Un andino con pensamiento de Estado

Ramón J. Velásquez

 

En honor a Ramón J. Velásquez

“El día que entregue la Presidencia de la República al Presidente electo, Rafael Caldera, la próxima semana, será el día más feliz de mi vida”. Mis oídos de jovencísimo parlamentario no daban crédito a lo que acababa de decir, en su mensaje de Memoria y Cuenta, el Presidente Ramón J. Velásquez. Pensé que había escuchado mal y confirmé con otros parlamentarios presentes. Sí lo dijo… pero además, en un país donde los Presidentes y los jefes opositores, por igual, nunca quieren dejar el poder, aquel hombre ya en el ocaso de su vida y ataviado como nunca aspiró a estarlo, manifestaba su alegría en la inminencia de pasar a retiro. Algo inédito. Ese día entendí que había escuchado a un hombre de Estado quien ejerció una magistratura que no buscó para cumplir con un cometido nacional que si sintió.

Años después le entrevisté cuando preparaba mi libro sobre Chávez y su liderazgo sobre el ejército venezolano. Larga y amena conversa. Ya estaba en sus noventa y tantos… pero lúcido y afable como siempre.

Lo primero fue una orientación para interpretar el momento actual: “Te sugiero leer con atención ‘la caída del liberalismo amarillo’. Esto se parece mucho a aquello. Y recuerda… cuando sentimientos así cesan dejan huellas para siempre… no imágenes… sino huellas muy profundas”. Poco después recalcó: “No olvides nunca que exaltar el resentimiento siempre ha sido provechoso para lo malo en la historia de Venezuela”. Le vi fijamente mientras advertía que quien tenía al frente era Ramón J. Velásquez, el historiador profundo, avezado y amplio. Autor de libros de gran importancia… pero particularmente, de un maravilloso texto guía para quien quiere interpretar la historia contemporánea venezolana: Confidencias imaginarias de Juan Vicente Gómez.

Riposté tratando de redirigir el encuentro hacia el ejército, que era mi objeto de estudio. Arrancó con fuerza. “Betancourt fue muy hábil. Como sabes, fui testigo de mucho de lo que se hizo para gobernar con un ejército eminentemente perezjimenista. Lo básico fue que Betancourt mantuvo contacto directo con los oficiales. Para eso destinaba un día a la semana que yo cuidadosamente le preparaba. Y además… fue un Comandante en Jefe, en todo el sentido de la majestad del término. Y, por si fuera poco, los puso en faena, les dio oficio, los obligó a ocuparse de lo suyo y más nada”. En minutos me había marcado el derrotero fundamental de mi tesis y del libro. Tomó impulso y remató: “Betancourt gustaba de acercarse pero siempre dejaba a buen resguardo su autoridad personal y la de la Presidencia.

Con militares y civiles le funcionaba por igual. Quizás por eso, cuando caída la dictadura, el editor Miguel Ángel Capriles, quien había tenido una actitud ejemplar contra Pérez Jiménez, le visitó para pedirle quitara la multa y el orden de cierre de ‘Últimas Noticias’ que el dictador había intentado en sus últimos días, Betancourt le dijo: ‘…no te preocupes por eso chico. Pero vamos a dejarla… nunca se ejecutará pero es bueno que recuerdes que está por allí para que te sigas portando bien con la República’. Rieron de buena gana…y siguieron adelante”. Descansó y siguió: “Nuestro ejército siempre fue cercano a la política pero durante su período más profesional, se ganó el respeto por sus decisiones internas en algunos momentos. Los partidos llegaron a entenderlo, al principio y a recelar de ese proceder, después, hasta que quisieron intervenir, al final”. En ese momento caí en cuenta que ahora me hablaba Ramón Jota, el político, el Senador, el Ministro, el Secretario de la Presidencia, quien conoció, como nadie, la manera en la cual se batía el cobre en nuestro país. Pero el tono en el cual contó todo… me dejó frente al periodista Ramón J. Velásquez.

Cuando salí de su casa tuve dos sensaciones inolvidables. Por un lado había tenido la oportunidad de oro de conversar con un venezolano de excepción pero fundamentalmente con un andino con pensamiento de Estado. Un hombre de Estado. Un político y un historiador de Estado. Por otra parte, no me salió llamarle Presidente, a pesar de ser la típica usanza con quienes han ocupado ese cargo. Siempre le llamé Dr. Velásquez. Acaso porque no lo visualizaba con la banda tricolor terciada al pecho sino como un erudito periodista quien no negó su concurso decisivo en un momento delicado de la misma historia que él amó.

Donde esté, podemos estar seguros de que hay libros, grandes conversas de historia, buen dominó, empanadas todos los días y un catering especial del equivalente, en el cielo, al Da Guido. Pero también, estará pensando en términos de grandeza…es decir… en términos de historia y de Estado.

 

 

 

 
Vladimir PetitVladimir Petit

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