¿CAMBIAR DE NOMBRE?*


04 Collage LogoEl ingenioso Odiseo

 

En un pasaje delicioso de la Odisea, Odiseo viene a parar a la isla de los cíclopes, los gigantes sanguinarios y semisalvajes de un solo ojo que no respetan leyes ni el sagrado deber de la hospitalidad. Los hombres de Odiseo ignoran el peligro al que se enfrentan y salen a explorar la isla, muertos de hambre después de tantos días navegando. Descubren una gruta donde se guarda leche y queso, y un pequeño rebaño de ovejas. Desesperados, entran a saciar su hambre, sin advertir que se trata del hogar de Polifemo, uno de los monstruos.

 

No pasará mucho tiempo antes de que Polifemo vuelva a casa y se dé cuenta que tiene unos huéspedes que no ha invitado. Furioso, bloquea la gruta y comienza a devorar uno a uno a los aterrados rehenes. El ingenioso Odiseo maquina entonces la manera de salvarse a sí mismo y a sus compañeros. Decide ofrecer al monstruo un poco de vino que trae consigo. Polifemo acepta y al rato, ya animado por los vapores del sabroso licor, pregunta por su nombre al extranjero: “Nadie es mi nombre. Nadie mi padre y mi madre me han llamado siempre y mis amigos”, responde Odiseo. “Bien. A Nadie me lo comeré de último”, contesta el cíclope fanfarrón. Vencido por el hartazgo y la borrachera, el monstruo se echa a dormir, lo que aprovechan Odiseo y sus amigos para clavarle una filosa estaca en el único ojo. Polifemo grita y se retuerce de dolor mientras los rehenes escapan veloces y sigilosos. Comienzan a llegar entonces los demás cíclopes, llamados por el escándalo. “¿Por qué das estas voces, Polifemo, quebrando la noche quieta y espantándonos el sueño? ¿Quién te ha robado el rebaño, o es que acaso quieren matarte?”, preguntan. “¡Nadie me ha hecho esto, amigos, Nadie!”, responde Polifemo entre quejidos. Los demás cíclopes se miran desconcertados, pero Odiseo, ya a salvo, apenas puede contener la risa.

 

ciclope odiseoEl dilema de Platón

 

En realidad, el interés por el valor de las palabras y el poder que concede su dominio es aún más antiguo. Los adivinos y astrólogos babilonios, encargados de traducir el callado lenguaje de las estrellas, gozaban de consideración especial y hasta eran llamados “doctores”. No podemos olvidar que fueron ellos los que pudieron leer en el cielo el anuncio de la llegada de Jesús, si bien la tradición cristiana consideró que solo merecían llamarse “magos”. Después, la correcta lectura de los síntomas y las enfermedades, es decir, el “diagnóstico” y su conversión a palabras, fue fundamental para el desarrollo de la medicina como ciencia. Finalmente, fueron los oradores atenienses los primeros en reparar en la importancia de la palabra como arma política, y cuán devastadores pueden ser sus poderes manipulatorios, tal como lo estudia Aristóteles en su Retórica.

 

En un diálogo capital del que nos hemos ocupado otras veces, Platón se pregunta si acaso hay algo de la cosa en su nombre y viceversa, o si acaso no existe ninguna relación real que una al nombre con la cosa. Es, en efecto, el Cratilo el texto fundador de los estudios de semántica. Allí Platón se dedica a revisar dos posiciones contrapuestas: por un lado, un grupo de personas considera que existe un vínculo ontológico que une íntimamente la cosa a su nombre, y que ese vínculo existe “por naturaleza”, katà physin. Y por el otro, hay quienes piensan que no existe tal vínculo, y que la relación entre el nombre y la cosa no es más que costumbre y convención, katà nómon. En el diálogo, Platón no arriba abiertamente a ninguna conclusión, pero es claro que le interesa demostrar la veracidad de la primera tesis. Debe existir, según quiere Platón, un vínculo cierto e inequívoco ente la cosa y el nombre para que pueda avanzar la ciencia. Si pudiéramos nombrar de cualquier forma cualquier cosa, la ciencia simplemente no podría avanzar, pues de algo no se puede decir que sea “grande” y “pequeño” o “frío” y “caliente” a la vez. Platón pretende, de paso, oponerse al relativismo de los sofistas, para quienes “el hombre es la medida de todas las cosas”. Ello supondría un subjetivismo inadmisible para el espíritu científico.

 

La controversia planteada en el Cratilo continuó vigente por mucho tiempo, y no fue sino hasta una fecha relativamente reciente que los lingüistas pudieron finalmente ponerse de acuerdo. Hoy, la explicación mayoritariamente aceptada es que la relación entre la cosa y el nombre es “arbitraria”. “El signo es arbitrario”, dijo Ferdinand de Saussure en su Curso de lingüística general, publicado en 1916 después de su muerte. La tesis de Saussure, hija del comparativismo europeo, se ubica en las antípodas de lo que pretendía Platón, pues considera que aunque no existe un vínculo ontológico entre el nombre y la cosa, ello no constituye obstáculo para el progreso la ciencia. Nada impide que los hombres se pongan de acuerdo en adoptar un vocabulario científico común.

 

Nuestro propio dilema

 

Hasta aquí el problema parece haberse zanjado satisfactoriamente, al menos para la ciencia. Sin embargo, algunos políticos venezolanos parecen empeñados en conservar un pensamiento mítico-religioso propio de períodos arcaicos, cuando se pensaba, con ingenuo nominalismo, que cambiar de nombre a la cosa implicaba cambiar también su naturaleza o renovarla, o que llenar un nombre de adjetivos rimbombantes acrecentaba realmente la importancia de lo nombrado. No debe extrañarnos, pues, que aún estemos sumidos en el más escandaloso de los atrasos, cuando vemos que el desfase de quienes nos dirigen es nada menos que epistemológico. Cosa curiosa el constatar que, al menos en Venezuela, la política continúa, a estas alturas, tan alejada de la racionalidad y el espíritu científico.

 

 

* NR. Este enjundioso artículo de opinión, nos trajo a la mente una simpática anécdota. Meses atrás, al nuevo Presidente de BlackBerry, John Chen, le preguntaron que le gustaba más, si el nombre original de la empresa, Research in Motion (RIM) o su nombre actual (BBRY). Chen famoso por sus habilidad para transformar con éxito empresas en dificultades, jocosamente respondió, algunos de mis predecesores parece que pensaron que cambiándole el nombre al niño sacaría mejores notas.

 
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