Luisa Casati, la primera Lady Gaga

Luisa Casati, con dos invitados durante una fiesta en su palacio de Venecia

Luisa Casati, con dos invitados durante una fiesta en su palacio de Venecia

I.ZAMORA
@inmazamora

 

El único empeño de esta celebridad de la Belle Époque fue convertirse en una «obra de arte viviente» y lo consiguió. Nadie logró nunca evitar girarse a su paso o sentir admiración —y a veces miedo— ante su sola presencia

 

Stefani Joanne Angelina Germanotta dejó un buen día de ser una inocente joven para transformarse en un personaje capaz de perdurar en la memoria de cuantos la observan. Un cambio de look evidente, ligado a una actitud de diva y a un comportamiento más propio de la ficción que de la vida real han sido los responsables de que, hace ya unos cuantos años, Germanotta desapareciera de manera radical para dar paso al personaje al que hoy todos conocemos como Lady Gaga.

 

 

Si existe una celebritie que sepa acaparar como nadie flashes, focos y columnas en el denominado papel couché esa es, sin duda alguna, la diva americana del pop. Ella lo sabe y es evidente que lo disfruta. Por este motivo, Gaga no dudó en atreverse a acudir a la gala de unos premios de música ataviada con un vestido fabricado con carne cruda o en presentarse ante la misma Reina Isabel II de Inglaterra con un estilismo que podía ser de todo menos protocolario. La última de sus «hazañas» ha sido la de permitir que la vomitaran encima durante un concierto, algo por lo que la cantante ya se ha llevado la reprimenda por parte de varios colectivos. Aunque tampoco sería justo negar que la música ha tenido bastante que ver en esa transformación de Germanotta en Gaga, lo cierto es que a la artista hay que reconocerle sin duda el mérito de haber sabido explotar como nadie los beneficios de la extravagancia llevada al extremo. 

 

No obstante, si en algún momento hubo alguien que pensó que la icónica Lady Gaga era única en su especie, sin duda se equivocó de lleno. Por mucho que la diva esté haciendo gala de una personalidad basada en el disparate ya hubo alguien que, tiempo atrás, logró lucir como nadie su extravagancia y hacer de lo raro su forma de vida. Hablamos de Luisa Casati, celebridad por excelencia de la Belle Époque y cuyo propósito en la vida se podría resumir con una frase que ella misma no dudó en repetir hasta el fin de sus días: ser una obra de arte viviente.

 

 

Luisa Casati (1881 — 1957) perteneció desde su nacimiento a una familia acomodada aunque no fue hasta su matrimonio con Camilo Casati Stampa di Soncino, Marqués de Roma, cuando comenzó a dejar atrás la personalidad que siempre la había acompañado para diseñar el personaje que pronto la convertiría en una de las más distinguidas damas de la sociedad: la marquesa Casati. Su matrimonio con el Marqués de Roma, de quien acertadamente tomó el apellido que conservaría hasta el día de su muerte, abrió a Luisa las puertas de un mundo, el de la aristocracia, que hasta entonces desconocía pero del que pronto aprendió a sacar partido. Tras un divorcio más que anunciado de Camilo Casati, Luisa decidió ubicar su residencia definitivamente en Venecia y consiguió hacer de la ciudad de los canales su particular paraíso en el que, sin que nadie pusiera coto a su imaginación, siempre dio rienda suelta a sus locuras.

 

Luisa Casati 2Serpientes a modo de collares

 

La marquesa, como hogaño hiciera la diva del pop, logró dar un cambio radical a su apariencia física con el fin único de convertirse en alguien inmitable: el cabello rojo como el fuego, unos ojos verdes cuyo brillo aumentaba gracias a la belladona y sus ropas, dignas de una diosa sin miedo a que se intuyeran sus curvas, hicieron de ella un personaje envidiado y deseado al mismo tiempo por varones y féminas.

 

No solo en lo físico consiguió cautivar la marquesa. Luisa Casati, obsesionada con que el mundo entero supiera de su existencia, adoptó un comportamiento cuando menos excéntrico y poco común que la llevó a, entre otros muchos hechos documentados, pasear casi desnuda por las calles de Venecia, acompañarse de guepardos que hacían las veces de mascotas o portar, como si de un collar se tratase, una serpiente viva enroscada a su cuello.

 

La mujer más retratada

 

La vida de la musa de la Belle Èpoque no tardó en ser lo más comentado entre la aristocracia. No solo eso sino que Luisa, quien con su apariencia y actitud pronto logró ser esa obra de arte viviente en la que siempre soñó convertirse, consiguió ser la mujer más retratada del mundo después de Cleopatra y la virgen María.

 

Artistas como Giovanni Boldini, Augustus John, Romaine Brooks, Kees Van Dongen o Man Ray inmortalizaron a la marquesa en varias ocasiones. A este último, Man Ray, pertenece la obra más preciada por Luisa Casati, una errónea fotografía que el entonces poco ducho artista tomó a la marquesa en 1922 y que, aunque fue fruto de una sesión fotográfica fallida, impactó gratamente a la dama.

 

Luisa Casati dilapidó su fortuna en drogas y fiestas

 

Sin embargo, la obsesión de Luisa Casati por perdurar en el tiempo jamás podría haberse hecho realidad de no ser por la fuerte base económica que permitió a la marquesa concederse el privilegio de adquirir todas las propiedades, joyas y obras de arte que siempre le vinieron en gana. A ella pertenecieron pinturas y esculturas de los más reputados artistas y en muchas de las cuales, claro, era la protagonista. Casati, consciente de su poderío económico, dilapidaba el dinero sin remordimientos a la hora de comprar regalos para sus aliados, celebrar los más extravagantes fastos o adquirir todo lo relacionado con el mundo del ocultismo y las drogas, que siempre formaron parte de su vida.

 

¿Consiguió Luisa Casati su propósito de perdurar en el tiempo? En España, el olvidado personaje de la marquesa fue hace poco recuperado con indudable maestría por Marta Robles en su obra «Luisa y los espejos», galardonada con el premio Fernando Lara de novela en 2013 y cuyo éxito ha sido ya refrendado por miles de lectores. Fue, sin duda, gracias al libro de la periodista que el público pudo redescubrir la singular vida de la marchesa y conocer, aunque quizás no entender, a esa mujer, Luisa, que divagó de aquí para allá con el firme propósito de no ser olvidada.

 

La nueva Casati

 

Lo de establecer ciertas similitudes entre Gaga y Casati no es novedoso. No pocos medios y seguidores de la diva americana han asegurado que la estrella del pop se ha inspirado en la marquesa para lograr ser ese personaje al que todos admiran u odian pero al que nadie olvida. Si un día Gaga acudió a los Premios MTV con un vestido hecho de carne cruda, la marquesa, tiempo atrás, ya había incluido en su indumentaria plumas manchadas con sangre que incluso llegaron a provocar desmayos entre quienes presenciaron la escena.

 

Además, son varias las publicaciones, sobre todo estadounidenses, que han comparado con cierto tino a ambas divas aunque, eso sí, aclarando siempre que Gaga queda lejos de tener ese poderío que antaño tuviera Luisa Casati. De hecho, es probable que nadie jamás consiga emular lo que un día logró ser la marquesa, alguien que, pese a las visicitudes personales y económicas que marcaron el final de sus días, siempre supo que el show debía seguir adelante. Murió sola, sin que nadie fuera testigo de una decadencia que la llevó al límite y que la hizo contraer una deuda de más de 25 millones de dólares. Su trágico final poco importa, pues Luisa Casati siempre supo cómo ser una diva hasta el último momento. Es lo que puede leerse en su epitafeo: «La edad no puede marchitarla, ni la costumbre debilitar la versatilidad infinita que hay en ella». (William Shakespeare)

 

 

Tomado de ABC España

 
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