EL JARDÍN

Rodolfo Izaguirre

 

Rodolfo Izaguirre
izaguirreblanco@gmail.com 

 

Para los simbolistas, el jardín ofrece la imagen de una naturaleza ordenada y sometida. Es el símbolo de la conciencia en oposición a la selva, que sería el de la inconsciencia. Estos simbolistas van más allá y consideran el jardín como la isla frente al océano. Mi casa está rodeada de un pequeño jardín que cuido con esmero porque apacigua al áspero animal que vive en mí y, de paso, reconforta al ángel que me protege de él. Ocuparme del jardín equivale a la dosis de Lexotanil que muchos de mis amigos se automedican y aprecian por su acción terapéutica eficaz que les calma la ansiedad, y la tensión psíquica.

 

Puesto que el régimen dictatorial me niega el derecho de estar informado imponiendo una abominable censura me entero, sin embargo, vía Madrid, Londres o Nueva York de lo trágicos sucesos venezolanos y los enfrentamientos de los estudiantes con la cubana brutalidad desatada por la cúpula militar.

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Después de sumarme a la multitudinaria manifestación de protesta regreso a casa y atiendo el jardín no para esconder la cabeza en él haciendo de avestruz en Caracas, sino para no reventar de furor contra Miraflores y la cúpula militar que están acabando con la salud del país. Riego mi jardín varias veces a la semana, observo cada planta, las cuido y alimento, pero desde el momento en que leí el bello libro de Juan Calzadilla titulado Diario para una poesía mínima, editorial Mandorla, Caracas, aprendí a ser menos fatuo y engreído y dejo que sean ellas, las plantas, las que organicen y decidan el diseño mismo del jardín porque lo que enseña el poeta es que “las plantas crecen de su cuenta./Nadie ve cómo ni en qué momento,/ su crecimiento es una acción pasada./ Al menor descuido tuyo, madura/ un tomate. Volteas, y abre la flor/ violeta del durazno./ Y crees que tu mirada contribuye/ a ese pequeño milagro./ ¡Cuán equivocado!/ Todo pasa sin que te enteres./ ¡Y tienes/ todavía el coraje de creerte dueño del jardín!”.

 

A veces son los testigos de Jehová los que tocan la puerta de la casa ofreciendo su palabra “orientadora” y la publicación de Atalaya. También los atiendo y trato de emplear una retórica similar a la que ellos sostienen en sus memorizados discursos. “¡Me reconforta que ustedes traigan hasta la puerta de mi casa la palabra orientadora!”. Y al constatar que soy un alma conquistada no se emplean demasiado a fondo conmigo y continúan su camino adoctrinador satisfechos al constatar que mora en mí un alma liberada del Maligno. ¡Una tarde me encontraron regando el jardín! Mostré la manguera y luego de mencionar lo de la palabra “orientadora” dije: “¿No creen ustedes que al hacer lo que estoy haciendo es como estar en perfecta comunión con… ¡Él!?”, y miré hacia el cielo limpio y azul de aquella tarde caraqueña. No acostumbrados a escuchar reflexiones tan sencillas, pero de tan enjundiosa apreciación teológica se marcharon dichosos aunque confundidos en su propio asombro.

 

El jardín de mi casa, desde luego, escucha cantos gregorianos, a Bach, a Mozart y a Schumann en rechazo a la vulgaridad del régimen y a las necias peroratas del dictador.

 

También conoce el poema de Calzadilla. De allí que, impertérrito, no solo me alivia la mirada y me conecta favorablemente con los ocasionales testigos de Jehová sino que continúa trazando su propio diseño oponiéndose con rebeldía a la docilidad que le asignan los simbolistas; ofreciendo, al mismo tiempo, sus beneficios terapéuticos contra el estrés y la ansiedad causados por el militarizado desorden impuesto por la dictadura cubano bolivariana.

 

 
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