Mundial Brasil 2014
Maracaná, el templo que ya no es templo

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SEBASTIÁN FEST / RÍO DE JANEIRO

Sumario:

Las sucesivas remodelaciones han reducido su aforo a menos de la mitad de los 200.000 que tenía cuando el «Maracanazo» de 1950

¿Es o no es? En la entrada dice «Estadio Periodista Mario Filho», el nombre oficial del Maracaná, así que no hay duda, debe tratarse del gran templo del fútbol brasileño. Sin embargo, el estadio en el que la Argentina de Lionel Messi iniciará hoy frente a Bosnia el sueño del tricampeonato está lejos de ser el mítico escenario que alimentó la pasión futbolera de generaciones en todo el mundo. «El Maracaná es otro estadio, perdió el espíritu, es otro tipo de gente incluso», se quejó un veterano hincha del Botafogo a las puertas del estadio. No es el único; la frase, con variantes, se escucha en boca de muchos en las poco atractivas calles de la degradada zona del norte de Río de Janeiro.

Es además un estadio curioso, porque no está ligado a un equipo en esa especie de pacto de sangre que se establece entre el Real Madrid y el Bernabéu, la Bombonera y Boca Juniors o el San Paolo y el Napoli. No, en el Maracaná juegan habitualmente el Botafogo, el Fluminense y el Flamengo. Sólo el Vasco da Gama, el otro de los cuatro grandes equipos cariocas, usa su estadio, salvo en partidos en los que se espera una gran asistencia de público.

Pero la pérdida de «alma» del Maracaná pasa por otro lado. Si en el 2-1 de Uruguay a Brasil de 1950 había 200.000 personas o más en aquel estadio redondo, hoy no se llega ni a 78.000. La «geral», ese anillo inferior en el que la gente seguía de pie el partido y que permitía el ingreso de los más pobres, ya no existe. Desde adentro, el Maracaná es un estadio pasteurizado que no se distingue de cualquier clásico escenario mundialista o europeo de los más modernos. No difiere mucho del Allianz Arena de Múnich, el Soccer City de Johannesburgo o el nuevo Wembley de Londres.

«Yo creo que perdió el alma, así como Wembley perdió el alma», dijo el respetado periodista brasileño Juca Kfouri. Está en el mismo lugar de siempre, y desde fuera es reconocible como el Maracaná, aunque una remodelación tras caerse una tribuna en 1992 (murieron tres personas) redujo drásticamente su capacidad. Se le cercenó un anillo, y el estadio siguió achicándose en una nueva modificación para los Juegos Panamericanos de Río 2007.

La última llegó con el Mundial de Brasil 2014. Los 330 millones de dólares que costó el «nuevo» Maracaná derivaron en un estadio que en su interior es mucho más cómodo, en el que los partidos se ven mejor sentándose en los asientos plásticos plegables de amarillo y azul. Repleto de salas VIP, el Maracaná ofrece en ciertos momentos un aire a shopping-center.

Nada que ver con lo que recuerda Marcos de Azambuja, un veterano diplomático brasileño que llegó a ser vicecanciller. «El Maracaná de aquellos días intimidaba, no por la característica arquitectónica, sino solamente por la idea humana, de la masa humana». Espectador del «Maracanazo» junto a su hermano, padre y abuelo, Azambuja demuestra que tiene todo bien fresco en la memoria: «No había espacio entre las personas, no había cómo salir ni entrar».

El último en marcar un gol allí en un partido del Mundial fue el uruguayo Alcides Ghiggia. Fue el 16 de julio de 1950, en el minuto 79. Sesenta y cuatro años después Messi, Higuaín y Misinovic tomaron el testigo, el 15 de junio de 2014, para volver a mover las redes antes que nadie en el regreso de la Copa del Mundo al templo que ya no es templo.

Tomado de ABC Deportes

 

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