A propósito de la Guerra Económica
El arte de la mentira política

MENTIRA-Y-POLITICA[1]Ya los antiguos griegos sabían que no se puede hacer política sin recurrir a una buena dosis de mentiras, a una ristra de calumnias, suposiciones, rumores y bulos. Y no me estoy refiriendo precisamente a las enseñanzas de los muy poco apreciados sofistas, el mismo Platón en La República nos habla ya de aquella mentira piadosa a la que deben recurrir los gobernantes por el “bien de sus gobernados”. Creo que fue incluso éste quien sentenció que el que no servía para la filosofía debía dedicarse a la política, tal vez por esa sinonimia que aparentemente existe entre filosofía y verdad, y entre política y mentira. En todo caso, parece que no le faltaba razón a quien dijo por allí que la política está reñida con los altares y los santorales.

Al respecto, existe un pequeño tratado atribuido a Jonathan Swift, el mismo de Los viajes de Gulliver y de Una modesta proposición, que se llama precisamente El arte de la mentira política; un gracioso opúsculo que se solaza explicándonos   ese “difícil” oficio de mentir, y que cuando salió a la luz trataba de enmarcarse satíricamente en esa tradición renacentista de aquellas obras que terminaron llamándose “espejos” o “instrucciones de príncipes”, en las cuales los autores pretendían aleccionar a los gobernantes sobre la forma en que debían conducirse ante sus gobernados, caso de La educación del príncipe cristiano, de Erasmo de Rotterdam, o , en sus antípodas, de El príncipe, de Maquiavelo. Por cierto, este último, que aparentemente sí sabía de qué va el tema político, insta en su obra a que los gobernantes no sólo se comporten como fieros leones sino también como astutos zorros, aprendiendo en todo momento a simular y mentir, pues, dice, los hombres son tan simples y de tal manera obedecen a las necesidades del presente, que aquel que engaña encontrará siempre quien se deje engañar.

Para Swift, un político que se precie de tal debe manejar principalmente la Pseudología o la mentira política; el arte, dice el escritor irlandés, de hacer creer al pueblo falsedades que persiguen un “buen” fin, pues está persuadido que para convencer al pueblo de aquello que llaman verdad, más que arte y maña se necesitaría en ese caso verdadero tesón y trabajo. Swift está convencido igualmente de que el derecho a difundir mentiras políticas es una señal de esa libertad que reside en el pueblo, el cual se ha distinguido precisamente por su apego obstinado a este privilegio y ha dado muestras en todo momento de que nunca las abandonará.

Swift, en fin, habla de muchas clases de mentiras políticas (como, por ejemplo, la mentira de prueba; es decir, aquella que se lanza a ver si alguien pica), pero todas deben respetar ciertas reglas: decirlas sin sonrojarse o turbarse; creérselas firmemente, “pues no hay hombre que suelte y difunda una mentira con tanta gracia como el que se la cree”; que se digan de tamaño razonable y proporcionado; que no se las hagan tragar al pueblo de un solo golpe, etc.

Sin embargo, lo más importante, para Swift, es que al inventar una mentira política ésta no debe ir directamente contra lo que aconsejan los hechos, contra lo que se sabe que existe y es compartido por todos. Supongamos –sólo supongamos – que existe una escasez generalizada de todo tipo de productos en el país. No sería nada acertado insistir en la existencia de éstos, ya que no se encontrarían por ningún lado. Lo procedente en este caso sería atribuir la carestía a una guerra económica o algo por el estilo. Eso es lo que constituiría una buena mentira.

 

 

 

 
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