LOS NUEVOS POBRES

"El objetivo es hacerte creer que vivir cómodo es malo; hasta que llega el día que ni lo notas”. Yusbany Pérez

“El objetivo es hacerte creer que vivir cómodo es malo; hasta que llega
el día que ni lo notas”. Yusbany Pérez

 

En sintonía con la desazón de tantos profesionales venezolanos, leo en el portal pro-oficialista“Aporrea” las cuitas que “una maestrica como yo” (así se define, en lacónica auto-semblanza) desgrana a cuenta de la imposibilidad que para alguien en su situación, a punto de jubilarse y con precios de pasajes por las nubes, implica ahora viajar al exterior. “El pueblo necesita incentivos que lo sigan llevando por el camino del socialismo” explica, no sin cierta candidez, a Izarra, Ministro del país chévere y devaluado, “pero todo no puede ser trabajo, de vez en cuando requiere recreación, placer y alegría.”En efecto, la maestra habla del ineludible derecho al ocio que consagra el artículo 24 de la Declaración Universal de Derechos Humanos (“Toda persona tiene derecho al descanso y al tiempo libre…”)pero también alude al reclamo de un nivel de vida que, aderezado por el acceso a la adquisición de ciertos privilegios mínimos que su trabajo le había permitido costear, definía a la clase media venezolana.

Las cosas han cambiado para esa antes robusta clase media local: merma que no sólo vive nuestro paradójicamente empobrecido país rico, por cierto, sino el mundo entero, escamoteado por crisis de diversa naturaleza. Hoy se habla del auge de la “Generación Babyloser”, la primera de la historia que vivirá peor que sus padres. De hecho, en Latinoamérica –la región más desigual en términos de distribución de renta- la brecha entre pobres y ricos se hace cada vez más acentuada, dando origen a un nuevo estrato social: los “nuevos pobres”. Según el sociólogo argentino Alberto Minujín, esta nueva clase alude a personas que nunca fueron pobres, dueñas de características educacionales, sociales o culturales propias de la clase media, y que al experimentar la caída de sus ingresos no pueden seguir accediendo a los bienes y servicios a los que estaban acostumbrados: vivienda, salud, educación, cultura. Víctimas de políticas populistas basadas en el desbocado aumento del gasto público, la aplicación de recetas del FMI o devaluaciones con impacto inflacionario, los “ni tan pobres, ni tan ricos” han terminado reduciéndose a su más exigua expresión.

El caso de Venezuela tiene características particulares: aunque malograda por similares despropósitos en materia de planificación económica, los ingentes recursos que ha recibido la nación en estos últimos años permitieron un relativo aumento de la distribución del ingreso a favor de estratos sociales menos privilegiados (el “Poder redistributivo del Estado”, sostén de propaganda de la Revolución) pero que no incidió en sus niveles de movilidad social ascendente. Tales políticas –cuyo principal artífice fue Giordani- lograron sólo ampliar un “piso político” formado por sectores dependientes del Estado, pero jamás hacer viable el desable éxodo hacia la clase media. Desde entonces, y a pesar de un nivel de ingresos sin precedentes en nuestra historia que debió reflejarse en el aumento del nivel de vida general (síntoma de sanidad en economías de naciones desarrolladas, generadoras de riqueza y bienestar) la clase media dejó de crecer. Para colmo, recientemente el mismo INE revelaba un aumento en el índice de pobreza extrema, al pasar de 7,1% en 2012 a 9,8% en 2013: esto es, 737.364 venezolanos sumados al grupo de quienes no tienen recursos para adquirir la canasta alimentaria. No es difícil inducir que una dinámica similar ha debido registrarse en sectores de clase media que automáticamente, y golpeados por devaluaciones, interrupción en el suministro de servicios básicos y la escasez, pasan a engordar las filas de los “nuevos pobres”.

El sentir del chavismo respecto a la clase media –la “pequeña burguesía”, según Marx, “ubicada entre la burguesía, propietaria de los medios de producción, y la clase obrera o proletariado”, y despojada por tanto de “conciencia de clase”- estuvo bastante claro desde el principio. Al representar, en lo ideológico, la concreción de los “vicios de la sociedad de consumo”, el bastión del capitalismo liberal del SXX; y al no entrañar, en lo pragmático, importancia electoral significativa (aún siendo la clase más activa políticamente) no merecía sus mimos. La revolución decidió excluírla, arrinconarla, neutralizar su influencia, despojarla de privilegios, igualarla hacia abajo. En Venezuela, ni siquiera se puede hablar de una clase media depauperada que ingresa en las filas de la generación Low cost (el escenario de desvanecimiento de la clase media, según Gaggi-Narduzzi, se completa con una clase “proletarizada” cuyo poder adquisitivo sólo cubre bienes de primera necesidad) porque ya los bienes o servicios básicos ni siquiera están disponibles.

Ante el torvo escenario de esta “democrática” marginalización de la sociedad (al mejor estilo cubano) parecería que reclamar nuestro derecho al ocio o hablar de viajar al exterior resulta una frivolidad. Sin embargo, no podemos perder la perspectiva ni renunciar mansamente a un progreso que nos hemos procurado, ese que la corrupta e ineficiente Revolución del Siglo XXI decidió arrebatarnos. Como el mismo bloguero cubano Yusbany Pérez escribía en estos días: “El objetivo es hacerte creer que vivir cómodo es malo; hasta que llega el día que ni lo notas.”

 
Mibelis Acevedo DonísMibelis Acevedo Donís

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