Llenar el vacío ex presidencial

Daniel Lansberg Rodríguez

Daniel Lansberg Rodríguez

 

Daniel Lansberg Rodríguez
@Dlansberg

 

Tras la muerte del Dr. Jaime Lusinchi la semana pasada, Venezuela tiene la distinción en realidad poco envidiable de ser el único país latinoamericano, y uno de los pocos a nivel mundial, que no tiene expresidentes vivos. Exceptuando a Velásquez, Cabello y Carmona, quienes ocuparon el cargo efímeramente y sin ser electos, todos los precursores de Nicolás Maduro, ya están enterrados. Este fenómeno, a mi parecer, representa un grave problema para los prospectos democráticos en este país.

 

En algunas partes el mundo, como por ejemplo Estados Unidos, los expresidentes no suelen opinar abiertamente sobre las políticas de sus sucesores. Esta tradición se ha cumplido con muy pocas excepciones desde la época de George Washington. Pero, en América Latina los expresidentes, son otra cosa. Mediante su experiencia, y su alta visibilidad, éstos cumplen una función más influyente, y les otorgan a la ciudadanía y a los demás políticos, cruciales contextos y perspectivas informadas respecto a la presidencia y las responsabilidades que conlleva el cargo en sí.

 

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En algunos casos, estos ilustres personajes les pueden prestar su legitimidad personal a las administraciones que les siguen, para fortalecer o guiar las políticas de sus sucesores. Como algunos ejemplos tenemos el de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, o, a su manera, Fidel Castro en Cuba. En otros casos, como el de Álvaro Uribe en Colombia, los ex presidentes se dedican a atacar el status quo, manteniendo un liderazgo claro sobre grupos opositores. En ambos casos se cumple una función importante.

 

 

Pero en Venezuela no existe nadie en el bando oficialista capaz de contextualizar las decisiones del régimen con la autoridad moral de haber cumplido un mandato presidencial, ni aconsejar de manera objetiva y experimentada sin buscar su propio bienestar ni preocuparse por su posición actual o futuras ambiciones. Mientras tanto, la oposición se encuentra liderada por ex candidatos relativamente jóvenes, dinámicos y con ojos claramente apuntados hacia el futuro, pero con poco ancla en el pasado frecuentemente peleándose entre sí con la esperanza de algún día llegar a Miraflores. Como vemos, el déficit ex presidencial es problemático, tanto para el gobierno como para la oposición.

 

Hasta cierto punto, el hecho de que Venezuela se encuentre ahora sin ningún expresidente vivo, exceptuando a Maduro, es consecuencia de una serie de factores muy particulares. Chávez, quien gobernó durante más de 14 años, murió joven, y los dos últimos gobiernos de la cuarta república fueron liderados por políticos particularmente añejos. Sin embargo, no me sorprendería que esta inusual situación se vaya volviendo más y más la norma en Latinoamérica. La predisposición del régimen venezolano a socavar instituciones independientes, y abandonar límites constitucionales sobre la duración de los mandatos presidenciales, se ha propagado como un virus a través de la región, y podría llegar a hacerse más común.

 

Esperemos que este no sea el caso, ya que mientras más generalizada se vuelva nuestra situación, por ahora “atípica” en la región, el liderazgo del continente no resultará en otra cosa, que en ciegos guiando a otros ciegos y de esa manera, mis queridos amigos, no se llega muy lejos.

 

 

 

 

 
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