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193-batalla-carabobo37124 de junio de 2014.

Con el crepitar de los cascos, regresan las cabalgaduras.

Todo se inició en un torneo nacional de coleo juvenil. Eran muchachos recios, todos, y al momento de la premiación, sentí en ellos reflejarse la estampa de los lanceros de Páez. Tanto, que los invité a revivir juntos la heroica gesta de Carabobo… y al año siguiente, sin importar edad, yo mismo los convoqué.

Primero llegaron 300 y, año a año, el número fue creciendo hasta llegar a 2.000. El entusiasmo fue creciendo y 5.400 vinieron a Caracas al final de la campaña del ‘98 para sellar, cabalgando a mi lado, un compromiso con el campo venezolano, con el caballo, símbolo de nuestra libertad, y con el espíritu de grandeza que inspiró nuestras gestas.

Un sábado de junio, poco antes de la fecha aniversario, comenzaban a llegar de todo el país. Cada quien se ocupaba de su cabalgadura en los extensos potreros de Taguanes, allí, en el estado Cojedes, en el sitio mismo en que pasó la noche en vela el Ejército Libertador.

Hombres y mujeres de a caballo, todos conocen su oficio. Cada quien se ocupa de lo suyo y, eso sí, cuando llega la acción, solo atienden a la voz recia y el pulso firme… nada de por favor.

Al caer la tarde, la gran fogata se enciende y en medio del alborozo, con arpa, cuatro y maracas llega nuestro ancestro musical.

La mayoría llevaba su carterita de aguardiente en la silla de montar. Eso me preocupaba… pero la experiencia triunfó. Fue en la segunda cabalgata. Tuvimos que atravesar un rio crecido con la camisa empapada y, cuando el frio ya penetraba los tuétanos, un trago de aguardiente se convirtió en bendición.  

En una punta del terreno había una gallera y entre los postes que le servían de columna colgaba yo mi hamaca. Sería la una de la mañana, cuando en el Caney cercano la fiesta continuaba. ¡Teniente! llamé a mi jefe de escolta, a su orden, mi general, respondió, siguiéndome la corriente. Vaya y recuérdele a los soldados que mañana se juega el destino de la patria. En seguida, mi general. Fue a cumplir la orden pero la música seguía. Al poco tiempo volvió. ¿Ud. ve al camisa rayada, mi General, ese que está cantando? Ese mismo apuntó a su caballo y me dijo: Mírelo, compañero, mírelo bien. ¡Mañana, ese es el que va a trabajar!

A las 5, la Diana del Ejército recorrería el campamento. La “batalla” iba a comenzar.

Antes de salir el sol partimos hacia el Cerro de Buena Vista desde donde Bolívar dirigiría la batalla…. De allí bajaríamos con Páez por la Pica de La Mona hasta sorprender por un costado al Valencey. Luego de derrotar imaginariamente a los Realistas, le rendiríamos tributo a Ferriar y al Negro Primero, antes de entrar al galope hasta el Arco de Triunfo… y luego a pie, allí mismo, hasta el Altar de la Patria.

Así conmemorábamos lo ocurrido hoy, hace 193 años, el 24 de junio de 1821, cuando en la Sabana de Carabobo, se selló la Independencia.

¿Volverán los cascos a crepitar?

 

 

 

 

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