JUEVES

Afirma del irlandés James Joyce en su aburrida novela “Ulises”, que a Robinson Crusoe lo debió haber enterrado Viernes, y que, viéndolo bien, cada viernes enterraba a un jueves. Un juego de palabras, como muchos en su tediosa obra, que siempre tienen un objeto: apuntar hacia algo que el lector debe descubrir. Por supuesto que la suposición del enterramiento de Crusoe tenía forzosamente que ser correcta, pues en la isla de Robinson, luego de la muerte de éste, no quedaba otro habitante que el aborigen a quien el muerto, en vida, había bautizado con el nombre del día en que se encontraron por primera vez.

 

Es lo inexorable de las cosas. A todo viernes lo precede un jueves que muere a las doce de la noche. Como la de las efímeras, una corta vida de 24 horas.

 

Quien se acerca a la candela se quema, el que provoca insistentemente a un matón termina, cuando menos, lleno de moretones, quien bebe en exceso se emborracha. Quien pierde el poder termina abandonado, olvidado; y él lo sabe: quienes ayer ansiaban una foto con una mano en su hombro, hoy rehúyen su encuentro como si fuera un apestado.  El gobernante que desoye al pueblo termina con éste dándole la espalda. Nada más ingrato que el amor de un pueblo regalado. Amor comprado.

 

¿Hasta cuándo durará este amor? ¿Ha disminuido? ¿Cuántos se han arrepentido hoy de su voto de ayer? ¿O son masoquistas que siguen al cebo como la consabida mula a la zanahoria?

 

Cada día se va afincando en uno la sensación de que quien manda no es el que se nos quiere hacer creer. Un funcionario de segunda, desacreditado y reconocidamente tramposo, hace acusaciones de primera: graves en todo sentido,  pero paradójicamente risibles, poco serias y peor sustentadas. Otro, ocupando cargos de un poder anuncia cambios y acciones de otro que no le corresponde, en un juego de teatro negro donde lo que parece flotar más bien se hunde, donde lo que parece firme se tambalea.

 

Mientras tanto, el que debe viajar no puede hacerlo, quien necesita una medicina para curar su mala salud siente que, por falta del remedio, la enfermedad empeora y hasta corre peligro de muerte; quien quiere saciar su sed no consigue agua, quien no quiere a su hijo desnutrido no consigue su alimento.

 

Los responsables de la escasez (o mejor dicho, ausencia) de medicinas responden que “la falla es puntual, y con nuestros amigos cubanos y chinos estamos resolviendo la situación”, olvidando que lo único que el régimen cubano nos ha resuelto ha sido librarnos de un déspota. Para igualmente caer en otro.

 

Ya es hora de un cambio, y en cualquier otro país, excepto Cuba, Vietnam del Norte y alguno más, ya ese cambio se habría producido. De una manera incruenta y constitucional. Es la lógica, pero el problema es que este país no es lógico. Flota sobre riquezas, y nuestros indicadores económicos son causa de alarma en unos (los acreedores) y risa en otros. (Aquellos a quienes ni les va ni le viene que estemos insolventes, que nos hayamos vuelto un país “maula”). Un país que arriesga quedar aislado del mundo, sin vuelos, sin correos, sin crédito. Y sin vergüenza.

 

Hoy es viernes y ya el jueves de ayer quedó enterrado y no pasó nada. Un jueves cualquiera: la ruina se acentúa, como todos los jueves; la deuda crece, como todos los jueves, el ridículo crece, como todos los jueves.

 

¿Cuándo llegará ese viernes?

 

 

 

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