VANIDAD EXISTENCIAL

Por Pinguinos

Son muchos los sentimientos que, bajo el signo de la frustración, han motivado una cierta animadversión hacia los políticos y los partidos políticos. Esa animadversión no es exactamente eso que muchos políticos y opinadores (“analistas”) suelen calificar -de manera muy sofista por cierto- como antipolítica. Con ese adjetivo -acaso anatema- esos sofistas buscan silenciar toda posibilidad de libre expresión de crítica y de insatisfacción hacia el estamento político, pero haciendo ver esa supuesta actitud antipolítica como una especie de patología antidemocrática e irresponsable. Sin embargo; es muy probable que la verdadera patología que impide que la política y el quehacer político brillen por todo lo noble y útil que puede llegar a ser, sea la vanidad existencial de muchos políticos y aprendices de políticos.

 

Por una parte, sería absurdo que alguien niegue que los partidos tradicionales se acostumbraron a dificultar el acceso a los mecanismos de participación social y política durante el último medio siglo. Y es por eso que se hizo apropiado el término “partidocracia”, como neologismo que quiere significar el desarrollo casi “canceroso” de la presencia de los partidos tradicionales en la vida del país; dominando al mismo tiempo, toda posibilidad de surgimiento de nuevas ideas y de nuevas formas de participación.

 

Asimismo se puede entender que el triunfo de Chávez desmontó, parcialmente, la estructura hegemónica de esas elites políticas tradicionales. Chávez fue lo suficientemente listo -pero sobre todo perverso- para entender que, para que los venezolanos que le eligieron no lo despidieran y le quitaran su encargo de vengador, necesitaba que esas elites siguieran “jugando extrainnings”. Si esa partidocracia mantenía su presencia y su hegemonía, aunque fuera de manera parcial o disminuida, su rol -acaso encargo- de vengador se mantendría vigente.

 

Por eso es pertinente repensar la vocación política, y que todos los que deseen trabajar por los intereses colectivos rectifiquen su intención; que hagan el esfuerzo por tener cada vez mayor rectitud de intención. Y para lograrlo, es ineludible comenzar por erradicar hasta el último resquicio de esa vanidad existencial por la que no son las personas ni sus problemas o necesidades lo que ocupa un lugar central, sino sus propias carreras políticas y sus partidos.

 

Esa mal llamada actitud antipolítica es, en realidad, un legítimo y justo desencanto, de los ciudadanos sencillos, por la desfiguración o perversión del quehacer político. Y para superar o vencer al régimen totalitario que hoy nos oprime, es urgente reivindicar el oficio del político; recuperar el sentido de lo más noble y útil del quehacer político, que no se logra de otro modo que vaciándose de sí mismos y llenándose de los demás.

 

* Como en ocasiones anteriores, esta semana cedemos nuestro espacio editorial a una columna de especial interés. 

 

 

 
Néstor Luis Álvarez M.Néstor Luis Álvarez M.

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