Cortina de gas

Gustavo Linares Benzo

Gustavo Linares Benzo

Gustavo Linares Benzo
glinares@cjlegal.net 
@glinaresbenzo

 

Devaluación, aumento vertiginoso de los precios: inflación desbocada, más todavía

 

La represión del Gobierno ha alcanzado cotas no vistas desde los sesenta, con la diferencia de que entonces los reprimidos eran grupos armados con fusiles automáticos, autodeclarados combatientes y ejércitos de liberación. Los estudiantes de la UCV a duras penas consiguen una que otra piedra.

En paralelo el Tribunal Supremo de Justicia también sube varios niveles con sus últimas tecnologías penales e interpretativas, emitiendo condenas penales más rápido que Franco y removiendo diputados a una velocidad que hubiera sido la envidia de Stroessner. Tecnologías además muy selectivas, pues nada más se dirigen contra alcaldes y diputados de la oposición. Siguiendo la voz del TSJ, los demás tribunales dictan medidas contra estudiantes y manifestantes, en serie y como si fueran ametralladoras.

Mientras tanto, el 3 de abril cuando esto se escribe, todavía no ha sido publicada por el Banco Central la tasa de inflación de marzo. Se puede estar repitiendo el fenómeno de noviembre y diciembre, en que las presiones sobre los técnicos del ente emisor para que maquillaran las cifras retrasaron semanas las hasta entonces puntuales publicaciones. Porque en marzo tuvo lugar la devaluación oficial más grande de la historia de Venezuela, y quizás del mundo: de 6,30 a 52 bolívares por dólar. El Sicad 2 es otra prueba más de la catástrofe económica que dejó como legado el Gigante Eterno y que sus causahabientes no han hecho más que empeorar.

A esa devaluación, cuyos efectos sobre la inflación de los meses por venir no es fácil de calcular, porque es un misterio cuántos dólares Cencoex (Cadivi 2) y cuántos Sicad alimentarán la economía, se une el anuncio ya desembozado del ministro de Consumo Suntuario y Otros Lujos (antes de Alimentación) de que el precio oficial de los alimentos que se consigan sube galácticamente. Claro, como era de esperarse luego de lustros de persecución por el Indepabis, la Sundecop y ahora el Sundee, que no de chocolate, los comerciantes devuelven la mercancía con nuevo precio, no vayan a ir presos (total, si a un Alcalde es tan fácil condenarlo, qué le queda a un bodeguero).

El ministro de la Harina Precocida y Otros Caprichos anuncia también que pronto estarán listos los registros biométricos de los ciudadanos para que puedan comprar en los establecimientos bolivarianos (la cartilla de racionamiento del siglo XXI). Sería de interés público que los más grandes genios de la tecnología informática que asesoran al Gobierno, los cubanos como todos el mundo sabe, lograran también el registro biométrico de cada pote de aceite o de los jabones, para ver cómo los productos bolivarianos terminan en los buhoneros o especuladores, que los venden diez veces más caros. Como era de esperarse si el propio gobierno multiplica por diez el precio de los dólares de la patria.

Devaluación, aumento vertiginoso de los precios: inflación desbocada, más todavía. Tampoco se ha publicado al día de hoy el índice de escasez de marzo (¿lo seguirán publicando?), pero basta ver y contar las colas en los abastos para saber que “no hay” es el lema de la Venezuela de hoy. El ministro de Louis Vuitton espetó al pueblo venezolano que si se hace cola para el cine con más razón hay que hacerla para comprar alimentos. Se le olvida al ministro (tendrá lustros sin hacer cola en ninguna parte) que las colas de los cines, hasta en el estreno de Papita, Maní, Tostón, son mucho más cortas que en los automercados, para no decir más nada.

A todo este apocalipsis económico se añade el proyecto de aumentar la gasolina. Un gobierno cósmicamente inepto no podrá impedir que el reflejo inflacionario de esta medida, que tiene quince años de retraso, sea varias veces mayor que el que sería de esperarse. En realidad, el gobierno chavista está aplicando un ajuste brutal de la economía varios lustros después de que los economistas venezolanos sugirieran medidas necesarias y muchísimo menos traumáticas, retrasadas una y otra vez por la intelligentsia financiera bolivariana. Como vemos y aunque parezca increíble, el Fondo Monetario con sede en París es mucho más benévolo que el que nos gobierna, que tiene su sede en Pekín.

Ante este panorama el Gobierno tiene que hacer lo que mejor sabe: engañar y camuflar. Esto último lo está haciendo con la represión, entre otras cosas porque acabada la plata queda el plomo, tanto la violenta como la “institucional”. Una cortina de gas, mientras se nos sigue engañando con jingles y un poquito de comida.

 

 

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