El nuevo desorden

José Ignacio Torreblanca

José Ignacio Torreblanca

José Ignacio Torreblanca
@jitorreblanca

 

En tan solo 20 días, la crisis de Crimea ha puesto patas arriba el orden europeo de 1975

 

En tan sólo 20 días, con la anexión de Crimea, Rusia ha puesto totalmente patas arriba el orden europeo, un orden que hundía sus cimientos en los acuerdos de Helsinki de 1975 sobre la inviolabilidad de las fronteras, en los acuerdos de 1990 bajo los cuales se fraguó la unificación alemana y en los acuerdos posteriores a 1991 entre Rusia y las repúblicas ex soviéticas, entre ellas Ucrania, por los cuales Moscú se comprometía a respetar su integridad territorial.

¿Y todo esos nuevos Estados que colorean el mapa político de Europa, se preguntarán? ¿No serían la prueba de que esos principios de integridad territorial no son tan válidos ni están tan vigentes como algunos quisieran hacernos creer? Que el camino para crear nuevos Estados en Europa no está bloqueado es un hecho empírico que no admite discusión. Desde 1989, Europa ha asistido al nacimiento de nada menos que 18 nuevos Estados: Armenia, Azerbaiyán, Bielorrusia, Bosnia-Herzegovina, Chequia, Croacia, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Georgia, Letonia, Lituania, Kosovo, Macedonia, Moldavia, Montenegro, Serbia y Ucrania.

Pero todos estos estados tienen en común un mismo hecho: la desintegración del Estado federal del que formaban parte o más concretamente, la desintegración de dos federaciones: la soviética y la yugoslava. En ambos casos, la desintegración no se produjo como consecuencia de la ocupación militar o derrota por parte de potencia extranjera alguna, ni tampoco debido a un proceso revolucionario-separatista instigado desde fuera. En ambos casos, son el centro, Belgrado y Moscú, quienes con sus acciones entierran el orden federal vigente.

Incluso en el polémico caso de la independencia de Kosovo, proclamada en 2008, que Rusia utiliza como falso precedente, EE UU, Naciones Unidas y la Unión Europea hicieron todo lo posible por mantener la integridad territorial de Serbia. Si la secesión hubiera sido el objetivo de la OTAN, la hubiera llevado a cabo el día después de terminar el conflicto en 1999. Si finalmente tuvo lugar en 2008 fue porque durante casi una década de negociaciones auspiciadas por la ONU Serbia se negó a garantizar a los kosovares el suficiente grado de autonomía. Además, siempre se dejó bien claro que Kosovo no debía anexionarse a Albania, lo que hubiera hecho más viable al pequeño estado kosovar, precisamente por no sentar un precedente ante la comunidad internacional.

Es por eso que se equivocan, mucho y gravemente, quienes minimizan lo ocurrido en Crimea con el argumento de que no se trata más que una secuela de lo sucedido en Kosovo. Porque no estamos ante un caso de escisión, sino de anexión. Una anexión, además por el procedimiento exprés, sin ni siquiera fingir molestarse en ir a Naciones Unidas, al Consejo de Europa o a la OSCE para construir el caso de una minoría en peligro. Zarpazo y se acabó. En esto, la anexión de Crimea sí que crea un precedente y nos lleva a preguntarnos, como en el Big Bang, si superada la fase de explosión de la Unión Soviética, estamos ya en el comienzo de la fase de reabsorción. ¿Respetará Putin la integridad territorial del resto de Ucrania? ¿Y de los demás? Si lo hace o no lo hace será por puro cálculo de intereses, no por respeto a ningún principio de derecho internacional. De ahí que la reacción de la Unión Europea sea crucial: desgraciadamente, por el momento, el mensaje contemporizador envía las señales equivocadas.

 

 

@ELPAÍS

 
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