Colombia: ¿y nosotros cómo quedamos ahora?

Adolfo P. Salgueiro

Adolfo P. Salgueiro

Adolfo P. Salgueiro
apsalgueiro@cantv.net

 

No es de esperar que sea quien fuere el nuevo inquilino vaya a dejar de ser “el mejor amigo”

 

La elección presidencial colombiana ya tuvo lugar y -como se esperaba- la decisión final queda pospuesta hasta el 15 de junio. Por lo que se ve, en los comicios de ese país los resultados inesperados son su característica menos sorprendente. Sobre el particular se han hecho ponderados análisis para dar explicación al interrogante de cómo una candidatura que se perfilaba ganadora (Santos) terminó casi 5% por detrás de quien solo al final asomaba alguna posibilidad (Zuluaga) y como quien apenas mostraba preferencias de un dígito (Marta Lucía Ramírez) terminó alzándose con el 15,5% superando a Peñalosa que algunas semanas atrás figuraba como candidato a disputar la segunda vuelta. El único porcentaje dentro de los cálculos resultó el de la izquierda encarnada en Clara López que con otro 15% se convierte (junto con Ramírez) en las grandes electoras del torneo que se avecina. ¿Será que las encuestas no son un arma confiable o será que en Colombia no suelen ser muy acertadas?

Tampoco podemos dejar de mencionar el grado de bajeza y asquerosidad con que se manejaron los principales candidatos en las últimas semanas. Hay quienes piensan que los escándalos desatados al final de la campaña tuvieron consecuencias y quienes piensan que tales “menudencias” solo preocupan a los que siguen la política con detalle y no al pueblo en general que -igual que en todas partes- está preocupado por sus angustias diarias y más bien reacciona con escepticismo al sistema tal como lo demuestra el grado de abstención del orden del 60% que lo expresa con toda claridad. Quien ganó en primera vuelta fue pues la apatía y el rechazo.

Pero a nosotros los venezolanos lo que nos importa es “… ¿y cómo quedamos nosotros?”.

En primer lugar hay que entender que quien se siente en la Casa de Nariño será presidente de Colombia y como tal se deberá a los intereses de su país y no a la preservación y/o custodia de la democracia venezolana. En consecuencia no es de esperar que sea quien fuere el nuevo inquilino vaya a dejar de ser “el mejor amigo” de quien atienda el teléfono en Miraflores, fuere éste quien fuere. Colombia -a diferencia de Venezuela- tiene sólidas políticas de Estado en materia internacional que aun con posibles cambios de matiz o estilo serán mantenidas.

Cobrar el mono que aún se le debe a los exportadores colombianos desde que el Gigante se molestó en el 2010 es y debe seguir siendo su prioridad, restablecer el mercado exportador será otra, mejorar el clima para que las remesas familiares que desangran nuestras reservas mientras estabilizan a muchas familias colombianas será otra y por encima de todo será importante ver el acomodo que las FARC (y eventualmente el ELN) alcancen con Caracas después de lograrse un acuerdo de paz.

Por último -pero principalísimo- Colombia nunca ha perdido de vista su reclamo sobre áreas marinas y submarinas en el Golfo de Venezuela. Habrá que ver cómo y cuándo sacarán ese asunto a relucir y si para entonces existe aquí un jefe de Estado capaz de calzar los pantalones de Jaime Lusinchi cuando el incidente con la corbeta Caldas en 1987.

 

 

 

 
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