La rebelión de las peluqueras

Roberto Giusti

Roberto Guisti

Roberto Giusti
rgiusti@eluniversal.com
@rgiustia 

 

La protesta sigue y brota hasta del último salón de belleza de este país

 

Que la gente proteste por la escasez de alimentos y medicinas no sólo es comprensible sino necesario porque si no lo hiciera estaríamos peor de lo que estamos. Al fin y al cabo se trata de productos esenciales sin los cuales no podríamos vivir o nuestra existencia se convertiría, como ya ocurre, en triste y resignada lucha por la sobrevivencia. Pero nadie se imagina, todavía, una cola para comprar seis latas de cerveza, una rebatiña de doñitas peleándose por un frasquito de acetona en el salón de belleza o una estampida de adolescentes por la llegada, a los desguarnecidos almacenes estatales, (la Proveeduría Comunal Kim Il Sung), de un lote de blue jeans chinos.

 

Transitamos una fase durante la cual, acuciados por la carencia de bienes vitales y en plena lucha por conseguirlos a cualquier costo, dejamos de lado cosas y hábitos prescindibles que hasta ahora eran parte de nuestra cotidianidad. Sólo que al pasar el tiempo comprendemos que la escasez no es algo pasajero, sino una realidad sólidamente instalada en las neveras vacías, cuya extensión y profundidad está modificando nuestra forma de vivir y nuestros derechos.

 

Pasamos, así, a la etapa de aceptación y aunque siempre pelearemos por un paquete de Harina Pan, haremos lo mismo por la cervecita desaparecida, por la acetona de la esposa para pintarse las uñas, por el libro recién publicado que ya no llega, por el viaje imposible a Europa, por un sano régimen alimenticio (“comerás lo que consigas, da las gracias y viva el colesterol”), por los brackets para el hijo, la pastilla para la jaqueca, las vitaminas, el último celular y el penúltimo iPad.

 

Pero esta conversión del ciudadano en prototipo del rebuscador genera incertidumbre y cambios en los hábitos de consumo. Espasmódico y caprichoso, el abastecimiento, en manos del Estado, no sólo crea un mercado negro manejado por mafias, sino que se convierte en ruleta rusa. Un día entras al supermercado tras un kilo de café pero te topas con un cargamento de leche líquida UHT, no importa si no es descremada, sobre el cual se arroja la gente con furia desatada. Ese cambio desecha la improvisación en la compra y ya no puedes enviar el niño al abasto por queso rallado porque no sabes si vendrá con el mandado hecho. Se impone, así, el perfil del comprador compulsivo en incesante búsqueda de lo que sea.

 

La historia cuenta cómo un país pobre puede serlo, aún más, bajo el “socialismo real”. Ahora Venezuela está probando cómo un país, con ingresos masivos de dólares, puede arruinarse en quince años. Ruina material porque la otra, la del espíritu, no han logrado imponerla y la protesta brota hasta del último salón de belleza de este país.

 

 

 

 
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