Carabobo

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No es que sea uno masoquista, pero recorriendo los canales de la TV, no pude evitar pasar por los venezolanos, encadenados “a juro”, y ver lo que en ese momento retransmitían del desfile en el Campo de Carabobo. A veces, a uno le llama la atención algo que lo hace interrumpir momentáneamente la exploración de los canales, para observarlo con mayor detenimiento. Generalmente es algo que termina moviéndolo a uno a risa, pero esta vez fue la imagen del hermoso caballo blanco, que llevaba como jinete a un tipo disfrazado de Simón Bolívar. Acompañado por otros igualmente disfrazados de próceres de la Independencia, esos que lucharon, y hasta dieron su vida, por “liberarnos del yugo español”, como dice la estereotipada frase.

Tengo entendido, por la abundante iconografía y las referencias históricas, que El Libertador era más bien enjuto. En su fisonomía no asomaba rastro alguno de adiposidades en el abdomen, consumidas sus reservas de grasa en largas cabalgatas y la dura vida en campaña. En el tipo disfrazado de Bolívar, a pesar de su esfuerzo por “meter la barriga” se notaba un ligero abultamiento debajo de la roja casaca. Es que no es lo mismo la dura vida del soldado que lucha en los campos de batalla y recorre largas distancias a lomo de caballo para enfrentarse al enemigo, que el “dolce far niente” detrás de un escritorio y el desplazamiento en una lujosa camioneta, regalada por el estado, para sentarse frente a una botella de whisky de 18 años o para recolectar lo recaudado entre sus “protegidos”.

Mientras todo ese sainete ocurría, jóvenes y mayores realizaban caminatas de protesta en todo el país, reclamando justicia, seguridad, servicios eficientes, un mejor futuro. La mayoría de las marchas ocurrieron bajo la mirada tolerante de las fuerzas represoras, pero en Valencia, a pocos kilómetros de donde se escenificaba la ridícula “conmemoración”, otros miembros de las fuerzas policiales y armadas, esta vez no con vistosas casacas rojas, sino con chalecos antibalas chinos o rusos y potentes fusiles, además de las ya consabidas ristras de bombas lacrimógenas, hacían gala de su valentía, “honor” y vocación de servicio, reprimiendo con su arsenal a los pacíficos manifestantes.

Muy tristes estarán Bolívar y sus generales y lugartenientes; muy decepcionados estarán esos soldados en alpargatas que regaron con su sangre la sabana de Carabobo. Sangre derramada a lanzazo limpio, cadáveres perforados a balazos, bayonetas que buscaban arterias y corazones. Todo un sacrificio convertido en un vaudeville televisado en cadena nacional de radio y TV (más fastidioso aún que un desfile televisado es uno narrado por radio).

Los miembros de las fuerzas armadas venezolanas son herederos de esos oficiales y esas tropas que lucharon bajo la dirección del genio caraqueño, para dar la libertad a la Nación. Muchos comprenden que en esa herencia no estaba incluida la molicie, el aprovechamiento de altos rangos para delinquir, el sometimiento a fuerzas extranjeras, sean estas gringas o cubanas. Son quienes merecen nuestro respeto como venezolanos que han abrazado una digna profesión. Pero otros, por fortuna una minoría, son las manzanas podridas que dañan a toda la cesta.

Nuestros próceres merecen algo mejor que una comparsa de disfraces remedando su gallardía y valor un 24 de Junio cualquiera.

 

 

 
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