VENEZUELA ORWELLIANA

Leopoldo Lopez preso

 

“Si la libertad significa algo, será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír.” G. Orwell

 

En su reveladora novela “1984” -tan a cuento en estos días de sometimiento, de chusca y amañada justicia- George Orwell retaba a su tiempo al anticipar una torva sociedad ficticia, marcada por el totalitarismo y la represión, donde organizaciones como la “Policía del Pensamiento” (en limpia alusión a la Gestapo alemana o el NKVD ruso) cumplían el deber de procurar la mansa sumisión de híper-controlados ciudadanos. Aquellos sediciosos que se atreviesen a pensar en cosas tendientes al menoscabo de las consignas del Partido (“Guerra es Paz, Libertad es Esclavitud, Ignorancia es Fuerza”) o a cuestionar el fervor hacia el “Gran Hermano”, eran arrestados por “Crimen de Pensamiento”, el más grave de todos los que sancionaba el Gobierno-Partido. Telepantallas con micrófonos integrados asaltando cada rincón de la vida de los individuos, eran usadas para extirpar todo rastro de privacidad, y recordar que el Gran Hermano estaba en todas partes: eterno, omnipresente, vigilante.

 

Aun cuando se trata de una áspera descripción de la barbarie Stalinista, la novela de Orwell, tal como sugería Erich Fromm en 1961, se convirtió en “severa advertencia” sobre el mundo por venir.

 

Los métodos empleados por los gobiernos autoritarios de hoy lucen casi calcos modernos (a veces más sofisticadas, otras no tanto) de los mismos que preconizó la novela. Al final, la naturaleza invasiva y enemiga de libertades de tales regímenes, los lleva a convertirse en tristes ecos de una ficción cuya sola posibilidad antes nos aterrorizaba: pero la realidad, como siempre, resulta más devastadora.

 

1984-george-orwell-sourceAunque nos duela, aunque nos resulte ominoso y grotesco, toca admitir la obvia afinidad de esta Venezuela con esa apocalíptica Londres orwelliana que yace bajo la dominación del Partido, la dictadura de la neo-lengua y la persecución de la Policía del Pensamiento. Entre otros muchos enojosos ejemplos, (sin mencionar la inescrupulosa pesquisa de “evidencias” del presunto Magnicidio) descolla la reciente decisión del TSJ de juzgar a Leopoldo López por emisión de “mensajes subliminales”. Pese a la inexistencia de pruebas, pese a los resultados claros que investigaciones arrojan respecto a la responsabilidad de miembros del Sebin y de agentes policiales en la agresión contra manifestantes y el consecuente asesinato de dos personas, la jueza Adriana López insistió en imputar al dirigente de Voluntad Popular en grado de determinador de los daños del 12F (en supuesta “asociación” con los estudiantes Marco Coello y Christian Holdack, a quienes ni siquiera conocía) gracias a los análisis semánticos de tres discursos y algunos tweets. Según los expertos de la Fiscalía, los mensajes en cuestión ejercieron “una fuerte influencia no sólo en su manera de pensar, sino en las potenciales acciones de sus destinatarios”… un pasaje digno de Orwell, sin duda alguna.

 

Aparte de un estrafalario, retrógrado argumento que nos catapulta a los años del fallido efecto del taquistoscopio de Vicary o las iniciáticas teorías de Packard sobre la propaganda en los 50 (el casi total consenso entre psicólogos e investigadores desestima hoy el hecho de que los mensajes subliminales produzcan efectos poderosos ni duraderos en el comportamiento compulsivo, a menos que las personas se expongan a ellos de forma excesiva) lo más grave no es sólo el drama implícito en esta triste caricatura: sino la confirmación de que pensar libremente es hoy un pecado en Venezuela. ¿Y cómo pretender construir democracia sobre la base de la burda penalización de la opinión? ¿Cómo entender el castigo a quien se expresa en contra del status quo, o la abierta protección de quien es afín a él, y sobre esa validación del privilegio sentar bases de justicia “equitativa”? ¿Cómo no asombrarse ante el atropello descarado del derecho a pensar, por parte de quien pretende erigirse como promotor de diálogos? ¿Cómo admitir la subliminalidad del discurso y la manipulación del inconsciente como pruebas de instigación a la criminalidad, sin comprometer la libertad de expresión de líderes de opinión, comunicadores, humoristas o de cualquier otro individuo, ahora “potenciales sospechosos”? ¿Cómo no condenar tal arbitrariedad en lo que debería ser régimen de gestión del disenso, cuando se persigue no sólo por lo que se dice, sino por lo que no se dice?

 

Grave colofón al que nos conduce este panorama: si hablas, si te atreves a pensar distinto (y el Gran Hermano sabe lo que piensas) serás castigado. Suerte de víctimas de algún científico excéntrico que se solaza en manipular nuestra psiquis, sufrimos el absurdo de esta Venezuela orwelliana (¿acaso no tenemos en este caso un anticipo de lo que sería nuestra exótica versión local de la “Policía del Pensamiento”?). El juicio a López sienta así temibles precedentes; porque es, al fin y al cabo, un nuevo manotazo a nuestra ya tristemente desfigurada libertad de expresión.

 

 

 

 
Mibelis Acevedo DonísMibelis Acevedo Donís

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