APUNTES DE UN OPTIMISTA DEMENTE

Alonso Moleiro

Alonso Moleiro

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@amoleiro 

 

La decadencia del país puede palparse en cualquier parte. A los males tradicionales que padecen los venezolanos, 2014 ha traído como novedad una severa crisis económica, expresada en inflación y desabastecimiento, producto del proceder administrativo corrompido e irresponsable del actual gobierno. Gobierno que, como sabemos, no es otra cosa sino el mismo gobierno.

 

Es difícil que pase una semana sin que por alguna parte se cuele una noticia que fomente el desaliento y la crispación. Ni los dirigentes opositores que pretenden que sea ahora el chavismo el que los condecore por sus servicios a la nación podrían dejar de admitir que su propio fuero personal está invadido por los efectos de la feroz crisis social que rige la cotidianidad de todos.

 

maduro2_20186-L0x0Tomando en cuenta la marcha de la cosas y el momento que cursa este año, no parece descabellado figurarse que  en el mediano plazo podría estar en desarrollo algún planteamiento político de carácter consultivo en torno a la pertinencia de este modelo económico e institucional vigente en Venezuela.

 

Todos los sondeos de opinión de 2014 recogen datos que no hacen sino coincidir y estandarizarse. En Venezuela ha terminado el optimismo. Una clara recomposición de ánimos, expectativas y simpatías tiene lugar en este momento, sin ayuda de la televisión, con muy pocos mensajes orientadores que abonen en el causa del descontento, con un liderazgo que está impedido de emitir mensajes de calado nacional que fomenten un diagnóstico crítico de lo que sucede.

 

Más de la mitad del país responsabiliza directamente al gobierno, y a Nicolás Maduro en persona, como el responsable de la crisis. Una crisis que ni el más irracional defensor del chavismo podría dejar de sentir, aunque la disimule.  Más del 70 por ciento de los venezolanos está preocupado por su futuro y resiente una clara degradación de su ingreso y su calidad de vida.

 

crisis_diarios_Venezuela_Caracas_t670x470Prácticamente todos los argumentos que usa el oficialismo para justificarse ante lo que sucede son vistos con escepticismo y cautela. La guerra económica, el sabotaje, las maniobras del imperialismo: quienes consumen estas matrices son en este momento un minoría. Por mucho que los funcionarios del gobierno maniobren, y acosen a  periodistas y medios, y cercenen la circulación de la información, ya se habla de la corrupción del alto gobierno, del fraude de Cadivi, de la crisis cambiaria y de la clausura de la esperanza nacional.

 

Todavía más: por primera vez desde 1999, el liderazgo de la Oposición es apreciado y valorado positivamente por más de la mitad de los venezolanos. Henrique Capriles y Leopoldo López son en este momento claramente mucho mejor apreciados como dirigentes en los sondeos demoscópicos. El saldo de la relación agrado-desagrado supera con largueza a los dígitos que obtienen, en la acera contraria, Nicolás Maduro y Diosdado Cabello como dirigentes fundamentales del oficialismo.

 

La molienda de la crisis produce un enorme desgaste, pero al mismo tiempo va creando el tejido de lo que en unos meses podría ser la consolidación de una nueva y genuina voluntad nacional. Se ha comentado poco, pero no deja de ser, independientemente de los tecnicismos, una gran verdad: para poder superar el estancamiento y el actual estado de podredumbre, el sentimiento de cambio tiene que apropiarse de una determinante cantidad de ciudadanos, holgadamente superior, por ejemplo, al 50 por ciento de abril del año 2013.

 

Sobre esa realidad, que se puede avecinar, y que a lo mejor no demora tanto, porque que está en pleno proceso de cocción, será necesario hacer un planteamiento político que interprete el malestar, la indignación, el dolor que tiene la determinante mayoría de nuestros compatriotas respecto al estado actual de su país.

 

Una proposición que necesariamente debe tener un carácter consultivo, con una expresión electoral cuyos parámetros habrá que labrar en medio de la lucha que está planteada en la calle. Inserta en los dominios de la Constitución Nacional, con unos resultados a los cuales todos debamos atenernos, que le ofrezca al chavismo una existencia institucional digna y con todas las garantías si se atienen a lo que dispone la ley.

 

Con mucha frecuencia se escuchan en las calles expresiones amargas con una comprensible frustración. Un enorme pesimismo en torno a lo que pueda suceder en este país. Lo peor: cantos a la desesperanza aprendida, compuestos y con arreglos musicales.

 

Varias veces he tenido que mirarme al espejo para intentar cuestionar, cómo y por qué, en virtud de lo que recoge la opinión mayoritaria, sigo manteniendo una expectativa relativamente optimista en torno al desarrollo y desenlace de este proceso. Sin dejar de admitir los riesgos, e incluso ante la eventualidad de volver a fracasar.

 

Estoy convencido de que en Venezuela el juego sigue completamente abierto. Sobre todo por un motivo: el fogón de la crisis económica tiene unos elementos que, por sí solos, desactivan cualquier aproximación “emocional” a los liderazgos vitalicios y a las corrientes políticas con aproximaciones religiosas. La quiebra del modelo chavista está comprobada y se puede respirar fácilmente en la calle. Los grandes mitos culturales, las convenciones inconmovibles de las encuestas en torno a “la conexión emocional” del pueblo con el color rojo, se debilitan. Dejaron de ser mayoritarios. Los parámetros para medir esta realidad son otros, distintos a los de un año tan cercano como 2012.

 

Al mismo tiempo, en medio de las tormentas, hay que decir que la oposición ha completado un aceptable proceso de renovación y mejoría de sus instancias, si comparamos lo que existe hoy con lo que había hace 10 años. Es una fuerza respetada en el exterior, con líderes que el país reconoce y acepta.

 

En unos meses aquí pueden estar dadas las condiciones para poner a rodar la pelota en la calle. Un planteamiento político en calidad de propuesta en la cual sea escuchada la voz de la mayoría. Que salga a la escena en el mismo año en el cual están a la vista las estratégicas y medulares elecciones parlamentarias.

 

Tomado de @PRODAVINCI

 
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