de la ficción como mecanismo liberador de las sociedades. Pero estos gestos de afirmación cultural no eran azarosos; respondían más bien al entusiasmo de una democracia naciente, que en 1958, después de una década de costosa clandestinidad política, desechó al dictador militar Marcos Pérez Jiménez.

 

Entre los años cuarenta y cincuenta se estima que 500.000 españoles emigraron a Venezuela, por no contar a italianos y portugueses. Esas diásporas huían de lo que el poeta venezolano Eugenio Montejo ha llamado “las pestes del siglo XX”. A saber, el franquismo, el fascismo, el nazismo o el comunismo.

 

Esas oleadas de inmigrantes se hicieron venezolanas y sus hijos o nietos, entre otros, pueden estar ahora protestando en las calles de Caracas, Valencia o San Cristóbal. Venezuela ha sido fundamentalmente un país de acogida, de bienvenida, con la tradición de exilio más baja del continente, quizás porque el siglo XX, con sus contados paréntesis, fue el siglo de la conquista de la paz, como gustaba de decir al historiador Manuel Caballero.

 

Ese fulgor democrático de los años sesenta, vale recordarlo, no era la norma en América Latina, continente asediado con los personajes preferidos por la ficción que tramaban novelistas como García Márquez, Vargas Llosa, Fuentes o Roa Bastos, pero personajes que en la realidad creaban monstruos nada ficticios y sí muy reales a la hora de acabar con críticos u opositores. Nadie recuerda hoy que lo que se dio por llamar la doctrina Betancourt (en reconocimiento al presidente Rómulo Betancourt) se constituyó en el primer obstáculo para que regímenes como el de Cuba no entraran en la recién fundada OEA: una postura, por cierto, muy distinta a la que muestra una reciente foto tomada en La Habana, en la que 15 presidentes latinoamericanos sonríen a cámara sin emitir una sola palabra sobre derechos humanos en la isla. La política latinoamericana de hoy, qué duda cabe, es más amiga de los negocios que de los fundamentos éticos.

La gesta democrática venezolana duró al menos 40 años (1958-1998) y, si bien en las postrimerías el crecimiento de la deuda social y el auge de la corrupción gubernamental fueron cánceres letales, el precio que el país ha pagado por sus omisiones no daba como para recuperar las pestes que, según el historiador Ramón J. Velásquez, creíamos haber enterrado en el siglo XIX: militarismo, caudillismo y personalismo.

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La llegada de Chávez en 1999, que para muchos representaba un esfuerzo para saldar las cuentas de nuestra imperfecta democracia, para otros más conscientes significó la vuelta de todas nuestras pesadillas, precisamente las que siempre habían atentado contra nuestro sueño republicano. De militar golpista a exponente de la antipolítica, de personajillo parlanchín a hijo putativo del caimán barbudo, los muchos rostros que Chávez quiso tener se resumen a uno solo: la idea de que la redención social pasa por un absoluto control del poder. Y ese ha sido el pretexto que, aderezado con fusión de los poderes públicos, alta renta petrolera y fuerte manu militari, nos ha traído hasta hoy, cuando sus díscolos herederos se enfrentan a una revuelta social que, en definitiva, no logran entender.

 

En el testimonio de los estudiantes que hoy protestan en las calles de Venezuela prevalece una noción inconmovible: la idea de que el futuro no existe. No tendrán hospitales donde trabajar, puentes que construir, edificios que diseñar, casas donde vivir, viajes que hacer. Por eso es que las concentraciones y marchas, que se quieren pacíficas, a veces se vuelven rabiosas. Por eso es que una estudiante se impacienta y llora frente a otra mujer que es soldado de una barricada: “¿Es que no ves que ambas somos venezolanas?”, le increpa la sensible a la que se muestra indiferente.

 

Para estas reacciones humanas que van del dramatismo a la angustia, del grito a la impotencia, los herederos de Chávez no han tenido otra idea distinta que reprimir, reprimir a la juventud venezolana, quizás porque en estas circunstancias no pueden admitir la evidencia mayor, que es la absoluta incapacidad para resolver nada, pues conducen un Estado quebrado, forajido, lleno de deudas y acreedores, inmovilizado hasta en las decisiones más intrascendentes, que ellos mismos han desbancado.

 

Los jóvenes piden el futuro que los herederos de Chávez, enamorados de ideas muertas, les han quitado. Y los jóvenes saben que solo ellos, más los que se quieran sumar a sus proclamas, pueden luchar por sus aspiraciones. Están finalmente solos y bien lo saben. Son los huérfanos, los huérfanos de Venezuela, pues la paternidad pública los ha abandonado, el estamento militar los persigue y las “patrullas bolivarianas” (colectivos armados) les disparan todas las noches. Si este rostro de futuro nonato es capaz de inspirar un mínimo de reciprocidad por todo lo que Venezuela entregó al mundo en años no tan lejanos, estamos a tiempo de demostrárselo.

 

 

 

 
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